El falso compromiso CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Los siguientes cuatro días transcurrieron en una nebulosa de listas, llamadas telefónicas y noches cortas que Charlotte, en circunstancias normales, jamás habría permitido que afectaran a la calidad de un evento.

Pero estas no eran circunstancias normales, y para el tercer día, ella y Jonah habían trasladado su centro de operaciones al estudio de Wildflower Weddings, porque —según Jonah— "las musas trabajan mejor rodeadas de caos creativo", y porque —según Charlotte, aunque jamás lo hubiera dicho en voz alta— prefería estar cerca de él durante esas noches largas antes que sola en su propio despacho, revisando listas que no dejaban de multiplicarse.

—Necesitamos decidir el menú antes de medianoche —dijo Charlotte, la tercera noche, sentada en el suelo del estudio con la espalda apoyada contra un sofá desgastado, rodeada de muestras de tela y catálogos de catering—.

El chef de Sterling Hospitality necesita confirmación mañana a primera hora para tener tiempo de conseguir los ingredientes.

—Ostras al vapor, algo con maíz —porque estamos en el Lowcountry y sería un crimen no incluirlo—, y para el postre, algo con melocotón.

—Jonah, tumbado boca abajo en la alfombra, revisaba bocetos de arreglos florales sin levantar la vista—.

Y bebida. Nada de la barra estándar. Quiero cócteles con nombres, algo que la gente recuerde.

Un "Beso de Sidra" con manzana caramelizada.

Un "Atardecer del Muelle" con bourbon y melocotón.

—¿Cuándo se te ocurrió eso?

—Ahora mismo. Mientras hablabas del maíz.

Charlotte se rio, una risa corta y genuina que la sorprendió a sí misma más que a él, y anotó los nombres en su lista, junto a un pequeño dibujo del vaso que Jonah insistió en hacerle a mano, porque "una lista sin dibujo es solo una lista aburrida".

A las once, Deja les trajo una bandeja con dos tazas de chocolate caliente y unas galletas de mantequilla que había horneado ella misma "para que no se les ocurriera pedir pizza a las tantas otra vez", y a las doce, mientras revisaban la disposición de las mesas en un plano dibujado a mano por Jonah —irregular, con curvas donde Charlotte hubiera puesto líneas rectas, pero con una lógica propia que, para su sorpresa, funcionaba— Charlotte se descubrió mirándolo trabajar con una atención que iba mucho más allá de lo profesional.

Tenía una manera particular de morderse el labio inferior cuando dudaba entre dos opciones, y una manera de sonreír, casi para sí mismo, cuando encontraba la solución correcta, que a Charlotte le resultaba, sencillamente, imposible de ignorar.

—Me estás mirando raro —dijo él, sin levantar la vista del plano.

—No te estoy mirando raro. Te estoy mirando trabajar. Es distinto.

—¿Y qué ves?

Charlotte dudó, sopesando cuánto de la verdad estaba dispuesta a admitir en voz alta a esas horas de la madrugada, con las defensas más bajas de lo que le convenía.

—Veo a alguien que confía en su instinto de una manera que yo llevo años intentando aprender sin conseguirlo del todo.

Jonah levantó la vista entonces, sorprendido por la sinceridad de la respuesta, y por un momento se quedaron mirándose en silencio, con el plano de las mesas olvidado entre ambos.

—Yo veo a alguien —dijo él, despacio, con una voz distinta a la que usaba normalmente para discutir con ella— que ha pasado tanto tiempo asegurándose de que nada salga mal, que se ha olvidado de disfrutar cuando algo sale bien.

—Eso no es justo.

—Puede que no sea justo. Pero es lo que veo.

—Se incorporó, sentándose frente a ella con las piernas cruzadas, la distancia entre ambos de pronto mucho más corta de lo que había sido un minuto antes—.

Esta noche, por ejemplo. Llevamos horas trabajando en una boda falsa para dos personas que no existen, y en algún momento, entre el maíz y los cócteles con nombre, te has reído de verdad.

No la risa que usas con los clientes. La otra.

Charlotte sintió que el calor le subía por el cuello, y no supo si era vergüenza, o algo mucho más peligroso.

