El falso compromiso CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

El club de campo de los Sterler tenía el tipo de elegancia que se construye a lo largo de generaciones: manteles de hilo, cubertería de plata heredada, y un código de vestimenta que Margaret Sterler, la madre de Charlotte, hacía cumplir con la misma firmeza con la que había educado a su única hija.

—Recuérdame otra vez —susurró Jonah, ajustándose la chaqueta que Charlotte le había insistido en comprarle esa misma mañana, en una tienda donde él jamás habría entrado por voluntad propia— por qué tu madre necesita que yo lleve corbata para comer una ensalada.

—Porque en esta familia, la ropa comunica respeto, y mi madre lleva esperando conocer a un prometido mío desde que cumplí veintiocho años. No le vamos a dar el gusto de decepcionarla con una camisa de lino arrugada.

—Mi camisa de lino nunca está arrugada. Está relajada. Es distinto.

Charlotte no tuvo tiempo de responder, porque en ese instante, desde el otro extremo del aparcamiento, llegó un sonido que no encajaba en absoluto con la elegancia contenida del club: una furgoneta pintada a mano con girasoles, conducida por una mujer de melena canosa suelta al viento que tocaba el claxon con entusiasmo mientras aparcaba en diagonal, ocupando dos plazas reservadas.

—Esos son mis padres —dijo Jonah, con una mezcla de orgullo y resignación en la voz.

Willow y Hollis Pierce bajaron de la furgoneta vestidos con una libertad que contrastaba violentamente con el resto del aparcamiento: ella con un vestido largo estampado de flores y los pies descalzos, él con una camisa hawaiana y un collar de conchas que llevaba, según explicaría más tarde, "desde la última luna llena".

—¡Cariño! —exclamó Willow, abrazando a Jonah con una intensidad que lo levantó casi del suelo, antes de girarse hacia Charlotte con los brazos abiertos—. Y tú debes de ser la mujer que finalmente le ha robado el corazón a mi hijo. Ven aquí, no seas tímida.

Charlotte, que no recordaba la última vez que alguien la había abrazado sin previo aviso en un aparcamiento, se dejó envolver por un abrazo que olía a lavanda y tierra recién removida, y sintió, para su propia sorpresa, que no le disgustaba en absoluto.

—Un placer conocerla, señora Pierce.

—Willow. Nada de señora Pierce, eso suena a mi suegra, que en paz descanse, aunque nunca descansó en paz porque siempre tenía algo que criticar. Llámame Willow, cariño.

Margaret y Walter Sterler llegaron cinco minutos después, con la puntualidad y la formalidad que caracterizaban cada movimiento de la familia, y el contraste entre ambos matrimonios fue, para Charlotte, tan evidente que casi le dio vergüenza ajena antes incluso de que se estrecharan la mano.

—Un placer conocerlos —dijo Walter Sterler, extendiendo la mano hacia Hollis con una formalidad casi militar—. Charlotte nos ha contado muy poco sobre ustedes, lo cual, sinceramente, nos ha tenido preocupados.

—¡No hay nada que preocuparse! —respondió Hollis, ignorando la mano tendida y envolviendo a Walter en un abrazo que dejó al hombre completamente rígido de la sorpresa—.

Somos gente sencilla. Cultivamos flores, criamos cabras, y creemos que el amor no necesita explicaciones, solo espacio para crecer.

—Cabras —repitió Margaret, con una expresión que Charlotte reconoció de inmediato: la de su madre procesando información que no encajaba en absoluto en su idea del mundo.

—Ocho cabras —confirmó Willow, con orgullo—. Y una que se llama Beyoncé, porque es la que más manda de todas.

El almuerzo, que Charlotte había anticipado con el mismo terror con el que anticipaba una tormenta durante una boda al aire libre, transcurrió en una sucesión de momentos que oscilaban entre lo desastroso y lo entrañable, con Margaret intentando dirigir la conversación hacia temas seguros —la sociedad histórica, los planes de la boda, el club de lectura al que asistía— mientras Willow insistía en hablar de la energía de la luna llena y Hollis contaba anécdotas de su juventud en una comuna de artistas en Asheville que hacían que Walter se aclarara la garganta con una frecuencia alarmante.

—Y cuéntenme —dijo Margaret, en un intento evidente por recuperar el control de la sobremesa—, ¿cómo educaron a Jonah para que fuera tan... —hizo una pausa, buscando la palabra correcta— creativo en su profesión?

