El falso compromiso
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CAPÍTULO 1
Charlotte Sterler creía que una boda perfecta se medía en centímetros.
Once centímetros exactos separaban cada centro de mesa del borde del mantel. Cuarenta y cinco grados era el ángulo que debían formar los cubiertos con el plato. Y tres minutos, ni uno más, era el tiempo que le daba a cualquier proveedor para explicarle por qué algo se había torcido en su lista.
—Las peonías no son del tono que pedí —dijo, sin levantar la vista de la tablet.
El florista, un hombre menudo con las manos manchadas de savia, se removió incómodo.
—Son del mismo proveedor de siempre, señorita Sterler.
—El mismo proveedor, pero esta partida tiene un rosa que tira a salmón. —Charlotte giró la pantalla hacia él y le mostró la fotografía que había tomado hacía cuarenta segundos, comparada al lado con la paleta de color aprobada por la novia tres meses atrás—. Compare.
El hombre comparó. Tragó saliva.
—Puedo tener el tono correcto para esta tarde.
—Tiene hasta las cuatro. La ceremonia es a las seis y media y necesito margen para que mi equipo monte sin que nadie sude camisas ajenas encima de la seda italiana que hay en ese salón.
Cuando el florista se marchó, casi trotando, Charlotte respiró hondo y recorrió con la mirada el jardín trasero de la Mansión Ashworth, una de las tres propiedades históricas de Charleston donde su agencia, Sterler Occasions, montaba la mayoría de sus eventos.
Robles cargados de musgo español enmarcaban el césped como si llevaran un siglo ensayando esa pose.
Las sillas Chiavari, todavía envueltas en plástico, esperaban en pilas ordenadas por número de mesa.
Todo, en ese instante, estaba exactamente donde debía estar.
Todo, salvo el color de unas flores que en cuatro horas nadie salvo ella notaría.
Eso era, quizás, lo único que la vida no le había explicado bien: que las bodas perfectas existían sobre todo en la cabeza de la mujer que las organizaba.
—Charlotte. —Su ayudante, Priya, se acercó con dos vasos de té helado y le tendió uno—. La madre de la novia está preguntando si el arco floral se puede mover cuarenta centímetros a la izquierda porque anoche soñó que el sol le daba en los ojos a las tres de la tarde.
—La ceremonia es a las seis y media.
—Se lo he dicho. Ha dicho que confía más en sus sueños que en el reloj.
Charlotte cerró los ojos un segundo, bebió un trago largo del té —dulce, con mucho hielo y una ramita de menta que Priya sabía que le gustaba triturar entre los dientes— y asintió.
—Muévanlo. Cuarenta centímetros no matan a nadie y una madre tranquila vale más que la geometría.
Era la clase de frase que la gente no esperaba de ella.
Charlotte Sterler tenía fama de rígida, de mujer que llevaba un cronograma impreso en el bolsillo trasero del pantalón incluso los domingos, de directora que corregía la inclinación de un lazo antes de que el fotógrafo terminara de montar el trípode.
Pero detrás de esa fama había una razón concreta, casi aburrida en su sencillez: cuando algo salía mal en la boda de otra persona, alguien lloraba.
Charlotte había decidido hacía siete años, la noche en que vio llorar a una novia por un pastel que se había derretido bajo el sol de agosto, que ella no iba a ser la razón de esas lágrimas. Nunca más.
De modo que medía. Calculaba. Anticipaba.
Y funcionaba, porque Sterler Occasions llevaba dos años consecutivos siendo la agencia con mejor puntuación de todo el condado de Charleston en la revista Lowcountry Weddings, y porque las novias que trabajaban con ella salían del día más importante de sus vidas sin una sola lágrima que no fuera de felicidad.
Salvo, quizá, por una espina que llevaba clavada desde hacía dos años y que tenía nombre y apellido.
—Ha llamado alguien de Sterling Hospitality —dijo Priya, revisando el móvil—. Quieren coordinar la floristería del evento del sábado que viene con... con la otra agencia.
Charlotte no necesitó preguntar cuál otra agencia. Solo había una agencia en Charleston capaz de generar esa mueca instantánea en la cara de Priya.
—Wildflower Weddings.
—Wildflower Weddings —confirmó Priya, con la misma cara de quien anuncia una tormenta.
Charlotte apretó los labios. En cualquier ciudad más grande, dos agencias de organización de bodas de gama alta podrían coexistir sin cruzarse jamás.
Charleston, sin embargo, era una ciudad con alma de pueblo grande: todas las mansiones históricas, todos los jardines botánicos, todos los hoteles con encanto donde se podía celebrar una boda de verdad —de las que salían en revistas, de las que costaban más que un coche— se repartían entre un puñado de agencias, y de esas, solo dos competían siempre por el mismo cliente final: el que quería lo mejor y estaba dispuesto a pagarlo.
Sterler Occasions. Y Wildflower Weddings, la agencia que dirigía —si es que se le podía llamar dirigir a lo que hacía— Jonah Pierce.
—Dime que no vamos a compartir espacio con él este sábado —dijo Charlotte, ya sabiendo la respuesta.
—El resort tiene dos salones. Ustedes en el Jardín de las Camelias, él en el Salón del Muelle. Distintos clientes, distintas horas. No deberían ni verse.
—Deberían no verse nunca —murmuró Charlotte, y volvió a la tablet, donde una alerta parpadeaba recordándole que el pastelero llegaría en veinte minutos con la tarta de prueba.
No es que Charlotte odiara a Jonah Pierce.
Odiar era una palabra que implicaba cierta intensidad de sentimiento, y lo que ella sentía por él era más bien una irritación constante, del tipo que producen los mosquitos en una noche de verano: pequeña, persistente, e imposible de matar del todo.
Jonah organizaba bodas como quien improvisa una fiesta de cumpleaños: con una lista mental de cosas que "quedarían bien" y una fe ciega en que todo se acomodaría solo, como por arte de magia, en el último momento.
Y lo peor, lo que de verdad la sacaba de quicio, era que a él le funcionaba.
Las bodas de Wildflower Weddings salían en las mismas revistas que las suyas.
La gente lloraba de la emoción correcta también en sus eventos.
Eso, para Charlotte, era una ofensa personal al orden del universo.
—A las cuatro, además de las flores, tenemos la prueba de sonido, la llegada del oficiante y una discusión pendiente con el padrino sobre si el brindis puede incluir la palabra "resaca" —añadió Priya, leyendo su lista con la voz plana de quien ya ha aceptado que el día será largo.
—El brindis no puede incluir la palabra resaca.
—Eso le he dicho yo. Ha dicho que lo va a incluir de todos modos.
Charlotte suspiró, guardó la tablet bajo el brazo y caminó hacia la carpa donde esperaban las muestras de mantelería, calculando ya, sin proponérselo, cuántos minutos le quedaban de margen antes de que el día se le escapara de las manos.
Nunca se le escapaba. Ese era, precisamente, el problema y la virtud de su vida entera: que todo, absolutamente todo, estaba bajo control.
Todo menos lo que se avecinaba, aunque ella todavía no lo supiera.