CAPÍTULO 9
La segunda fase del Concurso Ever After consistía, según el correo que Adaline Ferris envió un lunes a primera hora, en "una jornada de convivencia documentada", lo cual, traducido a un lenguaje menos corporativo, significaba que un equipo de grabación de Sterling Hospitality iba a seguir a Charlotte y Jonah durante todo un día, recogiendo material para un vídeo promocional que después se mostraría al jurado y, eventualmente, a la prensa del sector.
—Necesito que sepas cosas de mí que una prometida real sabría —dijo Jonah, sentado en el borde del escritorio de Charlotte, mientras ella intentaba, sin mucho éxito, concentrarse en un contrato de catering que llevaba tres días esperando su firma—.
Cosas pequeñas. Si alguien te pregunta cómo tomo el café, no puedes quedarte en blanco delante de una cámara.
—No tomas café. Tomas sidra especiada en invierno y limonada con menta el resto del año. Lo sé desde hace tres semanas, Pierce, no hace falta que me lo repitas.
Jonah pareció genuinamente sorprendido de que ella lo recordara, y a Charlotte, para su propia irritación, le dio una satisfacción desproporcionada haberlo sorprendido.
—Está bien. Un punto para ti. —Se cruzó de brazos—. ¿Sabes cuál es mi color favorito?
—El verde musgo. El mismo tono que usas en casi todas las paletas de tus bodas, aunque insistas en que cada boda es completamente distinta de las demás.
—Eso es trampa. Lo has deducido de mi trabajo, no lo sabes de mí.
—Lo sé de ti porque llevas una camisa de ese color al menos tres días a la semana, y porque el jueves pasado, cuando Deja te trajo café por error en vez de sidra, dijiste que preferías el color del vaso al contenido, y el vaso era verde musgo.
Jonah se quedó mirándola un momento demasiado largo, con una expresión que Charlotte no supo clasificar del todo, hasta que él, por fin, sonrió.
—Vale. Retiro lo dicho. Prestas más atención de la que finges prestar.
—Es mi trabajo prestar atención a los detalles. No se me apaga solo porque el detalle seas tú.
Fue en ese momento, con el comentario todavía flotando entre ambos con más peso del que Charlotte había pretendido darle, cuando el equipo de grabación llegó al despacho: dos cámaras, un técnico de sonido, y una productora joven llamada Farrah que llevaba una tablet con un guion de preguntas y una sonrisa demasiado entusiasta para las nueve de la mañana.
—Vamos a empezar con algo sencillo —dijo Farrah, colocando a Charlotte y Jonah uno junto al otro frente al escritorio—. Cuéntenme una anécdota graciosa de su relación. Algo que la gente recuerde.
Charlotte sintió que se le congelaba la mente, la misma sensación de pánico que nunca experimentaba organizando una boda real pero que, por algún motivo, la asaltaba cada vez que tenía que improvisar mentiras delante de una cámara.
Jonah, en cambio, no dudó ni un segundo.
—El año pasado, en su cumpleaños, decidí sorprenderla organizando una cena en la que cada plato representaba una etapa de nuestra relación.
El problema fue que en la etapa tres, la del "primer viaje juntos", quise recrear la paella que comimos en Beaufort, y se me quemó el arroz de tal manera que activó la alarma de incendios de todo el edificio.
—Eso no ha pasado nunca —murmuró Charlotte, entre dientes, sin dejar de sonreír para la cámara.
—Está pasando ahora, en la historia que estamos contando —le susurró Jonah de vuelta, sin mover apenas los labios—, así que sonríe como si te hubiera encantado el gesto a pesar del desastre.
—Y evacuamos el edificio entero en pijama —continuó él, en voz alta, dirigiéndose de nuevo a la cámara—, y terminamos cenando comida china a domicilio sentados en la acera, mirando cómo los bomberos revisaban el edificio. Fue, sinceramente, una de las mejores noches de mi vida.
Farrah soltó una carcajada genuina, y bajó la tablet un momento.
—Eso es oro puro. Lo vamos a usar entero.
Charlotte esperó a que se apagaran las cámaras entre toma y toma para inclinarse hacia Jonah.
—¿De dónde has sacado esa historia?
—Me la inventé hace treinta segundos.
—Suena completamente real.
—Ese es el punto, Sterler. Las mejores mentiras no son las que se planifican con semanas de antelación.
Son las que nacen del detalle correcto en el momento correcto.
—Se encogió de hombros, con esa naturalidad suya que a Charlotte cada vez le costaba más clasificar como simple despreocupación—.
Tú organizas bodas anticipando cada segundo.
Yo las organizo confiando en que sabré reaccionar bien cuando el segundo llegue.
