El falso compromiso CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Pasaron la prueba. El jurado los calificó con una puntuación que Adaline Ferris describió, por correo electrónico, como "la más alta que hemos otorgado en la historia reciente del concurso a una pareja en fase inicial", y esa misma tarde, Priya y Deja celebraron la noticia con una botella de prosecco que apareció, como por arte de magia, en el estudio de Wildflower Weddings, donde Charlotte y Jonah habían decidido reunirse para revisar los siguientes pasos del concurso.

—A la pareja del año —brindó Deja, alzando su copa con un entusiasmo que a Charlotte le pareció innecesariamente teatral, dado que se trataba de una pareja que no existía.

—A que no nos maten entre nosotros antes de la fase dos —corrigió Charlotte, aunque bebió de todos modos, y el prosecco, frío y con un ligero toque de melocotón, le supo mejor de lo que había esperado en un día tan largo.

Jonah estaba sentado al otro lado de la mesa de trabajo, revisando en su cuaderno de tapa de cuero una lista de tareas pendientes para la siguiente fase, que según el correo de Sterling Hospitality consistiría en una visita conjunta a tres propiedades del grupo para "evaluar la visión compartida de la pareja sobre espacios de celebración", lo cual, traducido del lenguaje corporativo, significaba que tendrían que pasar tres días completos recorriendo hoteles juntos, fingiendo estar de acuerdo en absolutamente todo.

—Vamos a necesitar sincronizar agendas —dijo Jonah, sin levantar la vista del cuaderno—. Las visitas empiezan el lunes. ¿Puedes librar tres días completos?

—Puedo librar tres días si antes reorganizo media docena de reuniones y le doy a Priya autoridad total sobre dos eventos que tengo esta semana, lo cual, para que conste, me produce una ansiedad considerable.

—Vas a tener que aprender a delegar, Sterler, si esto sale bien y terminamos con contratos en catorce países. No vas a poder supervisar personalmente cada centro de mesa del planeta.

—Lo sé. —Charlotte se sorprendió a sí misma admitiéndolo sin la resistencia habitual—. Es solo que delegar implica confiar en que otra persona va a notar los mismos detalles que yo notaría, y en mi experiencia, eso rara vez ocurre.

—A veces la gente nota detalles distintos, no peores. Solo distintos.

Charlotte lo miró, sorprendida por la sencillez de la observación, y por un instante no supo qué responder.

Llevaba tres semanas conviviendo con Jonah Pierce en una intensidad que jamás había experimentado con nadie del sector —ensayando guiones, memorizando fechas falsas, aprendiendo detalles reales sobre su vida que nada tenían que ver con el concurso, como que su sidra especiada favorita se la enseñó a hacer su abuela en Vermont, o que Deja llevaba con él desde el primer año porque había sido la única persona dispuesta a trabajar gratis las primeras seis semanas mientras Wildflower Weddings despegaba— y en algún momento de esas tres semanas, sin que ella lo hubiera planeado ni deseado conscientemente, había empezado a mirarlo de una manera distinta.

No era atracción, se dijo. O no solo eso. Era algo más parecido a la curiosidad incómoda de descubrir que una persona a la que llevabas años clasificando de una sola manera resultaba tener, en realidad, muchas más capas de las que su clasificación permitía.

—¿En qué piensas? —preguntó Jonah, notando su silencio.

—En que llevo tres semanas descubriendo que no te conocía en absoluto, a pesar de haber pasado los últimos dos años convencida de que sí.

Jonah dejó el cuaderno sobre la mesa y la miró con una atención que a Charlotte le pareció, de pronto, demasiado directa para la comodidad de ambos.

—Yo llevo tres semanas descubriendo lo mismo, para que conste. Pensaba que eras una mujer que solo sabía medir centímetros y calcular horarios. Resulta que también sabes improvisar una historia de amor bastante convincente cuando la situación lo exige.

—Fue tu idea, lo del cinturón.

—Pero tú le diste el alma, con lo del cinturón devuelto con una nota formal de agradecimiento. Eso, Sterler, fue puro talento tuyo.

Charlotte sintió que una sonrisa se le escapaba antes de poder controlarla, algo que rara vez le sucedía, y menos aún delante de Jonah Pierce.

—Deberíamos brindar por eso —dijo Deja desde el otro extremo de la sala, que evidentemente llevaba un rato observándolos con más atención de la que fingía—. Por el talento inesperado de la señorita Sterler.

—Por el talento inesperado de todos —corrigió Charlotte, alzando de nuevo su copa, aunque sus ojos, sin que ella se lo propusiera del todo, se quedaron fijos en los de Jonah un segundo más de lo estrictamente necesario.

Fuera, el sol empezaba a ponerse sobre los tejados de Charleston, tiñendo el estudio de una luz dorada que suavizaba los bordes de los bocetos colgados en las paredes, y por primera vez desde que había firmado aquel pacto absurdo en una cafetería de mármol falso, Charlotte se descubrió pensando que quizás las tres semanas siguientes, recorriendo hoteles junto a Jonah Pierce, no iban a ser el suplicio profesional que había anticipado.

Iban a ser, sospechaba, con una mezcla de alarma y algo peligrosamente parecido a la ilusión, mucho más complicadas que eso.