El falso compromiso CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

El correo de Adaline Ferris llegó un jueves por la tarde, y Charlotte supo, desde la línea del asunto —"Fase Tres: Demostración en Vivo"—, que algo en el concurso estaba a punto de complicarse mucho más de lo que había anticipado.

Llamó a Jonah de inmediato, sin pensarlo, algo que hacía apenas un mes le habría parecido impensable.

—¿Has leído el correo? —preguntó él, en cuanto descolgó, con una voz que sonaba tan alarmada como se sentía ella.

—Lo estoy leyendo ahora mismo. —Charlotte recorrió el texto con los ojos, cada vez más rápido, cada vez con más incredulidad—.

Dice que la fase final del concurso consiste en que cada pareja finalista organice, en un plazo de siete días, su propia boda de demostración, abierta al público y a la prensa, en una de las propiedades de Sterling Hospitality, "como prueba definitiva de la autenticidad de su compromiso".

—Siete días.

—Siete días para organizar una boda entera. Nuestra boda. La boda de la pareja que se supone que somos.

Se hizo un silencio en la línea, del tipo que solo ocurre cuando dos personas están procesando, cada una por su lado, la misma magnitud de desastre.

—Vamos a necesitar invitados —dijo Jonah, al fin, con una voz que había pasado del pánico a un cálculo casi profesional, el mismo tono que Charlotte reconocía de sí misma cuando un evento se torcía a última hora—.

Una boda de verdad, con prensa presente, necesita gente real en las sillas. No podemos alquilar extras para esto.

—Lo sé. —Charlotte se dejó caer en la silla de su despacho, sintiendo que el peso de la situación le aplastaba el estómago—. Eso significa invitar a gente que nos conoce de verdad. Amigos. Compañeros del sector. Familia.

—Familia —repitió Jonah, y Charlotte pudo escuchar, incluso a través del teléfono, cómo se le tensaba la voz—.

Sterler, mis padres viven en una granja de flores en Johns Island y llevan treinta años sin asistir a nada que requiera zapatos cerrados.

Si les digo que vengan a una boda de mentira delante de la prensa nacional, van a hacer preguntas que no vamos a poder responder con facilidad.

—Pues imagina a los míos. —Charlotte se frotó la frente—.

Mis padres llevan generaciones en Charleston, mi padre preside la sociedad histórica de la ciudad, y mi madre lleva esperando que yo me case desde que cumplí veintiocho años.

Si les digo que estoy comprometida, se van a presentar con el vestido de novia de mi abuela y una lista de invitados de doscientas personas antes de que yo pueda explicarles los detalles.

—¿Vamos a decirles la verdad?

Charlotte se quedó callada un momento, sopesando la pregunta con el mismo cuidado con el que sopesaba cualquier decisión importante.

—No podemos. Si mis padres lo saben, se les va a notar en la cara delante de las cámaras, y todo el concurso se va a ir al traste en un segundo. Van a tener que creer que es real, al menos por ahora. Hasta que esto termine.

—Eso significa mentirle a nuestras propias familias durante una semana entera, en un evento público, delante de la prensa.

—Lo sé. —Charlotte cerró los ojos—. Y significa que tenemos siete días para organizar una boda de verdad, con presupuesto real, invitados reales, y absolutamente ningún margen de error, porque si algo sale mal, no solo perdemos el concurso: quedamos como un fraude delante de todo el sector.

Se hizo otro silencio, más largo esta vez, y Charlotte, sin poder evitarlo, empezó a hacer lo que mejor sabía hacer en momentos de crisis: una lista.

—Vamos a necesitar un local disponible en siete días, lo cual es prácticamente imposible en temporada alta, salvo que Sterling Hospitality nos ceda una de sus propiedades, que probablemente sea justamente el plan.

Vamos a necesitar catering, flores, música, un oficiante, vestido, y algún tipo de coreografía de baile nupcial que no nos haga quedar como dos desconocidos torpes delante de doscientas personas.

—Yo me encargo de la música y las flores —dijo Jonah, ya con la voz recuperada, entrando en modo trabajo con una rapidez que a Charlotte, en cualquier otro contexto, le habría parecido admirable—.

Conozco a un cuarteto que puede tener listo un repertorio en cuatro días, y las flores silvestres de la granja de mis padres van a estar en su mejor momento esta semana, si logro convencerlos de que las corten para mí sin hacer demasiadas preguntas.