Los dos funcionamos. Solo que de maneras distintas.
—Uno de los dos duerme mejor por las noches, sin embargo.
—Uno de los dos también se pierde la mitad de la diversión.
Farrah los interrumpió antes de que Charlotte pudiera responder, señalando hacia la ventana, donde la luz de la mañana entraba en un ángulo que, según ella, sería perfecto para la siguiente toma: una escena en la que se suponía que debían mirarse "con la naturalidad de dos personas que llevan años compartiendo la misma vida".
Charlotte se giró hacia Jonah, que ya la estaba mirando con una expresión tranquila, casi cómplice, y por un instante —solo un instante, breve y desconcertante— se olvidó por completo de que las cámaras estaban grabando.
—Perfecto —susurró Farrah, sin apartar el ojo del visor—. Eso, exactamente eso. No se muevan.
Después de esa toma, hicieron una pausa mientras el técnico de sonido ajustaba un micrófono que captaba demasiado el zumbido del aire acondicionado, y Charlotte aprovechó el descanso para servirse un vaso de agua, todavía con el pulso ligeramente acelerado por la intensidad de la mirada que acababan de sostener durante casi un minuto entero delante de dos cámaras.
—¿Siempre se te da tan bien improvisar delante de una cámara? —le preguntó a Jonah, cuando este se acercó a la mesa de agua.
—Llevo siete años aprendiendo a leer lo que la gente necesita ver en cada momento. Una cámara no es tan distinta de un invitado nervioso en la puerta de la ceremonia. Solo hay que darle lo que está buscando.
—¿Y qué está buscando esta cámara, exactamente?
—Prueba de que esto es real. —Jonah la miró un momento, con una seriedad que contrastaba con la ligereza habitual de su tono—.
Y la mejor manera de dar esa prueba no es actuar.
Es, sencillamente, dejar que ocurra lo que sea que esté ocurriendo entre nosotros, y confiar en que la cámara lo capte solo.
Charlotte no supo qué responder a eso, y por suerte, Farrah los llamó de vuelta antes de que el silencio se volviera demasiado evidente.
La siguiente prueba consistió en una serie de preguntas rápidas, diseñadas para medir cuánto sabía cada uno del otro sin previo aviso: el color favorito, la película que verían mil veces, el plato que cocinarían para impresionar a la familia del otro.
Charlotte respondió con la precisión de quien lleva semanas memorizando notas, pero notó, con cierta inquietud, que más de la mitad de sus respuestas ya no venían del guion escrito, sino de la memoria genuina de las últimas semanas compartidas.
—Su plato favorito para impresionar seria... —Farrah consultó su lista de preguntas— ostras al vapor con maíz, si no recuerdo mal de la reunión anterior.
—Ostras al vapor con maíz —confirmó Charlotte, sin dudar, y solo después de decirlo se dio cuenta de que aquel dato no estaba en ninguna de sus notas: lo había escuchado de labios de Jonah la noche anterior, discutiendo el menú de una boda ajena, y se le había quedado grabado sin que ella se lo propusiera.
Jonah la miró, con una sorpresa genuina que no supo disimular del todo, y por un segundo, ninguno de los dos necesitó decir nada más para entender que la línea entre la actuación y la memoria compartida empezaba, sin que ninguno lo hubiera planeado, a desdibujarse.
Farrah, ajena por completo a la magnitud de aquel intercambio silencioso, continuó con la siguiente ronda de preguntas, esta vez dirigidas específicamente a Charlotte.
—¿Cuál es el mayor miedo de Jonah? —preguntó, con la tablet lista para anotar la respuesta.
Charlotte dudó, porque aquella pregunta no estaba en ninguna de sus notas, y sin embargo, para su propia sorpresa, la respuesta le llegó con una claridad que no esperaba.
—Que algún día deje de confiar en su instinto y empiece a necesitar un plan para todo, como yo. Le preocupa perder la parte de sí mismo que hace que la gente confíe en él sin que él tenga que demostrarlo con documentos.
Jonah la miró, visiblemente sorprendido, porque aquello, aunque Charlotte no lo supiera del todo, era más cierto de lo que ella misma sospechaba.
—Eso no me lo habías dicho nunca —murmuró él, cuando Farrah bajó la cámara para revisar el encuadre de la siguiente toma.
—No hacía falta que me lo dijeras. Se te nota cuando alguien te pide un cronograma escrito. Se te tensa la mandíbula exactamente igual que a mí cuando alguien me pide que improvise.
—Touché, Sterler.
