77. LA CALMA
LA CALMA
Muchos kilómetros al norte de Florencia y aún más de Roma, en el golfo de Trieste, una barca de pescadores volvía al embarcadero de la pequeña casa pegada al mar.
Las piernas de Flavia se balanceaban a los lados de la roda de proa, dejando que las puntas de sus pies se mojaran en el agua cristalina y fresca del Adriático.
Giró la cabeza para mirar a Juan, que bebía de un botellín de cerveza con su perro, mojado, negro y divertido, a los pies.
Él la sonrió como hacía al final del día, entre cansado y entonado por la bebida, tan tostado por el sol como ella.
Habían llegado la misma noche en la que Ranuccio recuperó el Botticelli y se lo había entregado a Juan en su casa, donde este había esperado nervioso a que el profesor volviera de la estación.
Bandinelli estaba orgulloso de su hazaña, pero no quería saber nada más del asunto.
No estaba hecho para esas aventuras y las detestaba.
Les pidió que se fueran lejos con el cuadro y que no volvieran a verse en una temporada.
Juan sabía que, en un tiempo, el profesor desearía que retomaran el contacto y que, cuando la tormenta hubiera pasado, nada sería mejor que comentar su exitosa singladura juntos.
Habían hecho bien en seguir su consejo, pues no tardaron en enterarse por Anetta de que el ático de la Via San Gallo había sido registrado pocas horas después de que ellos lo abandonaran.
La explicación de Carlo Leone había llevado a un registro completo del edificio, y el ático, con restos de pintura por todas partes, había sido el principal foco de una investigación que no había conducido a nada.
No había ni rastro de ellos, ninguna pista que fuera a dar con el pintor que lo había ocupado.
Nadie buscaba a Flavia. Muy pronto tampoco nadie buscaría a Juan.
También fue Anetta la que los informó de la muerte de Carlo, un hecho ante el que durante un tiempo Flavia no supo cómo reaccionar, cómo comportarse para que lo que tenía dentro, todo contradicciones, se manifestara de alguna manera.
Encontró la forma en la división de Carlo en dos personas diferentes.
Una era su amigo de la infancia, el que se había dejado arrastrar por ella en sus travesuras, el que la había acompañado siempre sin más maldad que la de cualquier persona.
Una que la había querido a su manera y con la que se casó porque no supo remar en contra de la corriente por la que llevaba navegando demasiados años. Por esa persona sintió pena.
Pero sintió más pena por la persona en la que su marido se había convertido con el paso de los años.
Sus elecciones, una a una, lo habían llevado a aquel desenlace sin ayuda de nadie, por hacer de la mentira y la traición sus compañeros de viaje.
Había decidido transitar por los lugares oscuros de los que su nacimiento lo había librado, y lo había hecho a conciencia.
Le dio pena que nadie le fuera a echar de menos y que fuese mejor que nadie lo recordara, porque había demasiadas malas experiencias a su alrededor.
Su marido había intentado arreglar su vida a través de la mentira y, cuando esta ya no había funcionado, había intentado arruinar la vida de los demás. Era muy triste, pero olvidar a Carlo era la manera más piadosa de perdonarlo.
Juan le dio la distancia justa para que Flavia pasara aquel complejo duelo sin volver sobre cosas que ambos sabían, sin darle su opinión sobre la persona que había intentado matarlo ni insistir en engaños que ella ya conocía.
La dejó reflexionar sola, pero en su presencia, para que entendiera que, si la pena o la angustia sobrevenían, él sería el puerto seguro en el que amarrar.
El español había completado una vida que jamás había sentido incompleta hasta conocer a Flavia.
Hacía un año le había costado aparcar el rencor y aceptar ir a Florencia para ayudarla en una misión que a todas luces era una locura, pero, cuando echaba la vista atrás, agradecía que el padre Orso hubiera sido tan convincente.
Lo había apostado todo sin pensar que fuera demasiado, sin darse cuenta de que no arriesgarse era más peligroso aún, porque habría perdido la pieza final que lo hacía completamente feliz.
Se querían sin esperar nada a cambio, sin forzarse, sin dejar de hacer lo que a cada uno le gustaba, pero encontrándose constantemente para compartir las muchas cosas que ambos deseaban.
Eran diferentes y, al aceptarse tal cual eran, habían descubierto que se parecían en lo importante. En lo que importaba.
Sin miedo, esperando sorpresas buenas y malas, afrontaban la vida juntos, decididos a luchar por que siguiera vivo lo que los unía y creciera muchos años más. Día a día. Mes a mes. Año a año. Deseando que cada uno compensara.
Su relación, que había resistido la tormenta, se fortalecía con cada día en calma.
Mientras descorchaba una botella de chianti y volvía a la pérgola de parra vieja, la miró, descalza, con el pelo recogido en un pañuelo, la camisa medio abierta y las piernas doradas a la vista, recostada en una tumbona de loneta, concentrada, leyendo con la cabeza de Lapsus sobre los pies.
Los perros siempre saben a quién acercarse, y su labrador negro le había cogido un cariño casi traicionero a Flavia, de la que no se separaba.
Probablemente su familia creciera, pero, en la imagen que tenía frente a él, no faltaba nada.
Una mujer que lo quería, un amigo fiel, un lugar agradable en el que vivir y, miró la etiqueta de la botella que sostenía...
, una botella de buen vino para compartir.
—¿Es bueno? —le preguntó sobre el libro, sentándose en el sillón más cercano. Ella cerró un poco el tomo y le sonrió plácida.
—Mucho. Pero a ti no te va a gustar.
—¿Demasiado romántico?
—No para ti. Deja de hacerte el duro.
—Demasiado irreal entonces.
Cerró el libro y lo depositó sobre el velador. Luego se acercó a él y se sentó apoyando la cabeza en su hombro, mirando hacia el mar.
—No para ti —repitió.
Juan le acarició el pelo. Flavia tenía razón. Había pocas cosas más improbables, más excepcionales y únicas que su propia historia.
Mientras España se seguía desangrando con la guerra y el resto de Europa se empezaba a oscurecer bajo la misma amenaza, en secreto, casi sin atreverse a reconocérselo, en aquel rincón del Mediterráneo tan parecido al que los había unido, Flavia y Juan habían encontrado la paz.