—Yo me encargo del local, el catering y el vestido.

—Charlotte ya estaba abriendo una hoja de cálculo mientras hablaba, la mente corriendo tres pasos por delante de la conversación—.

Y del oficiante. Conozco a alguien discreto que no va a hacer preguntas incómodas sobre la autenticidad de la pareja.

—¿Y el baile?

Charlotte se detuvo, con los dedos suspendidos sobre el teclado.

—El baile va a ser un problema.

—El baile —dijo Jonah, y a través del teléfono Charlotte pudo escuchar, con una claridad que la sorprendió, el asomo de una sonrisa en su voz— va a ser divertido, Sterler. Confía en mí.

—Confiar en ti es precisamente lo que me tiene despierta a estas horas de la noche.

—Bienvenida al club —respondió él—. Yo llevo despierto desde que leí el correo.

Colgaron, cada uno con una lista de tareas imposibles de completar en una semana, y Charlotte, sentada sola en su despacho a oscuras salvo por la luz de la pantalla del ordenador, se descubrió pensando que, por primera vez en su carrera profesional, no le aterraba tanto el caos que se avecinaba como la idea de que, en algún momento de esa semana frenética, la línea entre la actuación y algo mucho más real iba a volverse imposible de distinguir.

A la mañana siguiente, Priya llegó a la oficina con un cuaderno nuevo, ya organizado por secciones: proveedores, invitados, presupuesto, contingencias.

—He estado despierta media noche pensando en esto —admitió, dejando el cuaderno sobre el escritorio de Charlotte—.

Si vamos a organizar una boda en siete días, necesitamos tratarlo exactamente igual que cualquier boda de emergencia que hayamos hecho antes.

¿Recuerdas la de los Sinclair, cuando el local original se incendió cuatro días antes de la fecha?

—Lo recuerdo perfectamente. Dormimos tres noches en la oficina.

—Pues esto va a ser parecido, solo que esta vez el motivo del desastre no es un incendio, es un jurado internacional y la reputación entera de dos agencias.

Charlotte sonrió, a su pesar, ante la manera en que Priya conseguía siempre reducir cualquier catástrofe a una simple cuestión de logística resuelta.

—Necesito que te encargues del vestido —dijo Charlotte, revisando la lista—.

Conoces a la diseñadora de Meeting Street mejor que yo.

Explícale la urgencia, pero no le digas el motivo real.

Dile solo que es una boda de emergencia por cuestiones de agenda del jurado del concurso, que técnicamente no es mentira.

—¿Y el catering?

—Ya he llamado al chef ejecutivo de Sterling Hospitality esta mañana, antes de que llegaras. Está dispuesto a trabajar con nosotros si le confirmamos el menú antes de mañana a mediodía.

—¿Y Jonah?

—Jonah se encarga de la música, las flores, y, según sus propias palabras, de que "el baile no dé vergüenza ajena". —Charlotte revisó su reloj—. Tenemos que reunirnos con él a las cuatro en su estudio para repasar todo junto. Avísame si necesitas algo de mí antes de esa hora.

Priya salió del despacho con el cuaderno bajo el brazo, y Charlotte se quedó un momento a solas, mirando la lista de tareas que ella misma acababa de dictar con una fluidez que, apenas doce horas antes, le habría parecido imposible dado el pánico inicial de la noticia.

Algo en la urgencia compartida con Jonah, entendió esa mañana, la estaba obligando a improvisar de una manera que jamás se había permitido antes, y para su propia sorpresa, no le disgustaba tanto como debería.

A las cuatro en punto, Charlotte y Priya llegaron al estudio de Wildflower Weddings, donde Jonah y Deja ya habían extendido sobre la mesa de trabajo un plano dibujado a mano del pabellón junto al río, con anotaciones en los márgenes que solo Jonah parecía capaz de descifrar del todo.

—He pensado en la disposición general —dijo Jonah, señalando el plano—. Ceremonia de cara al agua, para aprovechar el atardecer. Recepción bajo una carpa transparente, para que se vea el cielo si el tiempo aguanta, con opción de lona opaca si llueve.

—Necesitamos confirmar el proveedor de carpas hoy mismo —añadió Charlotte, ya tomando notas—. Y el número exacto de sillas, que depende de la lista final de invitados, que todavía no tenemos cerrada.

