CAPÍTULO 14
El ensayo del baile nupcial tuvo lugar dos noches antes de la boda de demostración, en el estudio vacío de Wildflower Weddings, con los muebles apartados contra las paredes y una lista de reproducción que Jonah había preparado personalmente, empezando por una canción lenta que Charlotte no reconoció.
—No sé bailar —admitió ella, de pie en el centro del espacio despejado, con los brazos cruzados y una incomodidad que rara vez mostraba delante de nadie—. Quiero decir, sé los pasos básicos, del tipo que aprendes en una boda ajena mirando a los demás. No sé bailar de verdad.
—Nadie sabe bailar de verdad la primera vez que lo intenta con alguien nuevo. —Jonah se acercó, extendiendo una mano con una naturalidad que a Charlotte, en ese momento, le pareció casi provocadora—. Se aprende sintiendo. No pensando.
—Yo pienso todo. Es mi manera de funcionar.
—Esta noche, no. Esta noche vamos a hacer una excepción.
Antes de empezar, Jonah se acercó al altavoz portátil que había traído y revisó la lista de canciones, descartando dos antes de decidirse por la tercera.
—¿Por qué esa? —preguntó Charlotte, con curiosidad genuina.
—Porque no tiene letra. Solo piano y violín. Cuando dos personas bailan por primera vez, las palabras de otra gente sobre el amor de otra gente a veces estorban más de lo que ayudan. Prefiero que sintamos la música sin que nadie más nos diga qué se supone que debemos sentir.
Charlotte no supo qué responder a eso, y se limitó a colocarse frente a él, esperando instrucciones que, para su sorpresa, no llegaron en forma de palabras, sino de un simple gesto: la mano de Jonah, extendida, esperando la suya.
—Coloca la otra mano aquí —dijo él, guiando la mano libre de Charlotte hasta su hombro, y colocando la suya propia en la cintura de ella con un cuidado que contradecía por completo su reputación de despreocupado—. Y ahora, simplemente sigue el ritmo. No pienses en los pasos. Piensa en la música.
La música empezó, suave, con un piano que se deslizaba entre notas graves y un violín que entraba después, tejiendo una melodía que a Charlotte le recordó, sin saber muy bien por qué, a la tarde en el pabellón junto al río, con el sol tiñendo el agua de naranja.
Se movieron despacio al principio, con la torpeza propia de dos cuerpos que no habían compartido antes ese tipo de cercanía, pero poco a poco, mientras la música avanzaba, algo en el ritmo de ambos empezó a encajar de una manera que Charlotte no había anticipado.
—Lo estás haciendo bien —murmuró Jonah, cerca de su oído, con una voz que había perdido por completo la ironía habitual.
—Me estás guiando tú. No es exactamente lo mismo que hacerlo bien.
—Es exactamente lo mismo. Confiar en que alguien te guíe también es una habilidad, Sterler. Una que tú llevas años sin practicar.
Charlotte quiso replicar algo ingenioso, algo que devolviera la conversación al terreno seguro de la rivalidad habitual entre ambos, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta cuando Jonah la hizo girar despacio, con un movimiento tan suave que ella apenas sintió el cambio de dirección, y al volver a quedar frente a él, mucho más cerca de lo que había estado un segundo antes, se encontró mirándolo a los ojos con una intensidad que ninguno de los dos pareció capaz de romper.
La música seguía sonando, pero ambos habían dejado de moverse casi por completo, meciéndose apenas, como si el resto del mundo se hubiera reducido al espacio exacto que ocupaban sus dos cuerpos.
—Charlotte —dijo Jonah, con una voz tan baja que ella tuvo que inclinarse un poco para escucharlo—, tengo que decirte algo, y no sé si debería, porque rompe todas las reglas que firmamos en aquella cafetería.
—¿Qué regla?
—La que dice que esto es estrictamente profesional.
Charlotte sintió que el corazón le latía con una fuerza que no tenía nada que ver con el ejercicio del baile, y por primera vez en semanas, no encontró en su cabeza ninguna lista, ningún cronograma, ninguna manera lógica de resolver la situación.
—¿Y qué regla estarías rompiendo, exactamente? —preguntó, con la voz apenas firme.
Jonah levantó una mano y le apartó, despacio, un mechón de pelo que se le había escapado del recogido durante el baile, y el gesto, tan sencillo, tan pequeño, hizo que a Charlotte se le cortara la respiración de una manera que ningún gesto de ningún hombre le había provocado en años.
—La regla que dice que no hay sentimientos reales de por medio —dijo él, en voz baja—. Porque llevo semanas intentando convencerme de que esto es solo una actuación, Sterler, y cada día me cuesta más creerlo.
El silencio que siguió a esa frase se sintió a Charlotte más largo que cualquiera de los silencios que habían compartido antes, cargado de una expectativa que ella no sabía si quería resolver.
—A mí también me cuesta —admitió al fin, casi sin voz—. Más de lo que estoy dispuesta a admitir en circunstancias normales.
Jonah se inclinó, despacio, dándole tiempo de sobra para apartarse si quería hacerlo, y Charlotte, en lugar de apartarse, se encontró inclinándose también, hasta que la distancia entre ambos se redujo a nada.
El beso, cuando llegó, fue suave al principio, casi tentativo, como si ambos necesitaran confirmar que aquello era real y no otra escena más de la historia que llevaban semanas inventando para el jurado.
Pero en cuanto Charlotte sintió la mano de Jonah subir despacio por su espalda, atrayéndola con una firmeza que contradecía la delicadeza del gesto anterior, cualquier duda que le quedara se disolvió por completo.
Le devolvió el beso con una intensidad que la sorprendió a ella misma, dejando que sus dedos se enredaran en el cuello de su camisa, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo, la respiración de ambos volviéndose más irregular con cada segundo que pasaba.
