El falso compromiso CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

No hablaron mucho después del beso. No hacía falta.

Jonah la llevó de la mano hasta el pequeño balcón que el estudio tenía en la parte trasera, un espacio que Charlotte jamás había visto porque siempre entraba y salía por la puerta principal con la eficiencia de quien no tiene tiempo para curiosear, y allí, bajo un cielo de Charleston cuajado de estrellas que la contaminación lumínica de la ciudad rara vez dejaba ver con tanta claridad, se sentaron el uno junto al otro, con las piernas colgando sobre el jardín trasero del edificio.

—Llevo dos años fingiendo que no me importabas —dijo Charlotte, mirando las estrellas en lugar de mirarlo a él, porque le resultaba más fácil decir la verdad sin la intensidad de sus ojos puestos encima—.

Cada vez que te veía en un evento, me decía a mí misma que la irritación que sentía era solo eso: irritación profesional.

Nunca me permití pensar que pudiera ser otra cosa.

—¿Y ahora? —preguntó Jonah, con la voz baja, respetuosa del silencio de la noche.

—Ahora ya no sé cómo llamarlo. —Se giró para mirarlo, y encontró que él ya la estaba observando, con una atención que no dejaba lugar a dudas—. Y me asusta un poco, si te soy sincera. Nunca dejo que las cosas escapen a mi control de esta manera.

Jonah levantó una mano y le acarició la mejilla, despacio, con el dorso de los dedos, como si quisiera memorizar la textura de su piel bajo la luz de las estrellas.

—Yo llevo dos años pensando que discutir contigo era, de alguna manera retorcida, la parte más viva de mi semana.

—Sonrió, con una ternura que Charlotte no le había visto nunca antes—.

Y me he pasado semanas enteras conteniéndome, porque teníamos un pacto, y porque una parte de mí seguía convencida de que si algo salía mal entre nosotros, perdería no solo esto, sino también mi rivalidad favorita.

—¿Tu rivalidad favorita?

—La única persona en Charleston capaz de hacerme sentir que tengo que esforzarme de verdad. —Se inclinó, rozando la nariz de ella con la suya, un gesto tan pequeño que a Charlotte le pareció, sin embargo, más íntimo que el beso anterior—. No quiero perder eso, Charlotte. Sea lo que sea esto ahora.

Ella no respondió con palabras. Lo besó de nuevo, esta vez sin la torpeza de la primera vez, sin la sorpresa de descubrir algo nuevo, sino con la certeza tranquila de quien ha decidido, por fin, dejar de luchar contra lo que siente.

Se quedaron así un rato largo, sin prisa, escuchando el rumor lejano del tráfico nocturno de Charleston y, más cerca, el sonido de un grillo solitario que cantaba en algún rincón del jardín trasero del estudio.

—Puedo preguntarte algo que llevo semanas queriendo preguntarte —dijo Charlotte, apoyando la cabeza en su hombro.

—Lo que quieras.

—¿De verdad dibujaste ese pabellón años antes de conocerme? ¿O fue solo parte de la historia para el jurado?

Jonah se quedó callado un momento, y cuando habló, su voz sonó más vulnerable de lo que Charlotte le había escuchado nunca.

—Lo dibujé de verdad, hace unos cinco años.

No sabía para quién. Solo dibujaba un lugar donde algún día quería estar, con alguien, sin saber todavía con quién.

—Le acarició el pelo, despacio—. Y ahora que lo pienso, no me sorprende tanto que terminara siendo el lugar donde te pedí, delante de un jurado, que fingieras ser mi esposa.

Algunas cosas, supongo, se dibujan solas mucho antes de que entendamos del todo para quién las estábamos dibujando.

Charlotte sonrió contra su pecho, sintiendo que aquella confesión le llegaba más hondo de lo que ninguna frase ensayada para el concurso había conseguido jamás.

WAIT ERROR

Él la levantó del suelo del balcón con una facilidad que la hizo reír contra su boca, y la llevó de vuelta al interior del estudio, ahora vacío de todo excepto de la luz tenue de una lámpara que Deja había dejado encendida antes de marcharse, y de la música que seguía sonando, olvidada, en algún altavoz del rincón.

No hubo prisa. Charlotte, que organizaba su vida entera en función del tiempo, descubrió esa noche que había cosas que no se medían en minutos, y Jonah, que rara vez se detenía a planificar nada con antelación, descubrió que hay momentos que merecen la lentitud de quien no quiere que terminen nunca.

La ropa cayó despacio, prenda a prenda, entre risas bajas y palabras susurradas que no eran del todo coherentes ni falta que hacía que lo fueran, y cuando por fin no quedó distancia alguna entre ellos, Charlotte sintió que algo en su pecho, algo que llevaba años cerrado bajo llave, se abría por completo, como una puerta que finalmente encuentra la mano correcta para girar el pomo.

Jonah la tocaba como organizaba sus bodas: sin cronograma, sin plan escrito, guiándose por lo que sentía en cada instante, leyendo en la respiración de ella, en el arqueo silencioso de su cuerpo, qué necesitaba a continuación.