—Nunca lo educamos para nada en concreto —respondió Willow, sirviéndose más vino de la jarra que el camarero había dejado en la mesa, sin esperar a que se lo ofrecieran—.

Dejamos que encontrara su propio camino.

A los cinco años quería ser astronauta. A los ocho, granjero de calabazas.

A los doce descubrió que le encantaba organizar las fiestas de cumpleaños de sus amigos, y ahí ya no hubo vuelta atrás.

—Nosotros hicimos lo contrario con Charlotte —dijo Walter, con un orgullo evidente que a Charlotte, sentada entre ambas familias, le costó un poco reconocer, porque rara vez lo escuchaba en voz tan alta—.

Desde pequeña supo exactamente lo que quería, y nosotros simplemente le dimos las herramientas para conseguirlo con disciplina.

A los diez años organizaba las fiestas de cumpleaños de toda la manzana con un cronograma escrito a mano.

—Con cronograma a los diez años —repitió Hollis, mirando a Jonah con una expresión divertida—. Hijo, vas a tener que aprender a organizar bien tu propia vida si quieres estar a la altura de esta mujer.

—Ya lo estoy aprendiendo, papá —respondió Jonah, y bajo la mesa, sin que nadie más lo viera, buscó la mano de Charlotte y se la apretó con una firmeza que ella no esperaba, un gesto que había empezado como parte de la actuación semanas atrás pero que, en ese instante, sintió genuinamente reconfortante.

Charlotte le devolvió el apretón, y por un segundo, mientras las dos familias seguían chocando alegremente sobre temas de vino, cabras y cronogramas de la infancia, se permitió pensar que quizás, después de todo, aquel almuerzo imposible no iba a terminar en desastre completo.

—Una última pregunta —dijo Margaret, cuando llegó el postre, mirando directamente a Jonah con la intensidad que reservaba para las decisiones importantes—. ¿La quiere de verdad, joven? Porque mi hija ha trabajado muy duro para llegar a donde está, y no voy a permitir que nadie se lo ponga difícil.

Se hizo un silencio en la mesa, y Charlotte sintió que el corazón le latía con una fuerza desproporcionada, esperando la respuesta ensayada, la frase que habían memorizado juntos semanas atrás.

Pero Jonah no recitó el guion. Miró a Charlotte, con una expresión que ella no había visto antes, ni siquiera durante la entrevista frente al jurado, y habló despacio, como si estuviera descubriendo la respuesta en el mismo instante en que la pronunciaba.

—La admiro más de lo que ella imagina, señora Sterler. Y cada día que paso a su lado descubro algo nuevo que hace que la admire un poco más.

No era, exactamente, la respuesta del guion. Era, sospechó Charlotte, con una mezcla de alarma y algo peligrosamente parecido a la esperanza, mucho más honesta que eso.

Después del postre, mientras los camareros retiraban los platos y Willow insistía en pedir una segunda ronda de vino para "brindar como es debido por el amor verdadero", Walter Sterler se levantó de la mesa y le hizo una seña discreta a Jonah para que lo acompañara a la terraza del club, lejos del bullicio de las dos madres, que ya habían empezado a intercambiar recetas de tarta con un entusiasmo que ninguna de las dos había anticipado sentir por la otra.

—Un paseo corto —dijo Walter, con la formalidad que lo caracterizaba—. Nada más.

Jonah siguió a Walter hasta la terraza, con una inquietud que no supo disimular del todo, mientras Charlotte los observaba desde la mesa con el corazón encogido, preguntándose qué tipo de interrogatorio estaría a punto de enfrentar el hombre que fingía ser su prometido.

—Mi hija es la persona más capaz que conozco —dijo Walter, apoyado en la barandilla de piedra que daba al jardín del club, sin mirar directamente a Jonah—.

Pero también es la persona que más se exige a sí misma de toda la ciudad de Charleston, y eso, con los años, tiene un precio que ella nunca ha sabido nombrar en voz alta.

—Lo he notado, señor Sterler.

—¿Y qué piensa hacer al respecto?

Jonah se quedó un momento en silencio, sopesando la pregunta con más seriedad de la que había anticipado necesitar esa tarde.

—Creo que no me corresponde a mí cambiar nada de cómo es Charlotte. Creo que lo que puedo hacer, si ella me lo permite, es recordarle de vez en cuando que no pasa nada si algo sale distinto de como lo había planeado. Que a veces lo distinto también puede ser bueno.