—Doscientas personas, aproximadamente —calculó Jonah—. Entre nuestros equipos, algunos clientes de ambas agencias que seguramente querrán venir a curiosear, la prensa acreditada, y nuestras familias.

—Ciento noventa y ocho, para ser exactos —corrigió Charlotte, revisando su propia lista—. He contado dos veces.

Jonah sonrió, sin poder evitarlo.

—Por supuesto que las has contado dos veces.

Pasaron las siguientes tres horas repasando cada detalle logístico con una intensidad que ninguno de los dos había experimentado antes trabajando con otra persona: Charlotte proponía estructuras, plazos, contingencias, mientras Jonah aportaba ideas que, en cualquier otro contexto, ella habría descartado por poco prácticas, pero que, ajustadas con su propio rigor, terminaban encajando de una manera que ninguno de los dos habría conseguido solo.

—Esto está funcionando mejor de lo que esperaba —admitió Charlotte, ya pasada la medianoche, revisando la lista completa de tareas asignadas—. Deberíamos plantearnos, en serio, trabajar juntos más a menudo.

—¿Eso es una propuesta profesional, Sterler o solo el cansancio hablando?

Charlotte se quedó un momento pensativa, sorprendida de no tener una respuesta inmediata para esa pregunta tan sencilla en apariencia.

—Todavía no lo sé —admitió, con una honestidad que la sorprendió a ella misma—. Pregúntame otra vez cuando todo esto haya terminado.

Priya y Deja, que llevaban toda la noche trabajando en paralelo en una esquina del estudio, revisando listas de proveedores y confirmando horarios con una eficiencia que sorprendió a ambas, se acercaron a la mesa principal poco antes de la medianoche con el catering ya cerrado y el oficiante confirmado.

—El chef de Sterling Hospitality ha aceptado el menú completo —anunció Priya, dejando caer sobre la mesa una copia impresa del contrato—.

Ostras, maíz, y el postre de melocotón. Y los cócteles con nombre, aunque el chef ha preguntado, textualmente, "si de verdad quieren que un cóctel se llame Atardecer del Muelle o si es una broma que se les ha escapado en el correo".

—No es ninguna broma —dijo Jonah, sin levantar la vista del plano de mesas—. Ese cóctel va a ser el más pedido de la noche, ya lo veréis.

—El oficiante también ha confirmado —añadió Deja—. Un hombre discreto, de los que Charlotte conoce de bodas anteriores, que aparentemente no hace preguntas incómodas sobre la autenticidad de nadie.

—Perfecto. —Charlotte tachó ambos puntos de su lista, sintiendo el alivio momentáneo de ver la lista de pendientes acortarse, aunque supiera que la lista completa era todavía interminable—.

Nos queda el vestido, la coreografía del baile, y confirmar la lista definitiva de invitados con ambas familias.

—Y dormir, en algún momento de los próximos siete días —añadió Priya, con una mirada que dejaba claro que no esperaba que nadie le hiciera caso.

Jonah levantó la vista del plano, mirando a Charlotte con una expresión cansada pero satisfecha.

—Vamos bien, Sterler. A pesar de todo, vamos bien.

—Vamos bien —repitió ella, permitiéndose, por primera vez desde que había leído el correo de Adaline Ferris, creer del todo en esa afirmación.

Deja, antes de marcharse esa noche, se detuvo un momento junto a la puerta del estudio, mirando a Charlotte y Jonah, todavía inclinados sobre el plano de mesas con las cabezas casi tocándose.

—¿Puedo decir algo, sin que suene raro? —preguntó, con una vacilación poco habitual en ella.

—Adelante —dijo Jonah, sin levantar la vista del plano.

—Llevo tres años trabajando contigo, y nunca te había visto tan tranquilo organizando algo tan complicado como esto.

Normalmente improvisas hasta el último segundo y confías en que salga bien.

Esta vez estás planificando con Charlotte casi tanto como ella, y no pareces estresado en absoluto por perder tu propio estilo en el proceso.

Jonah levantó la vista entonces, mirando a Charlotte un momento antes de responder.

—Puede que haya descubierto que planificar con la persona correcta no es perder mi estilo. Es solo sumarle algo que me faltaba.

Deja sonrió, satisfecha con la respuesta, y se despidió con un simple "buenas noches" que dejó flotando en el aire del estudio una calidez que ninguno de los tres necesitó comentar en voz alta.