CAPÍTULO 5
La sede de Sterling Hospitality Group ocupaba las tres últimas plantas de un edificio de cristal en el centro de Charleston, con vistas al puerto y una recepción tan silenciosa que Charlotte pudo escuchar el eco de sus propios tacones sobre el mármol mientras caminaba hacia el mostrador el jueves siguiente, decidida a inscribirse en el concurso con o sin pareja resuelta.
Ya se le ocurriría algo. Siempre se le ocurría algo.
No contaba con encontrarse a Jonah Pierce sentado en la sala de espera, con una carpeta de cartón bajo el brazo y una expresión que oscilaba entre la determinación y el pánico contenido.
—Tú no —dijo ella, deteniéndose en seco.
—Yo tampoco esperaba encontrarte aquí, Sterler. —Jonah se puso en pie, incómodo—. Aunque, pensándolo bien, tenía toda la lógica del mundo que las dos únicas agencias con posibilidades reales de ganar este concurso mandaran a alguien el mismo día.
—¿Vienes a inscribirte?
—Vengo a preguntar si hay alguna manera de participar sin la parte del compromiso. —Jonah se pasó una mano por el pelo—. Que, para que conste, dudo mucho que exista, porque ya he llamado dos veces y la respuesta ha sido no.
—Yo he llamado tres —admitió Charlotte, y por un instante casi le pareció ridículamente reconfortante compartir esa frustración con alguien, aunque ese alguien fuera precisamente él.
La recepcionista, una mujer de mediana edad con gafas de pasta y una paciencia que solo se adquiere después de años tratando con clientes desesperados, los llamó a los dos casi al mismo tiempo, y ambos terminaron sentados frente al mismo empleado de registro, en mesas contiguas separadas por un biombo demasiado fino para ofrecer intimidad real.
—Nombre de la agencia —preguntó el empleado, sin levantar la vista del formulario.
—Sterler Occasions —dijo Charlotte.
—Wildflower Weddings —dijo Jonah, al mismo tiempo, desde el otro lado del biombo.
El empleado, un joven que claramente llevaba toda la mañana repitiendo el mismo procedimiento, tecleó ambos nombres sin inmutarse, y entonces llegó la pregunta que ninguno de los dos había terminado de resolver en su cabeza:
—Nombre del prometido o prometida.
Charlotte abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir. Al otro lado del biombo, escuchó a Jonah carraspear con la misma indecisión exacta.
—Necesito un segundo —dijo ella.
—Yo también necesito un segundo —dijo Jonah, casi al unísono, y algo en la simultaneidad de la frase hizo que Charlotte, a pesar de sí misma, sintiera el impulso absurdo de reírse.
Fue entonces cuando ocurrió el desastre, o el milagro, dependiendo de cómo se mirara después.
El empleado, que llevaba un auricular conectado a un sistema centralizado de inscripción, y que evidentemente había recibido instrucciones de agilizar el proceso a toda costa porque el plazo de inscripción cerraba esa misma tarde, escuchó "necesito un segundo" de dos voces distintas, en mesas contiguas, referidas aparentemente a la misma pregunta, y cometió el error que cambiaría el rumbo de las dos agencias.
—Perfecto —dijo, tecleando con rapidez—. Sterler Occasions y Wildflower Weddings, inscripción conjunta como pareja participante. Firmen aquí, por favor, ambos.
—Espere —dijo Charlotte, asomándose por el borde del biombo justo a tiempo para ver a Jonah asomarse por el otro lado, con la misma expresión de alarma que ella debía de tener en ese momento—. Ha debido de haber un malentendido.
—El sistema registra por número de solicitud simultánea —explicó el empleado, sin percatarse aún del tamaño del problema que acababa de crear—.
Ustedes dos entraron con la misma consulta en el mismo minuto, referida a la casilla del prometido.
El protocolo de inscripción conjunta se activa automáticamente cuando dos solicitantes...
—No estamos comprometidos —dijo Jonah, con una claridad que a Charlotte, por una vez, le pareció digna de aplauso.
—Entiendo. —El empleado no parecía entender nada, pero mantuvo la sonrisa profesional de quien ha sido entrenado para no alterarse jamás—.
Lamentablemente, el plazo de inscripción cierra hoy a las cinco de la tarde, y el sistema no permite anular una inscripción conjunta ya validada sin perder el turno de ambos solicitantes para esta edición del concurso.
Si desean corregirlo, tendrían que volver a presentarse como agencias individuales, pero eso implicaría que ninguna de las dos podría participar como pareja comprometida, y por tanto, ninguna de las dos calificaría para el concurso en absoluto.
El silencio que siguió a esa frase fue, para Charlotte, uno de los más largos de su vida profesional.
—¿Está usted diciendo —dijo ella, despacio, procesando cada palabra como si fuera una bomba que pudiera estallar si la manejaba mal— que la única forma de que cualquiera de las dos agencias participe en este concurso es que Wildflower Weddings y Sterler Occasions se presenten juntas, como pareja comprometida?
—Exactamente eso, señorita Sterler.
Charlotte miró a Jonah por encima del biombo.
Jonah la miró a ella, con una expresión que había pasado del pánico a algo mucho más parecido al cálculo silencioso, el mismo cálculo, sospechó Charlotte, que estaba haciendo ella en ese instante: cuánto necesitaba su agencia ese contrato, y cuánto estaba dispuesta a tragarse su orgullo para conseguirlo.
—¿Cuánto tiempo tenemos para decidir? —preguntó Jonah.
—El plazo cierra a las cinco. Son las tres y cuarto.
Hora y tres cuartos. Charlotte tenía hora y tres cuartos para decidir si iba a fingir estar comprometida, delante de la prensa especializada y un jurado internacional, con el hombre que llevaba dos años siendo la espina más persistente de su carrera profesional.
—Necesitamos hablar —dijo, sin mirarlo del todo—. En privado. Sin biombo de por medio.
—Hay una cafetería en la planta baja —respondió Jonah, ya recogiendo su carpeta—. Te invito a algo. Vamos a necesitarlo.