La jornada de grabación se extendió hasta bien entrada la tarde, con Farrah y su equipo capturando distintos ángulos de la misma escena repetida una y otra vez: Charlotte y Jonah caminando juntos por el jardín trasero del estudio, riendo de una broma que ya no necesitaban inventar, discutiendo con genuina animación sobre el color de unas muestras de tela que, en teoría, formaban parte del atrezo de la escena pero que, en la práctica, se convirtieron en una discusión real sobre gustos que ninguno de los dos supo, después, si había empezado como actuación o como ellos mismos.
Cuando el equipo de grabación por fin recogió el material y se marchó, ya de noche, Charlotte se quedó un momento a solas con Jonah en el jardín, ambos agotados por la intensidad artificial de todo un día bajo el escrutinio de una cámara.
—¿Sabes lo más raro de hoy? —dijo Charlotte, sentándose en el borde de una jardinera de piedra.
—¿Qué?
—Que en algún momento de la tarde, dejé de sentir que estaba actuando. Y no sé si eso me tranquiliza o me aterra un poco.
Jonah se sentó a su lado, con la misma expresión pensativa que Charlotte empezaba a reconocer como la que él reservaba para los momentos que de verdad le importaban.
—A mí me pasó lo mismo hace un rato, cuando dijiste eso sobre mi miedo a necesitar un plan para todo. —Se quedó callado un instante—. Puede que las dos cosas sean ciertas al mismo tiempo, Sterler. Que nos tranquilice y nos aterre a partes iguales.
Charlotte no respondió, pero se quedó allí sentada un rato más de lo estrictamente necesario, disfrutando de un silencio compartido que, cada día que pasaba, le costaba más clasificar como puramente profesional.
Esa noche, ya en su apartamento, Charlotte recibió una llamada de Adaline Ferris, algo que no esperaba a esas horas.
—Solo quería decirle, extraoficialmente, que el material grabado hoy es excelente —dijo Adaline, con un tono ligeramente distinto al de sus comunicaciones habituales, más cálido, menos corporativo—. Llevo quince años en este puesto, y pocas veces he visto una pareja tan convincente en cámara.
—Se lo agradezco, Adaline.
—No es solo un cumplido protocolario. Se lo digo porque en este negocio, después de tantos años, uno aprende a distinguir la actuación de la realidad, y ustedes dos...
—Adaline hizo una pausa breve, casi como si dudara si debía continuar—.
Ustedes dos tienen algo que no se puede fingir del todo, por muy buenos actores que sean.
Charlotte sintió que el corazón le daba un vuelco extraño, mitad orgullo, mitad culpa por la mentira que sostenía aquella conversación entera.
—Gracias por decirlo —respondió, con más cautela de la que había sentido en toda la llamada.
—Nos vemos en la siguiente fase. Buenas noches, Charlotte.
Colgó el teléfono y se quedó un rato mirando la pantalla oscura, pensando en la ironía de que la persona encargada de juzgar la autenticidad de su compromiso fuera, quizás, la primera en detectar que algo genuino se había filtrado entre las grietas de la actuación, mucho antes de que Charlotte misma estuviera lista para admitirlo del todo.
Al día siguiente, después de una noche de sueño irregular, Charlotte llegó a la oficina antes de las siete, decidida a revisar una vez más el material grabado el día anterior, que Farrah le había enviado por correo como cortesía antes de la edición final.
Se sentó frente al ordenador con un té recién hecho —había empezado, sin darse cuenta del todo, a sustituir el café de las mañanas por infusiones más suaves, algo que Priya había notado sin comentarlo— y reprodujo el vídeo desde el principio.
Verse a sí misma en pantalla, riendo genuinamente ante una anécdota inventada, mirando a Jonah con una expresión que ella jamás se habría permitido analizar en el momento, le produjo una sensación extraña, como observar a una desconocida que se le parecía mucho pero que actuaba con una libertad que la Charlotte real rara vez se permitía delante de nadie.
Priya entró en la oficina poco después y encontró a Charlotte todavía absorta en la pantalla.
—¿Es el material de ayer?
—Sí. —Charlotte pausó el vídeo, justo en el fotograma donde Jonah la miraba con aquella intensidad breve que Farrah había capturado sin proponérselo—. Mírame en esta imagen, Priya. Dime sinceramente qué ves.
Priya se acercó, observó la pantalla un momento, y después miró a Charlotte con una ternura que esta no esperaba.
—Veo a una mujer que ya no está actuando, Charlotte. Y creo que en el fondo, tú también lo ves.
Charlotte cerró el portátil sin decir nada más, pero se quedó el resto de la mañana con la imagen grabada en la memoria, incapaz de decidir si aquel descubrimiento la aterraba más de lo que la alegraba, o si, sencillamente, ambas cosas habían dejado de ser mutuamente excluyentes.