CAPÍTULO 2
Jonah Pierce creía que una boda perfecta se medía en risas.
No llevaba tablet. Llevaba un cuaderno de tapa de cuero gastada, lleno de dibujos a mano, manchas de café —o de vino, dependiendo del día— y notas escritas con una letra que solo él y, a veces, su ayudante Deja conseguían descifrar.
Ese cuaderno era, según él, el único cronograma que necesitaba, porque el resto se resolvía escuchando a la gente.
—Explícame otra vez por qué el pastel va a tener forma de ola —dijo Deja, con los brazos cruzados, mirando el boceto que Jonah acababa de terminar sobre la mesa de trabajo del estudio.
—Porque se conocieron surfeando en Folly Beach.
Porque él le enseñó a levantarse en la tabla y ella se cayó siete veces antes de conseguirlo, y en la octava, cuando por fin se mantuvo de pie, él la estaba mirando en vez de mirar la ola que venía detrás y los dos acabaron en el agua, riéndose.
—Jonah dio unos golpecitos al boceto con el lápiz—.
El pastel tiene que contar esa historia.
No puede ser un cubo blanco con flores encima. Sería mentirle a la novia.
Deja lo miró un momento, con esa mezcla de exasperación y cariño que llevaba tres años dedicándole a su jefe.
—Vas a tener que explicarle eso al pastelero. El de siempre te va a decir que una ola comestible con la consistencia adecuada para sostener tres pisos de bizcocho es imposible.
—Nada es imposible. Solo es difícil hasta que alguien lo resuelve.
Era, en esencia, el lema de toda la carrera de Jonah Pierce, aunque él jamás lo hubiera puesto por escrito en ningún sitio que no fuera ese cuaderno lleno de manchas.
Había empezado organizando bodas casi por accidente, cuando su hermana mayor le pidió ayuda para el evento del siglo, y él, en lugar de contratar un catering estándar y una decoración de manual, había convertido el jardín de sus padres en un pequeño bosque encantado con luces colgadas entre los árboles y una banda de música que tocaba lo que la gente le pedía a gritos en vez de una lista cerrada.
Todo el mundo había llorado esa noche. Su hermana, primero, y después la mitad de los invitados.
Jonah había descubierto entonces que tenía un don para escuchar lo que la gente quería antes de que supieran cómo pedirlo, y que ese don, si se le daba la oportunidad, podía convertirse en algo más que una afición de fin de semana.
Siete años después, Wildflower Weddings ocupaba un estudio pequeño y luminoso cerca del mercado histórico, con las paredes cubiertas de fotografías de bodas que no se parecían entre sí en absolutamente nada, porque esa era la firma de la casa: cada boda era distinta porque cada pareja era distinta.
—¿A qué hora llega el pastelero? —preguntó Jonah, sirviéndose una taza de sidra caliente de la jarra que Deja mantenía siempre lista en la pequeña cocina del estudio.
Especiada con canela y clavo, era lo único que Jonah bebía religiosamente entre septiembre y marzo, y el resto del año lo sustituía por limonada con menta que él mismo preparaba los lunes para toda la semana.
—A las once. Y antes de eso tienes la reunión con los Whitfield para revisar el orden de la ceremonia, y a las diez la floristería te va a llamar preguntando, otra vez, si de verdad quieres flores silvestres de verdad-verdad o flores silvestres "de las que parecen silvestres pero cuestan como si no lo fueran".
—De las de verdad-verdad. Si algo va a morir en tres días de todos modos, que al menos sea auténtico.
Deja anotó algo en su propio cuaderno, mucho más ordenado que el de Jonah, y se sentó en el borde de la mesa.
—Por cierto. Nos ha llegado un correo de Sterling Hospitality. El evento del sábado que viene, el de los Caldwell, es en el mismo resort donde Sterler Occasions tiene otro evento esa misma tarde.
Jonah levantó la vista de golpe.
—¿En el mismo resort?
—Salones distintos. Ni se van a cruzar. —Deja lo miró con curiosidad—. ¿Por qué pones esa cara?
Jonah no supo explicar exactamente qué cara ponía, pero sí sabía por qué la ponía.
Charlotte Sterler era, en su cabeza, una especie de fenómeno meteorológico: algo que se podía prever, estudiar, incluso admirar desde la distancia, pero jamás controlar, y a él, que se pasaba la vida confiando en que las cosas encontraran su propio orden, le desconcertaba profundamente encontrarse con alguien que se negaba a dejar que nada encontrara nada por su cuenta.
La había visto trabajar una vez, hacía dos años, en un evento conjunto en el jardín botánico, y recordaba con precisión incómoda cómo había reorganizado sin pedir permiso una mesa de flores que él mismo había colocado, alegando que el ángulo no era el correcto.
Habían discutido durante quince minutos delante de dos camareros que fingían no escuchar.
Jonah había perdido esa discusión, en el sentido de que Charlotte no había cambiado ni un centímetro su postura, pero había ganado algo más difícil de nombrar: la certeza de que esa mujer, por más que lo sacara de sus casillas, tenía un talento auténtico, del que no se aprende en ningún curso.
Eso no significaba que le gustara trabajar cerca de ella. Significaba, simplemente, que no la olvidaba con la facilidad con que olvidaba a la mayoría de la gente.
—Ninguna cara —dijo por fin, y bebió otro trago de sidra—. Solo espero que el sábado que viene el clima aguante. Vamos a montar la carpa junto al muelle y si llueve tendremos que improvisar en la última hora.
—Siempre improvisas en la última hora.
—Por eso siempre sale bien.
Deja puso los ojos en blanco, aunque con una sonrisa, porque en el fondo sabía que era verdad.
Jonah Pierce jamás había entregado un evento a tiempo según ningún cronograma escrito, y sin embargo, ninguna boda suya había fallado jamás en lo que de verdad importaba: la gente salía de allí sintiendo que había vivido algo irrepetible.
Recogió el boceto de la ola, lo dobló con cuidado y lo guardó dentro del cuaderno, entre una lista de canciones para otra boda y un dibujo, mucho más antiguo, de un jardín que todavía no había tenido la oportunidad de construir para nadie.
—Vamos —dijo, cogiendo las llaves del estudio—. Tenemos un pastelero que convencer de que las olas también se pueden comer.