Y Charlotte, que había pasado la vida entera anticipando cada detalle, descubrió que dejarse llevar, por una vez, no era una pérdida de control sino una forma distinta de encontrarlo.

Se movieron juntos como si llevaran años aprendiendo el idioma del otro, aunque apenas llevaran semanas, con una urgencia que crecía despacio, como la marea subiendo sobre la arena de la bahía, hasta que el mundo entero se redujo al calor de dos cuerpos que ya no fingían nada, a la respiración entrecortada de ambos mezclándose en la penumbra del estudio, al sonido bajo de su nombre en los labios de él y del nombre de él en los labios de ella, pronunciados como quien descubre, por fin, la palabra exacta que llevaba toda la vida buscando.

Después, mucho después, con la respiración todavía irregular y las piernas entrelazadas sobre la manta que Jonah había extendido en el suelo del estudio, Charlotte apoyó la cabeza sobre su pecho y escuchó los latidos de su corazón, todavía acelerados, calmándose poco a poco bajo su oído.

—Esto complica mucho las cosas —murmuró, sin la menor intención de moverse de donde estaba.

—Solo si decidimos que sea una complicación. —Jonah le acarició el pelo, despacio, con una ternura que contrastaba con la intensidad de hacía apenas unos minutos—. Yo prefiero pensar que acabamos de resolver algo que llevaba dos años sin resolverse.

Charlotte sonrió contra su piel, y por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de hacer una lista de todo lo que podía salir mal.

Se quedaron dormidos allí mismo, sobre la manta extendida en el suelo del estudio, y cuando Charlotte despertó horas después, con la luz gris del amanecer filtrándose por la ventana trasera, encontró a Jonah ya despierto, observándola con una expresión tranquila que ella no supo, al principio, si había imaginado o no.

—¿Llevas mucho tiempo mirándome? —preguntó, todavía adormilada.

—El suficiente para decidir que es mi nueva actividad favorita. —Le apartó un mechón de pelo de la cara, con la misma ternura de la noche anterior—. ¿Te arrepientes de algo?

Charlotte se tomó un momento antes de responder, repasando mentalmente cada decisión de las últimas semanas: el error de inscripción, el pacto firmado en la cafetería, las noches de preparación, el beso durante el ensayo del baile, y finalmente, aquella noche, entregada por completo a algo que ningún cronograma había anticipado.

—De nada —dijo, al fin, con una certeza que la sorprendió a ella misma—. Ni siquiera del error de inscripción que empezó todo esto. Si volviera a repetirse exactamente igual, no cambiaría una sola cosa.

Jonah la besó, despacio, con la misma calma con la que se despierta uno cuando sabe que no hay ninguna prisa en el mundo, y por un rato largo, ninguno de los dos mencionó la boda de demostración, ni el jurado, ni la prensa que en dos días iba a juzgar si el amor que fingían era lo bastante convincente.

Por primera vez desde que había empezado aquella mentira, a Charlotte ya no le preocupaba parecer convincente. Solo le importaba que fuera verdad.

Se levantaron tarde esa mañana, mucho más tarde de lo que ninguno de los dos acostumbraba, y Jonah preparó café —el único día del año en que rompía su propia norma sobre la sidra, según explicó, entre risas— mientras Charlotte, envuelta en una de sus camisas de lino, revisaba distraídamente los bocetos colgados en la pared del estudio.

—¿Este de aquí es nuevo? —preguntó, señalando un dibujo pequeño, apartado de los demás, que mostraba dos figuras bailando bajo unas luces colgadas entre árboles.

Jonah se acercó, con dos tazas en las manos, y se quedó mirando el boceto un momento antes de responder.

—Lo dibujé anoche, mientras dormías. No pude evitarlo. —Le tendió una de las tazas—. A veces necesito dibujar algo para creer del todo que es real.

Charlotte se quedó mirando el dibujo, reconociendo en los trazos apresurados una versión estilizada de ambos, bailando en un jardín que se parecía, sospechosamente, al del pabellón junto al río.

—¿Y ahora lo crees? ¿Que es real?

—Cada vez más. —Jonah bebió un trago de su café, haciendo una mueca leve por el sabor poco familiar—. Aunque esto de tomar café en vez de sidra confirma que hoy es, oficialmente, un día extraordinario en todos los sentidos.

Charlotte se rio, apoyando la cabeza en su hombro mientras ambos contemplaban el boceto en silencio, disfrutando de una mañana que, por primera vez en semanas, no tenía ningún cronograma que cumplir antes del mediodía.

Faltaban dos días para la boda de demostración. Faltaban dos días para que el mundo entero los viera casarse frente a doscientas personas, convencido de que aquello era una actuación cuidadosamente ensayada.

Ninguno de los dos, esa noche, tuvo la menor sospecha de que el verdadero peligro no iba a llegar del jurado, ni de la prensa, sino de alguien mucho más cercano, que llevaba días observando desde las sombras, esperando el momento exacto para hacer estallar la verdad.