Cuando por fin se separaron, sin alejarse del todo, con las frentes casi tocándose y el aliento entrecortado, Jonah sonrió, una sonrisa lenta, genuina, distinta a todas las que Charlotte le había visto antes.
—Eso —dijo, con la voz ronca— no estaba en el guion.
—No —susurró Charlotte, todavía sin soltar el cuello de su camisa—. No lo estaba.
La música seguía sonando, olvidada, en algún rincón del estudio, y ninguno de los dos hizo el menor esfuerzo por retomar los pasos del baile que se suponía debían practicar. Había, de pronto, cosas mucho más urgentes que aprender.
Se quedaron un rato así, sentados en el suelo del estudio con la espalda apoyada contra la pared, las manos entrelazadas, sin necesidad de llenar el silencio con ninguna palabra.
—Deberíamos avisar a Deja de que hemos terminado el ensayo —dijo Charlotte, al fin, sin ninguna intención real de moverse de donde estaba.
—Deja se marchó hace una hora. Nos dejó solos a propósito, sospecho.
—¿Por qué sospechas eso?
—Porque me dijo, textualmente, antes de irse, que "algunas cosas necesitan espacio para pasar, y ella no pensaba quedarse de carabina toda la noche". —Jonah sonrió, recordando la expresión de complicidad de su ayudante—. Creo que Deja lo vio venir antes que nosotros mismos.
Charlotte se rio, apoyando la cabeza en su hombro.
—Priya también lo sospechaba. Llevaba semanas insinuándolo con una sutileza que no la caracteriza en absoluto.
—Entonces parece que éramos los únicos dos que no sabíamos lo que estaba pasando entre nosotros.
—O los únicos dos que nos negábamos a admitirlo, que es distinto.
Jonah le levantó la barbilla con dos dedos, obligándola con delicadeza a mirarlo de frente.
—¿Y ahora que lo hemos admitido? ¿Qué hacemos con el resto del pacto? Las siete reglas de la cafetería no contemplaban nada de esto.
Charlotte se quedó pensativa un momento, consciente de que la pregunta merecía una respuesta más cuidadosa que cualquiera de las que había dado hasta entonces esa noche.
—Creo que vamos a tener que escribir un anexo al pacto original. Uno que no tenga siete reglas rígidas, sino solo una: que averigüemos esto juntos, sobre la marcha, sin que ninguno de los dos finja que no está pasando.
—Eso suena sospechosamente a improvisación, Sterler.
—Lo sé. —Sonrió, contra toda su naturaleza—. Contigo, últimamente, parece que se me da mejor de lo que esperaba.
Se quedaron un rato más en el suelo del estudio, hablando de nada en concreto, de los recuerdos que cada uno guardaba de la infancia, de las primeras bodas torpes que habían organizado antes de encontrar su propio estilo, de las cosas pequeñas que nunca habían tenido ocasión de contarse en dos años de rivalidad.
Charlotte le habló de la primera boda que organizó sola, a los veinticuatro años, cuando se le olvidó por completo contratar músicos y tuvo que poner una lista de reproducción improvisada desde su propio teléfono, escondido detrás de un jarrón de flores para que nadie lo notara.
Jonah se rio con ganas, una risa genuina que hizo que Charlotte, por primera vez, se sintiera cómoda compartiendo uno de sus escasos fracasos profesionales sin la vergüenza habitual.
—Eso explica por qué ahora confirmas la música con tres meses de antelación —dijo él, todavía sonriendo.
—Con seis, en realidad. Nunca más vuelvo a confiar en un altavoz de teléfono para el momento más importante de la vida de alguien.
—Yo, en cambio, una vez organicé una boda entera con el presupuesto equivocado, porque anoté mal un cero en la calculadora, y no me di cuenta hasta que ya habíamos gastado la mitad del dinero real en flores que no podíamos permitirnos.
—¿Y qué hiciste?
—Llamé a todos los proveedores, les expliqué el error con toda la honestidad del mundo, y les pedí que confiaran en mí para pagarles en cuotas durante los siguientes seis meses.
Todos aceptaron, porque, según me dijeron después, nunca nadie les había pedido perdón con tanta sinceridad por un error tan tonto.
Charlotte lo miró con una ternura que no supo disimular.
—Eso es exactamente la clase de historia que jamás contarías delante de un jurado, y sin embargo es la que más me ha gustado escuchar de toda la noche.
—Guárdatela, entonces. Es solo para ti.
Se quedaron así, apoyados contra la pared del estudio, hasta que el frío del suelo empezó a resultar incómodo incluso para dos personas que no tenían ninguna prisa por moverse.
Jonah se levantó primero, tendiéndole la mano a Charlotte para ayudarla a incorporarse, y cuando ella se puso de pie, todavía descalza sobre las tablas de madera del estudio, él la atrajo hacia sí una última vez.
—Antes de que te vayas a casa —dijo, con la voz baja—, quiero que sepas que, pase lo que pase con el concurso, con el jurado, con cualquier cosa que se nos ponga por delante, esto que ha pasado esta noche no ha sido parte de ninguna actuación.
Necesito que me creas eso, aunque todo lo demás siga siendo mentira durante unas semanas más.
—Te creo —respondió Charlotte, sin ninguna vacilación—. Y por primera vez en mucho tiempo, creo algo sin necesidad de comprobarlo tres veces antes.
Se despidieron esa noche en la puerta del estudio, con un beso que duró más de lo que ninguno de los dos había planeado, y Charlotte condujo de vuelta a su apartamento con una sonrisa que no consiguió borrar de la cara en todo el trayecto, preguntándose, no sin cierto vértigo, en qué momento exacto había dejado de fingir sin darse cuenta.