CAPÍTULO 7
—Repite después de mí —dijo Charlotte, sentada en el sofá de su despacho con un cuaderno de notas mucho más grueso que el que usaba para cualquier boda real—. Nos conocimos hace cuatro años, en la conferencia anual de organizadores de eventos del sureste, celebrada en Savannah.
—Nos conocimos hace cuatro años —repitió Jonah, obediente, aunque con una media sonrisa que anunciaba que la obediencia no iba a durar mucho—, en una conferencia aburridísima en Savannah donde tú llevabas un tacón roto y yo te presté mi cinturón para arreglarlo.
—Eso no está en el guion.
—El guion necesita algo de vida, Sterler. Si decimos simplemente "nos conocimos en una conferencia" sonamos a nota de prensa. Necesitamos un detalle. Algo pequeño, concreto, que la gente recuerde.
Charlotte se frotó las sienes. Llevaban tres días de preparación intensiva para la primera fase del concurso —una entrevista conjunta frente a un pequeño panel de periodistas de la revista Lowcountry Weddings y un representante de Sterling Hospitality— y ya había descubierto que discutir el guion de su falsa historia de amor con Jonah Pierce era, si acaso, más agotador que discutir el tono de unas peonías.
—Está bien —cedió, al fin—. El tacón roto. Pero el cinturón te lo devolví al día siguiente, con una nota de agradecimiento formal, porque así es como me comporto yo con la gente que apenas conozco.
—Eso es tan tú que casi da pena inventarlo.
—Gracias, supongo.
—Y yo —continuó Jonah, ya lanzado, disfrutando visiblemente del proceso creativo de una manera que a Charlotte, para su sorpresa, empezaba a resultarle contagiosa— te dije que te quedaras el cinturón, porque total, yo llevaba tirantes de repuesto en la maleta, como el hombre previsor que soy.
—Tú jamás llevarías tirantes de repuesto en una maleta.
—Es mentira, sí, pero es una mentira encantadora, y es la que vamos a contar.
Charlotte anotó los detalles en su cuaderno, con la letra pequeña y ordenada que usaba para cualquier información crítica, y por primera vez en tres días sintió que aquello, en efecto, empezaba a parecer una historia real en lugar de una lista de datos aprendidos de memoria.
—¿Y el primer beso? —preguntó Jonah, con una naturalidad que a Charlotte le pareció excesiva.
—¿Es necesario que inventemos eso?
—El jurado va a preguntar. Créeme, en estos concursos siempre preguntan por el primer beso. Es la pregunta favorita de cualquier periodista de bodas.
Charlotte tragó saliva, aunque se dijo a sí misma que era simplemente por la anticipación del examen, no por ningún otro motivo relacionado con el hombre sentado frente a ella con las piernas extendidas y una tranquilidad exasperante.
—Un año después de conocernos —dijo, decidiendo tomar el control de la narrativa antes de que él propusiera algo demasiado teatral—.
En un evento conjunto, discutiendo por la posición de un centro de mesa, como es lógico dada nuestra...
naturaleza profesional. Y en algún momento de la discusión, dejamos de discutir.
—Me gusta. —Jonah la miró con una intensidad breve, casi imperceptible, que hizo que Charlotte perdiera el hilo del pensamiento durante un segundo entero—. Es verosímil. Nadie que nos conozca se va a extrañar de que nuestra historia de amor empezara con una discusión.
—Porque no sería la primera vez que discutimos de verdad.
—No —dijo él, más bajo—. No lo sería.
La entrevista tuvo lugar tres días después, en el Salón Magnolia del hotel insignia de Sterling Hospitality, ante un pequeño escenario iluminado y un panel compuesto por dos periodistas de Lowcountry Weddings y una representante de la propia cadena hotelera, una mujer de expresión inescrutable llamada Adaline Ferris, directora de experiencia de marca del grupo.
—Cuéntenme —dijo Adaline, tras las presentaciones formales, con una sonrisa profesional que no revelaba nada de lo que estaba pensando— cómo se conocieron.
Charlotte sintió que el corazón le latía con una fuerza que no era propia de una simple entrevista de prensa, pero apretó la mano de Jonah bajo la mesa —un gesto que habían ensayado, para dar continuidad física a la actuación— y empezó a hablar.
—Fue en una conferencia en Savannah, hace cuatro años. Se me rompió el tacón en mitad del cóctel de bienvenida, delante de todo el sector, en el peor momento posible.
—Y yo estaba cerca —continuó Jonah, retomando el relato con una fluidez que a Charlotte le pareció, sinceramente, admirable, porque ella misma sentía que se le trababa la lengua cada vez que tenía que mentir en directo—, y le ofrecí mi cinturón para que se arreglara el zapato, porque me pareció una emergencia que merecía una solución rápida antes que elegante.
—Y funcionó —añadió Charlotte, encontrando de pronto su propio ritmo—. Aunque durante el resto de la noche llevé un cinturón de hombre alrededor del tobillo, lo cual no era, exactamente, el efecto que buscaba con mi vestido.
Una de las periodistas rio, con genuina simpatía, y anotó algo en su libreta.
—¿Y el momento en que supieron que era amor de verdad? —preguntó la otra.
Jonah miró a Charlotte, y por un segundo —solo un segundo, pero suficiente para que a ella se le acelerara el pulso de una manera que no tenía nada que ver con la actuación— algo en su expresión pareció genuino de un modo que no habían ensayado.
—Un año después —dijo él, con la voz un poco más baja de lo habitual—, discutiendo por la colocación de un centro de mesa en un evento conjunto.
Ella insistía en que el ángulo estaba mal.
Yo insistía en que el ángulo no importaba tanto como ella creía.
Y en algún momento de esa discusión absurda sobre unos centímetros de tela y unas flores, dejé de escuchar lo que decía y empecé a fijarme en cómo lo decía.
En la manera en que se le arrugaba la nariz cuando algo no encajaba con su idea de perfección.
Y pensé, con una claridad que me sorprendió a mí mismo: esta mujer va a discutir conmigo toda la vida, y no hay nada en el mundo que quiera más que eso.
El panel entero pareció suspirar, incluida Adaline Ferris, cuya expresión inescrutable se suavizó por primera vez en toda la entrevista, y Charlotte, que sabía perfectamente que aquella frase había sido inventada minutos antes de subir al escenario, sintió sin embargo que se le cerraba la garganta de una manera absolutamente inapropiada para una mentira ensayada.
—Qué bonito —murmuró una de las periodistas, y Charlotte, en lugar de responder con su habitual precisión calculada, se limitó a mirar a Jonah, todavía sin saber muy bien por qué la frase le había afectado tanto, y a asentir, despacio, como si de verdad recordara aquel centro de mesa que jamás había existido.