—No sé de qué hablas.

—Sí lo sabes. —Jonah se acercó un poco más, lo suficiente como para que Charlotte pudiera sentir el calor de su cuerpo a través de la distancia mínima que los separaba, lo suficiente como para notar que el chocolate caliente que ambos habían bebido le dejaba a él un rastro dulce casi imperceptible en el aire—.

Y para que conste, Sterler, es mi risa favorita de todas las que tienes.

Se quedaron así un momento, demasiado cerca para ser una simple conversación de trabajo, demasiado lejos todavía para ser otra cosa, y Charlotte sintió, con una claridad incómoda, que si se inclinaba apenas unos centímetros más, la línea que habían acordado no cruzar en aquella cafetería de mármol falso iba a desdibujarse por completo.

Fue Deja quien rompió el momento, entrando de golpe con el teléfono en la mano y una expresión de alarma que borró de inmediato cualquier otra cosa que estuviera ocurriendo en aquella habitación.

—Siento interrumpir —dijo, sin aliento—, pero acabo de recibir un mensaje de mi prima, que trabaja en el club de campo.

Dice que tus padres, Charlotte, acaban de reservar mesa para seis personas allí mañana, para "conocer con calma" a la familia de tu prometido, antes de la boda de la semana que viene.

Charlotte sintió que la sangre se le helaba en las venas.

—¿Mañana?

—Mañana a la hora de comer.

Jonah y Charlotte se miraron, y en la mirada de ambos había la misma pregunta silenciosa, urgente, que ninguno de los dos sabía todavía cómo responder: ¿cómo se sobrevivía a un almuerzo entre unos padres que presidían la sociedad histórica de Charleston, y unos padres que llevaban treinta años sin pisar un lugar que exigiera zapatos cerrados?

—Necesitamos preparar a tus padres —dijo Charlotte, ya de pie, calculando mentalmente los detalles de la crisis inminente—. Al menos darles alguna indicación básica de etiqueta, para que Margaret Sterler no sufra un colapso nervioso en mitad del primer plato.

—Mis padres son perfectamente capaces de comportarse en cualquier entorno, Sterler. Solo que su idea de comportarse no siempre coincide con la de tu madre.

—Esa es precisamente mi preocupación.

Jonah cogió su teléfono y marcó el número de su madre, que contestó al segundo tono con un entusiasmo que se escuchaba incluso a través del altavoz.

—¡Cariño! ¡Qué alegría que llames! ¿Cómo va todo con tu prometida?

—Mamá, necesito pedirte un favor un poco delicado.

—Lo que necesites, cielo.

—Mañana vamos a comer con los padres de Charlotte. Son... —Jonah buscó la palabra adecuada, consciente de que Charlotte lo observaba con atención— son gente muy tradicional. Muy de Charleston de toda la vida. ¿Podrías, quizás, llevar zapatos cerrados por una vez?

Se hizo un silencio breve al otro lado de la línea, seguido de una carcajada genuina.

—Jonah Pierce, llevo treinta años sin usar zapatos cerrados por decisión propia, y no pienso empezar ahora por unos desconocidos que ni siquiera me conocen todavía. Pero te prometo que me voy a comportar con toda la elegancia natural que Dios me dio, que no es poca, para que conste.

Jonah colgó, resignado, y miró a Charlotte con una expresión que oscilaba entre la disculpa y la diversión genuina.

—Creo que mañana va a ser un desastre memorable —dijo, sin poder ocultar cierta anticipación en la voz.

—Los desastres memorables son mi especialidad, Pierce. Vamos a sobrevivir a esto, aunque tenga que sentarme entre ambas madres para hacer de árbitro.

Esa misma noche, ya de madrugada, Charlotte se quedó despierta en su apartamento repasando mentalmente todo lo que sabía sobre las costumbres del club de campo de sus padres, intentando anticipar cada posible fricción antes de que ocurriera.

Escribió una lista breve de temas seguros de conversación —el clima, los planes de la boda, alguna anécdota inofensiva sobre Savannah— y la guardó en el bolso, aunque sabía, en el fondo, que Willow y Hollis Pierce no iban a seguir ningún guion que ella les preparara.

