76. CAMBIAR
CAMBIAR
Santo se había retirado a una parte de la finca de sus padres en la que de pequeño jugaba con su hermano.
Era una especie de país secreto en el que solo estaban autorizados a entrar ellos dos.
A nadie de la casa se le escapaba su localización, pero el espejismo de aquel sueño infantil se mantenía y se alimentaba, haciendo que los pequeños Testa amaran aún más el lugar.
Sin embargo, salvo las rocas y los pinos que lo rodeaban, todo había cambiado.
Su hermano había muerto y él estaba más solo que nunca.
Andrea Maratti había sido fusilado. Matteo estaba huido y desaparecido.
A él se le buscaba como implicado en el atentado de Florencia, razón por la que no había lugar más seguro que la sombra de su padre y la Sociedad Honorable.
No había sido capaz de hablar con él aún. Se habían mirado a los ojos y se habían odiado mutuamente. Su padre, a él por arruinar el atentado a Mussolini. Él, a su padre por sacrificar la vida de sus compañeros de Justicia y Libertad. Por traicionarlos. Por traicionarse.
El ambiente era tenso y, mientras observaba el paisaje sentado sobre una roca, su cara se ensombreció al ver a Ludo acercarse. Habían llegado juntos y llevaban más de un mes en el baglio Testa: Ludo, en el equipo de don Gonzaga; Santo, en el de su madre. Sin hablarse.
—Discutamos —le dijo sentándose en una roca frente a él.
—No —replicó Santo—. Eres la última persona con la que lo haría. Bueno, la penúltima.
—Discutir con quien estás de acuerdo no tiene interés. Ni mérito. Creo que no has reflexionado nada. La Sociedad Honorable mira por sus intereses, con el objetivo final de mantener su poder. Mussolini lo amenaza, razón por la que busca acabar con él. No hay más.
—Y traiciona a unos jóvenes idealistas que no le han hecho nada.
—Sí. Y a ancianos y a mujeres y a todo el que haga falta.
La Sociedad solo es leal a los suyos. Por eso te quisimos salvar.
Por eso en ningún momento pensamos en los demás.
Me sorprende que te impresione. Al principio pensé que eras bastante tonto y que quizás te faltaran agallas, pero he descubierto que no eres ninguna de las dos cosas.
Esto lo deberías entender. Pensabas disparar desde un piso a un coche en movimiento.
Tú y tus cuatro compinches inexpertos. ¿En serio crees que no hubieras dado más que al Duce?
Habríais matado a varios inocentes, seguro.
Las balas rebotan, se pierden... y no sois profesionales.
Si lo piensas, tú también habías aceptado los daños colaterales.
Que no lo verbalices, que apartes ese pensamiento, no significa que no lo conozcas.
Santo calló.
—Naciste en medio de todo esto. No debería ser yo la que te lo explique. Nada de lo que ha pasado debería haberte sorprendido. Has vivido desde niño traiciones similares. Sabes que la Sociedad no se achanta, no se arruga, nunca vacila. La Sociedad actúa. Trabaja.
—Se puede trabajar de otra forma —se escuchó decir Santo de pronto.
—Hazlo. Tu padre es mayor y sabio, pero quizás tú puedas llevar las riendas de otra manera.
Tienes los soldados, tienes los medios y tienes la posición.
No te quedes sentado en esa roca. Habla con tu padre.
Llévalo a tu terreno. Habrá más oportunidades de acabar con Mussolini.
Planifícalas a tu manera. Hemos estado más cerca que nunca...
y viene una guerra. Los enemigos del Duce se van a multiplicar...
y podemos serles de gran ayuda, no cabe ninguna duda.
Le estaba haciendo pensar y, como la escuchaba, Ludo decidió empujar sus convicciones un poco más.
—No eres el primero que se enfrenta a algo así. Todos lo hacemos alguna vez en la vida. Puedes huir de lo que no te gusta o puedes cambiarlo para que te guste. Dices que todo es malo a tu alrededor. Sé bueno tú y hazlo mejor.
Santo se quedó en silencio. Ludo lo dejó que meditara.
Lo miró a la cara mientras lo hacía y le pareció que había madurado y que los hechos de Florencia lo habían marcado de forma no del todo negativa.
Sabía que Santo no era ni tan blando ni tan cándido como había pensado al conocerlo.
No pretendía que perdonara a don Gonzaga, pero debía desengañarse respecto a sus métodos.
La Sociedad Honorable era cruel y sangrienta, un monstruo nada venerable, pero con poder.
Si quería, Santo era la persona destinada a moldearlo y darle la dirección adecuada.
Era exactamente lo que Santo pensaba. Si él iba a heredar la posición de su padre, lo cambiaría todo.
Se abrió a Ludo. Empezaron a hablar y a discutir, sin echarse demasiado en cara, sabiendo dónde se encontraba cada uno.
Vieron las horas pasar acercando posiciones.
Sorprendiéndose con lo que sus visiones de la vida tenían en común.
Escuchándose. No se había acabado de poner el sol sobre la isla cuando el joven se irguió y le lanzó una mirada.
—Hablaré con mi padre. Si vamos a luchar, tengo que estar más seguro de ganar.
—Te ayudaré —replicó Ludo, que llevaba ya un rato impresionada por el discernir de él—. Juego bien para mi equipo —aseguró sonriéndole, atraída por primera vez por el joven. No le sorprendió. ¿Acaso hay algo más atractivo que la inteligencia?