Walter lo miró entonces directamente, con una expresión que Jonah no supo interpretar del todo, hasta que el hombre, para su sorpresa, esbozó algo parecido a una sonrisa.

—Esa es la respuesta correcta, joven. Vamos a ver si es capaz de sostenerla con el paso del tiempo.

Volvieron a la mesa juntos, y Charlotte, al ver la expresión relajada de su padre, sintió un alivio que no supo, del todo, si atribuir solo al éxito de la actuación.

Ya de vuelta en la mesa, con el postre casi terminado, Willow insistió en enseñarle a Margaret una fotografía de la granja en su teléfono, un gesto tan sencillo que, para sorpresa de todos, consiguió lo que ninguna conversación formal había logrado en toda la comida: un momento de genuina conexión entre ambas mujeres.

—Esa cabra de ahí es Beyoncé —explicó Willow, señalando la pantalla—. Y esa de al lado, la más flaca, es Dolly. Nombré a todas mis cabras por cantantes que admiro.

Margaret, para asombro de Charlotte, sonrió con una calidez genuina.

—De joven, antes de casarme, cantaba en el coro de la iglesia. Nunca fui lo bastante valiente para nada más ambicioso que eso.

—Nunca es tarde, Margaret. —Willow le apretó la mano con una familiaridad que, en cualquier otra persona, habría resultado invasiva, pero que en ella parecía completamente natural—.

Deberías venir a la granja alguna vez. Cantamos mientras ordeñamos.

Las cabras responden mejor a la música que a cualquier otra cosa.

—No sé si eso es literalmente cierto o una metáfora, Willow.

—Las dos cosas, cariño. Las dos cosas a la vez.

Charlotte, observando aquel intercambio inesperado entre su madre y la de Jonah, sintió que algo se aflojaba en su pecho, una tensión que llevaba toda la comida sosteniendo sin darse cuenta del todo. Bajo la mesa, buscó de nuevo la mano de Jonah, y esta vez, el gesto no tuvo nada de actuación.

Cuando por fin se despidieron en el aparcamiento del club, ya avanzada la tarde, Hollis Pierce abrazó a Walter Sterler con la misma efusividad con la que lo había saludado horas antes, y esta vez, para sorpresa de Charlotte, Walter no se puso rígido en absoluto, sino que le devolvió el abrazo con una torpeza entrañable que ella jamás le había visto en público.

—Tenemos que repetir esto —dijo Hollis, ya subiendo a la furgoneta pintada de girasoles—. La próxima vez, en la granja. Les enseño a Beyoncé en persona.

—Será un placer —respondió Walter, con una sinceridad que sorprendió incluso a Margaret, de pie a su lado.

Cuando la furgoneta se alejó, tocando el claxon una última vez a modo de despedida, Margaret se giró hacia Charlotte con una expresión que esta no supo interpretar del todo.

—Son gente extraña, cariño. Pero tienen un corazón enorme, y se nota que adoran a su hijo. —Le apretó el brazo, con un cariño poco habitual en ella—. Y él te mira de una manera que tu padre y yo llevábamos esperando ver en alguien desde hace mucho tiempo.

Charlotte sintió que se le cerraba la garganta, incapaz de responder nada que no sonara a mentira delante de su propia madre, y se limitó a abrazarla, con una fuerza que Margaret no esperaba y que, sin embargo, no cuestionó en absoluto.

De camino a casa, ya solos en el coche de Jonah, Charlotte se quedó callada un rato largo, mirando por la ventanilla las calles empedradas del centro histórico, hasta que él, notando su silencio, le preguntó qué le pasaba.

—Mi madre acaba de decirme que la miras de una manera que ella llevaba años esperando ver.

—Charlotte se giró hacia él, con los ojos húmedos que no quiso disimular—.

Y lo peor es que no sé si me duele más porque es mentira, o porque tengo la sospecha, cada día más fuerte, de que ya no lo es del todo.

Jonah detuvo el coche en un semáforo en rojo y aprovechó el instante para mirarla directamente, sin prisa por que el semáforo cambiara.

—Yo tampoco sé ya dónde termina la actuación, Charlotte. Y si te soy sincero, hace días que dejé de intentar averiguarlo.

El semáforo cambió a verde, y Jonah retomó la marcha, pero el silencio que siguió, esta vez, no tuvo nada de incómodo, sino la calidez tranquila de dos personas que empezaban, cada una a su manera, a aceptar que la línea entre fingir y sentir se había borrado por completo entre ellos, sin que ninguno supiera exactamente cuándo había ocurrido.