El falso compromiso CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

La cafetería del edificio Sterling era pequeña, con mesas de mármol falso y un ventanal que daba al puerto, y a esa hora de la tarde estaba casi vacía, salvo por un par de ejecutivos que discutían cifras en voz baja en la esquina más alejada.

Jonah pidió una limonada con menta para él y, tras dudar un segundo, un chocolate caliente para Charlotte, sin preguntarle qué quería.

—No sabes lo que bebo —dijo ella, cuando la taza aterrizó frente a ella.

—No, pero sé que llevas dos horas con la mandíbula tensa como si estuvieras a punto de negociar un rescate, y el chocolate caliente ayuda con eso más que el café. Es lo que le hago tomar a mis novias nerviosas antes de la ceremonia. Funciona.

Charlotte lo miró con suspicacia, pero dio un trago. Estaba bueno. Demasiado bueno como para admitirlo en voz alta.

—Vamos a lo importante —dijo, dejando la taza sobre la mesa con una precisión casi militar—.

Tenemos hora y media para decidir si vamos a fingir un compromiso delante de todo el sector hotelero de la costa este, o si dejamos que dos agencias se queden fuera de la oportunidad de sus vidas por un error informático.

—Formúlalo así y suena dramático.

—Es dramático, Pierce.

—Vale, sí. —Jonah se recostó en la silla, con esa calma suya que a Charlotte siempre le resultaba desconcertante en momentos de crisis, como si el pánico fuera un lujo que él simplemente no se permitía—.

Pero antes de decidir nada, quiero que ambos seamos honestos sobre por qué esto nos importa tanto.

Porque yo, si te soy sincero, llevo dos trimestres flojos.

Perdí la boda de los Ashcroft por un malentendido con el catering que no fue culpa mía, y la de los Pemberton se pospuso hasta el año que viene por una obra en su finca.

Este contrato con Sterling significaría estabilidad para mi estudio durante los próximos cinco años, como mínimo.

Charlotte no esperaba esa clase de sinceridad, y menos aún esperaba que la desarmara con tanta facilidad.

—Sterler Occasions también ha tenido trimestres complicados —admitió, más despacio de lo que le hubiera gustado—. No es ningún secreto en el sector, así que no te estoy contando nada que no puedas averiguar preguntando por ahí. Necesitamos este contrato tanto como vosotros.

—Entonces estamos de acuerdo en el motivo. —Jonah se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa—. La pregunta es si podemos, tú y yo, convencer a un jurado exigente y a la prensa especializada de que estamos enamorados durante dos meses, sin matarnos en el intento.

—¿Alguna vez te he dado motivos para pensar que no puedo interpretar un papel de manera profesional? —dijo Charlotte, con más orgullo del que la situación probablemente merecía.

—Nunca te he visto interpretar nada, Sterler. Te he visto organizar bodas con la ternura de un general al mando de una operación militar.

—Y a ti te he visto organizar bodas confiando en que el universo resuelva los detalles importantes por su cuenta.

—El universo lleva siete años sin fallarme.

—El universo, no. Deja, probablemente.

Jonah soltó una carcajada corta, genuina, que la sorprendió más de lo que quería admitir.

—Tienes razón en eso. Deja es mi universo particular.

Se quedaron en silencio un momento, cada uno calculando por su cuenta los términos de lo que estaban a punto de negociar, y fue Charlotte quien, finalmente, sacó de su bolso una libreta pequeña —porque por supuesto que llevaba una libreta encima incluso en una crisis— y empezó a escribir.

—Si vamos a hacer esto, necesitamos reglas.

—Trazó una línea en la página y empezó a enumerar—: Uno, esto es estrictamente profesional.

No hay sentimientos reales de por medio, y en cuanto termine el concurso, ganemos o perdamos, volvemos a ser lo que éramos antes: dos agencias rivales que se toleran a distancia prudencial.

—De acuerdo —dijo Jonah, aunque algo en su tono sonó menos convencido de lo que Charlotte hubiera querido.

—Dos, necesitamos una historia coherente de cómo nos conocimos y cómo nos enamoramos, y ambos tenemos que memorizarla exactamente igual, para que no haya contradicciones delante de la prensa.

—Estoy de acuerdo con la coherencia, mientras la historia no sea aburrida. Si nos vamos a inventar cómo nos enamoramos, que al menos sea una historia que valga la pena contar.

—No estamos aquí para entretener a nadie, Pierce.

—Estamos exactamente aquí para eso, Sterler. Es un concurso que evalúa si sabemos vender el amor. Si nuestra historia es aburrida, perdemos antes de empezar.

Charlotte apretó los labios, porque odiaba admitir que él tenía razón, y odiaba todavía más que empezara a tenerla con una frecuencia sospechosa desde que se habían sentado en esa mesa.

—Tres —continuó, ignorando el comentario—, mantenemos una comunicación clara y constante sobre cada fase del concurso, sin sorpresas, sin decisiones unilaterales.

—Cuatro —añadió Jonah, cogiendo la libreta de las manos de Charlotte con una naturalidad que a ella le pareció, por un instante, casi ofensiva—: si en algún momento alguno de los dos se siente incómodo con algo que el concurso pida, lo hablamos antes de hacerlo.

Nada de fingir cosas que no queramos fingir.

Charlotte lo miró, sorprendida por la seriedad repentina de la frase.

—Eso me parece razonable —dijo, y se lo dijo en serio, sin la mordacidad habitual entre ellos.

—Cinco. —Jonah escribió él mismo esta vez, con una letra desordenada que contrastaba brutalmente con la de Charlotte en la línea anterior—.

Bebidas variadas obligatorias durante las citas de prensa.

Si alguien nos pregunta qué tomamos en nuestra primera cita, no pienso decir "café", porque sería la respuesta más aburrida del mundo y no nos van a creer que estamos enamorados de alguien que solo bebe café.

—¿Eso te parece relevante ahora mismo?

—Todo es relevante cuando se trata de contar una buena historia, Sterler. Ese es literalmente mi trabajo.

Charlotte suspiró, pero no tachó la regla. Anotó, al lado, con su letra pulcra: sidra, vino, té dulce, chocolate. Nunca café solo.

Firmaron el pacto —una hoja de papel arrancada de su libreta, sin validez legal alguna, pero que en ese momento a ambos les pareció más solemne que cualquier contrato— y volvieron juntos a la ventanilla de registro con siete minutos de margen antes del cierre del plazo.

—Nombre del prometido —preguntó de nuevo el empleado, con la misma sonrisa profesional de antes.

—Jonah Pierce —dijo Charlotte, y notó, al pronunciarlo, una sensación extraña en el estómago que decidió atribuir, exclusivamente, a los nervios del momento.

—Charlotte Sterler —dijo Jonah, un segundo después, mirándola de reojo con una expresión que ella no supo del todo interpretar.

El empleado tecleó, selló los formularios, y les entregó a cada uno una copia con el sello dorado de Sterling Hospitality Group, y bajo el logotipo, en letras que a Charlotte le parecieron de pronto demasiado grandes, la frase: Concurso Ever After — Fase Uno: comienza en diez días.

Diez días para memorizar toda una vida juntos que jamás habían vivido.