Llamó a Jonah una última vez antes de intentar dormir.

—¿Sigues despierto?

—Nunca duermo bien la noche antes de conocer a los suegros de otra persona por primera vez, resulta que tampoco cuando los suegros son inventados.

Charlotte se rio, un sonido cansado pero genuino.

—Mis padres van a hacer preguntas incómodas. Sobre todo mi madre. Va a querer saber fechas exactas, detalles concretos, cosas que no hemos terminado de acordar del todo.

—Entonces improvisa conmigo mañana, Sterler. Por una vez, deja que las respuestas salgan solas, sin revisarlas antes en tu cabeza tres veces.

—Eso me aterra más que la pregunta en sí.

—Lo sé. —La voz de Jonah sonó suave, casi tierna, a través del teléfono—. Por eso te lo pido. Porque creo que se te va a dar mejor de lo que crees.

Colgaron poco después, y Charlotte, a pesar de la ansiedad que le producía el almuerzo del día siguiente, se durmió esa noche con una facilidad que no había sentido en semanas, arrullada por la certeza extraña de que, pasara lo que pasara al día siguiente, no iba a enfrentarlo sola.

A la mañana siguiente, antes de salir hacia el club de campo, Priya se presentó en el apartamento de Charlotte con un vestido nuevo colgado de una percha, envuelto en una funda de tela.

—No pensé que fueras a tener tiempo de elegir algo apropiado tú misma, así que lo he elegido yo —anunció, sin pedir permiso para entrar—. Azul marino, corte sencillo, exactamente lo que tu madre aprobaría sin reservas y lo que, con suerte, tampoco escandalizará demasiado a los padres de Jonah.

Charlotte se probó el vestido, y se miró en el espejo con una atención que rara vez dedicaba a su propia imagen fuera del contexto de una boda ajena.

—¿Crees que va a salir bien, Priya? Sinceramente.

Priya se quedó pensativa un momento, ajustando un pliegue de la tela sobre el hombro de Charlotte.

—Creo que va a salir memorable, que no es exactamente lo mismo que bien, pero que en tu caso, últimamente, parece ser la nueva definición de éxito.

—Sonrió, con cariño genuino—. Y creo que, pase lo que pase en esa comida, vas a salir de ahí sabiendo algo importante sobre Jonah Pierce que todavía no sabes del todo.

—¿Cómo qué?

—Cómo reacciona cuando de verdad le importa algo, en lugar de cuando solo finge que le importa para un jurado.

Charlotte no respondió, pero mientras terminaba de arreglarse para salir, guardó aquella observación en algún rincón de su cabeza, sospechando, sin poder confirmarlo todavía, que Priya tenía toda la razón.

De camino al club de campo, conduciendo con Jonah a su lado en un silencio nervioso, Charlotte repasó una última vez las notas que había preparado la noche anterior.

—Recuerda —dijo, sin apartar la vista de la carretera—, mis padres conocen la fecha oficial de la conferencia de Savannah, el nombre de tu agencia, y la versión resumida de la propuesta en el pabellón.

No necesitan más detalles que esos, así que no te excedas inventando cosas nuevas sobre la marcha.

—Sterler, llevo tres semanas actuando delante de jurados profesionales. Creo que puedo con un almuerzo familiar.

—Un almuerzo familiar con mi madre es más exigente que cualquier jurado que hayamos enfrentado hasta ahora. Te lo advierto en serio.

Jonah se rio, aunque el nerviosismo en su voz era innegable.

—¿Tan terrible es tu madre?

—No es terrible. Es meticulosa. Y tiene un radar especial para detectar cualquier inconsistencia en una historia, perfeccionado durante décadas presidiendo comités de la sociedad histórica donde la gente miente constantemente sobre la autenticidad de sus antigüedades familiares.

—Entonces tu madre y tú os parecéis más de lo que imaginas.

Charlotte le lanzó una mirada de advertencia, pero no pudo evitar sonreír, y aparcó frente al club de campo con el estómago encogido por los nervios, aunque, para su sorpresa, sintiéndose menos sola que en cualquier otro desafío profesional que hubiera enfrentado en solitario durante los últimos siete años.