75. EL RIDÍCULO
EL RIDÍCULO
María José de Saboya acudió a la llamada del padre Orso en cuanto este le pidió que se reunieran.
A principios de junio los reyes se habían trasladado a la residencia estival de la Tenuta di San Rossore, en Pisa, y los Hesse habían vuelto a Kronberg, así que en Roma solo quedaban ella y su familia más inmediata, que hacían vidas elegantemente separadas.
En su soledad, el padre Orso constituía una de las principales distracciones, con sus conversaciones interesantes, sus intrigas vaticanas y su ácido humor.
En el complejo real, el sacerdote había organizado a su alrededor un entorno confortable y de la calidad a la que estaba acostumbrado.
Tenía una sola cocinera, una sola doncella y una sola costurera, pero cada una de ellas era la mejor de Roma.
Incluso su coche, un Alfa Romeo Pescara siempre reluciente, había sido adaptado con un motor más potente y era el más rápido de la curia.
A Orso el voto de pobreza se le seguía resistiendo con uñas y dientes, y había cejado en su empeño de cumplirlo.
Su carne era débil, su mente fuerte, y sus gustos caros.
Se sentaron en una pequeña glorieta del jardín cercana a la casa y contemplaron las laderas ondulantes del resto del parque de Villa Savoia, el paraíso que habitaban y cuyo final veían venir.
El sol se ponía sobre la ciudad iluminando sus riquezas y atenuando sus defectos, y ellos, encarados a la vista, disfrutaban del momento.
—Quería decirle que todo no salió tan mal como creíamos —le dijo el sacerdote tras dejarse rellenar su copa de Cinzano y dar un mordisco a un maritozzi de foie.
—Creo que no vamos a estar de acuerdo —lo contradijo la princesa heredera—. Matteo Maratti ha huido de Italia, su hijo ha muerto y el Duce sigue vivo. Es más, al único al que todo le salió perfecto fue, una vez más, a él.
—Tiene razón respecto a los Maratti, y, aunque sabían a lo que jugaban, es una desgracia, pero, en cuanto al Duce, se equivoca, porque no todo salió perfecto.
Lejos de eso. Aunque él no lo sepa aún. De hecho, la historia tiene cierta gracia y puede provocar un ridículo monumental.
¿Recuerda la exposición cuyos últimos retoques organizó su cuñado, el príncipe Felipe de Hesse?
—Por supuesto, él mismo nos lo explicó a usted, a la princesa Mafalda y a mí, a pocos metros de aquí, en el jardín de Villa Polissena. Le iban a regalar cinco obras maestras al Führer. A todos nos pareció una aberración, pero no lo comentamos en el momento. Felipe volvió muy contento del resultado.
—Lo sé. A sus ojos y a los de casi todos, la entrega fue perfecta y el agasajado quedó encantado. Es más, se enamoró perdidamente de uno de los cuadros.
—No me diga que solo se llevó uno. Es impropio de él.
—No, no, por supuesto que no —aclaró Orso—.
Hitler se los llevó todos, pero, al parecer, una de las obras le robó el corazón.
Tiene buen ojo, sobre el papel era la más valiosa de todas.
Mis fuentes me indican que, por sí solo, el pequeño retrato de Colomba Corsini es más valioso que las otras cuatro obras que lo acompañaron a Alemania.
Me dicen que el Führer ha colgado el cuadro en su salita privada en el Berghof, en Obersalzberg, en los Alpes bávaros.
—Conozco la zona.
—Pues aquí viene lo mejor. —El padre se acercó un poco a ella, pícaro—. Sorpréndase: es una copia, una burda falsificación.
—No es posible —dijo María José.
—Se lo aseguro. Una pareja de audaces jóvenes cambió la obra original por la falsa, que es la que Hitler observa a cada rato, orgulloso de tener un Botticelli. ¡La joya del Renacimiento que el hombre más poderoso de Europa cree tener fue pintada hace pocos meses! ¡Y la ve y admira a diario!
—¡No es posible! —exclamó ella, pasando del asombro al humor.
—Se lo aseguro —insistió él.
—¡No es posible! —repitió otra vez antes de aplaudir la anécdota y empezar a reír sin freno. El padre la cogió de la mano.
—¡¡¿Se lo imagina?!! ¡Hitler se ha llevado un burdo souvenir, una copia que trata como obra maestra y que todos sus jerarcas observan sesudamente admirando el trazo, comentando lo gran artista que era Botticelli!
—¡Un pintor de segunda dándoselas de experto! —lanzó con sorna la princesa.
—Y lo mejor... lo mejor es que un día averiguará la verdad...
y Mussolini también. Y sea quien sea el que lo haga antes, la situación es hilarante por el ridículo.
Si Hitler lo averigua antes, pensará que el Duce lo ha engañado y se lo hará saber, ultrajado como un amante al que se le descubre una aventura...
—¡Al revés es casi mejor! —replicó María José sin dejar de reír—. Que Mussolini descubra la verdad y que tema cada día la llamada desde Obersalzberg. Que, cuando vaya a la residencia de Hitler, vea el cuadro y piense que es falso y disimule. ¡Cielos, es como una comedia de los Hermanos Marx!
—Y piense en esto —dijo el padre tranquilizándose un poco—: los dos dictadores ocultan bajo su orgullo muchos complejos.
Los aplacan con la violencia y el miedo, que no son más que el último recurso de los necios, y temen que se rían de ellos porque sienten que sus debilidades están a la vista.
Nada les duele más que el ridículo porque demuestra que no son perfectos, ¡que no son tan listos!
, que, como al resto de los mortales, también se les escapan cosas y que, como a los demás, también se les puede engañar.
—Como no saben reírse de sí mismos, no comprenden que los demás lo hagan.
¡Esto es fantástico! Si en un tiempo es seguro para los que han ejecutado esta hazaña, debe difundirla si no se ha sabido ya.
Permita que todos se rían tanto como he hecho y seguiré haciendo cada vez que lo recuerde.
Padre, me ha alegrado el día. Téngame al corriente de esta situación y, si conoce a los genios que idearon esta maniobra tan sutil, tan fina e inteligente, dígales que la princesa heredera se lo agradece mucho, que no la olvidaré y que un día les recompensaré por ella.
El sacerdote sonrió. Sabía por Anetta Calderone que Flavia y Juan habían retomado una relación que jamás deberían haber dejado.
Él había detectado aquella atracción, aquel vínculo indisoluble, desde el momento en el que ella le pidió que fuera a convencer al español para que la ayudara a recuperar el cuadro.
Desde el momento en que Rezola se había mostrado tan dolido con ella como incapaz de negarle la ayuda.
El padre Alberto Orso sabía bien que el amor acaba en indiferencia, no en odio, y aquellos jóvenes sentían rencor, pero ni una pizca de indiferencia.
Al fin y al cabo, Orso era experto en amores imposibles de olvidar a pesar de las decepciones y los silencios, de los desengaños y las preguntas, de la incomprensión, de la soledad, de la lucha entre cabeza y corazón, de lo que se ve y lo que se siente.
De la fe y la razón. Era sacerdote y, precisamente por eso, conocía bien el amor.
Un cuadro había hecho que la pareja se reencontrara, pero solo ellos habían decidido permanecer juntos.
Se habían reunido con una excusa y se habían abrazado con una certeza.
Nada le gustaba más al sacerdote que comprobar que, en medio de tanto odio, siempre vencían los sentimientos positivos.
La amistad, la lealtad, la generosidad o el amor.
—Les haré llegar su mensaje, alteza, pero debe estar tranquila, estoy seguro de que han encontrado recompensa suficiente a su acción.