El falso compromiso CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El sábado llegó con un cielo tan azul que parecía pintado a propósito para la ocasión, lo cual, en la cabeza de Charlotte, era un alivio: nada estropeaba más rápido un plan que una tormenta de verano llegando sin avisar.

El resort de Sterling Hospitality en la costa de Charleston era, sencillamente, el escenario más codiciado de toda la región: doce hectáreas de jardines que llegaban hasta el agua, un muelle de madera que se adentraba en la marisma como un dedo señalando el horizonte, y dos salones —el Jardín de las Camelias y el Salón del Muelle— que se alquilaban con seis meses de antelación mínima.

Charlotte llevaba allí desde las siete de la mañana, supervisando el montaje del Jardín de las Camelias para la boda de los Whitmore, y a las once ya tenía todo bajo control: la carpa transparente instalada, las mesas vestidas con lino color marfil, el arco de flores blancas y verdes esperando su toque final.

Fue entonces cuando escuchó la música.

No era la música que ella había programado. Era una melodía de cuerda, alegre, casi descarada, que venía del otro lado de los jardines, del Salón del Muelle, donde se suponía que Wildflower Weddings estaba montando su propio evento sin la menor interferencia con el de ella.

Charlotte se dijo a sí misma que no era asunto suyo. Se lo repitió incluso mientras sus pies la llevaban, sin que ella lo decidiera del todo, en dirección al muelle.

Lo que encontró allí la dejó momentáneamente sin palabras, cosa que no le ocurría con frecuencia.

Jonah Pierce estaba subido a una escalera, con una camisa de lino arremangada hasta los codos y el pelo castaño despeinado por el viento de la bahía, colgando guirnaldas de flores silvestres —auténticas, desordenadas, con esa clase de belleza imperfecta que a Charlotte, en circunstancias normales, le habría parecido un descuido de aficionado— entre los postes del muelle.

Un pequeño grupo de músicos ensayaba a un lado, y una mujer que debía de ser la novia reía a carcajadas mientras probaba un vestido improvisado con una tela que le habían echado por encima para ver cómo caía con el viento.

No había ni una sola mesa colocada con precisión. No había cronograma visible en ninguna parte. Y sin embargo, algo en aquel caos organizado —si es que se le podía llamar organizado— resultaba innegablemente hermoso.

—Si has venido a decirme que las guirnaldas están a cuarenta y cinco grados incorrectos, ya te aviso que no pienso moverlas —dijo Jonah sin girarse, como si hubiera sentido su presencia antes de verla.

Charlotte cruzó los brazos.

—He venido porque tu música se está colando en mi jardín, y mi novia de las once ha preguntado si el cuarteto que contrató ella incluye ahora violín eléctrico.

Jonah bajó de la escalera con un movimiento tan despreocupado que a Charlotte le dieron ganas de sujetarle el codo, por si acaso, aunque no lo hizo.

—Es el viento. Viaja bien cerca del agua. —Se limpió las manos en el pantalón y la miró de arriba abajo con una media sonrisa que a ella, para su propia irritación, le pareció más divertida que ofensiva—. ¿Vienes a fiscalizarme, Sterler?

—Vengo a pedirte que le digas a tu cuarteto que baje el volumen media hora, hasta que mis invitados hayan hecho los votos.

—Le voy a pedir que baje el volumen un cuarto, no media hora. Los Caldwell pagaron por música en vivo y no voy a hacer que la fiesta de otra persona se calle para que la tuya suene mejor.

—No es mi fiesta la que suena mejor. Es que la tuya suena, directamente, invasiva.

—Invasiva. —Jonah repitió la palabra como si la saboreara, con una diversión que a Charlotte le pareció francamente insufrible—. Qué palabra tan tuya.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Significa que solo tú describirías un violín tocando "Canon en Re" como una invasión. La mayoría de la gente lo llamaría música de fondo bonita.

Charlotte sintió que la irritación le subía por el cuello, cálida y familiar, la misma que sentía cada vez que discutía con él.

Había algo en Jonah Pierce —en su absoluta despreocupación, en esa manera suya de mirarla como si sus normas fueran una travesura encantadora en lugar de una necesidad profesional— que la sacaba de sus casillas con una eficacia que ningún cliente difícil había conseguido jamás.

—Voy a hablar con la dirección del resort.

—Adelante. Diles que la boda de al lado tiene demasiada alegría. A ver qué opinan.

—No tiene gracia, Pierce.

—Tiene un poco de gracia, Sterler. —Se acercó un paso, y por primera vez desde que Charlotte lo conocía, bajó la voz hasta un registro que ya no era de burla, sino algo más parecido a la sinceridad—.

Mira, en serio: le voy a pedir al cuarteto que se acerque más al agua.

No porque tengas razón, sino porque no quiero que tu novia se distraiga en un día que es suyo.

Eso sí me importa, aunque no lleve una tablet para demostrártelo.

Charlotte no supo qué responder a eso. Se quedó mirándolo un instante de más, notando —contra su voluntad— cómo el sol de mediodía le daba a él en la cara un aspecto que en cualquier otro contexto habría descrito como favorecedor, y luego se recompuso, porque recomponerse era lo que ella sabía hacer mejor que nadie.

—Gracias —dijo, con la sequedad justa para que no sonara a rendición.

—De nada. —Jonah volvió a subir la escalera, y antes de retomar la guirnalda, añadió, sin mirarla—: Por cierto, Sterler. Las flores del Jardín de las Camelias. Las peonías. El tono está un poco desviado hacia el salmón. Por si no lo habías notado.

Charlotte se giró hacia el jardín, siguió su propia línea de visión hasta las peonías que el florista había entregado esa misma mañana, ya corregidas —o eso creía ella— y sintió una punzada de alarma profesional que no tenía nada que ver con Jonah Pierce y todo que ver con el hecho de que, en efecto, él tenía razón.

—Cómo te atreves a tener razón en algo que no es asunto tuyo —murmuró, ya caminando de vuelta hacia su jardín.

Detrás de ella, escuchó la risa de Jonah, clara y sin malicia, mezclándose con el sonido del violín que, en efecto, unos segundos después, empezó a sonar un poco más lejos.