74. TRATO CERRADO
TRATO CERRADO
Carlo miraba hacia al lago Lemán sin nostalgia.
A su espalda, al principio de aquella ladera verde e impoluta salpicada de flores, en la casa ya no quedaban muebles y sus maletas estaban preparadas para otra mudanza, para otra vida.
Todo se había complicado y estaba seguro de que lo mejor era hacer borrón y cuenta nueva, aprendiendo de lo que había fallado, comprendiendo que debía conocer mejor a las personas de las que pensaba aprovecharse.
Ese había sido su fallo, creer que Flavia no acabaría por darse cuenta de que se había enamorado hacía muchos años de su castillo, de sus cuadros y tapices, de sus otras casas y de la certeza de que, a diferencia de las suyas, estaban cimentadas sobre una fortuna que no las pondría en peligro jamás.
Había jugado fuerte y lo había perdido todo, pero seguía siendo apuesto, listo y sin escrúpulos, cartas poderosas si las utilizaba bien.
Anetta Calderone le había explicado la situación con palabras menos educadas, pero más claras, que las que su familia política habría utilizado.
No volvería a ver a Flavia e, igual que ella, sus suegros no querían verlo a él.
Carlo supo que la criada había disfrutado al contarle que sus señores lo sabían «todo».
No le importaba demasiado.
Sabía cómo consolarse.
Había acabado con Juan Rezola y nadie podría jamás verificar que la copia que tenía del retrato de Colomba Corsini fuera eso, una copia y no el original.
Había dos cuadros iguales al suyo. El auténtico, en manos de Hitler, y el de Flavia, ambos difíciles de ver.
Tres cuadros iguales en total. Tres pequeños lienzos que nadie distinguiría jamás el uno del otro.
Su billete a una nueva vida. Iba a huir a Hispanoamérica.
Allí había mucho dinero y afición a lo antiguo.
¿Quién podría resistirse a un Botticelli?
Era fácil fingir ser un aristócrata italiano ante jóvenes ricas que no sabían nada ni de la aristocracia ni de Italia.
Sí, Argentina o quizás Chile serían un buen destino.
Fincas grandes, mundos nuevos, oportunidades de todo tipo entre gente buena y confiada.
En Europa solo le quedaban deudas y malos recuerdos, y no pensaba llevarse ninguna de las dos cosas.
Se giró un instante hacia la casa que había habitado poco, magnífica y reluciente al sol.
Hacía días que estaba solo en ella, recorriendo sus pasillos y salones como si fuera totalmente ajeno a ellos, como si nunca hubiesen encerrado nada más que falsas esperanzas y mentiras.
Flavia tenía que haberlos amueblado, pero, cuando los vio por primera vez, su mujer ya estaba de mudanza.
Lo había descubierto tarde, tras toda una vida de amistad, pero lo había hecho al fin.
Carlo se decía que siempre había sido el mismo, pero la ambición combinada con la mentira, como la gangrena, acaban por pudrirlo todo. Eso habían hecho con él.
Entornó la mirada al ver a una figura acercarse desde la casa. Su humor cambió instantáneamente y el castillo de naipes de sus planes de futuro empezó a tambalearse una vez más.
Ludovica Conti.
La emisaria de la mafia siciliana sonrió al llegar junto a él. Era realmente guapa, pero imponía tanto respeto que nadie veía nada más allá de su carácter. A la luz del sol de montaña su pelo parecía casi blanco, y su piel, joven y tersa como un tambor, se sonrosaba un poco.
—La esperaba —mintió Carlo. Ella solo sonrió. No lo creía, pero no era nada fácil escapar de la mafia—. Vayamos dentro, tengo lo suyo.
—Eso está bien —replicó ella.
Tendría que pensar otra manera de financiarse, pero por lo menos los Testa no irían tras él. Para seguir con su vida, de entrada, debía vivir, y los sicilianos no iban a aceptar más excusas.
—Me voy de Suiza, es un país muy aburrido —dijo por decir Carlo, tratando de explicar la desolación de aquellos salones vacíos.
—Lo sé. A Hispanoamérica, imagino —contestó Ludo, que siempre sabía mucho más de lo que parecía.
Carlo no pudo evitar inquietarse un poco. Por suerte, Rezola estaría muerto o en algún rincón oscuro de una prisión y no podría boicotear la transacción.
Entraron en una salita pequeña en la que solo quedaba una mesa. Colgado de un clavo, en una pared que lo hacía parecer diminuto, el retrato de Colomba Corsini de Juan Rezola era el único punto de interés.
—Aquí lo tiene —dijo triunfal—, dígale a su jefe que la espera le ha reportado pingües beneficios. El valor de este pequeño lienzo es muy superior a la deuda que contraje.
Ludo apenas lo miró un instante sin cambiar de expresión. Se acercó un poco al cuadro y Carlo lo hizo un poco más que ella.
—Mire, aquí tiene la firma —dijo señalando la esquina.
Pero Ludo no buscó la firma de Botticelli, sino la de Juan. La marca que el falsificador dejaba en todos sus cuadros. La marca secreta de la que el mismo falsificador la había informado días antes. El grumo de pintura partido por la mitad en la esquina superior del lienzo.
—Dese la vuelta —ordenó ella, muy tranquila y harta.
Carlo obedeció sin darle importancia, pero al instante el frío cañón de la pistola de Ludo se le pegó a la frente.
—Aquí tiene mi firma —le dijo antes de dispararle un tiro.
La bala atravesó el cráneo de Carlo, con la mirada helada, y acabó en el de la bella Colomba. Ludo no pudo evitar pensar que nadie tendría problemas para reconocer la copia nunca más.
Luego, mirando el cuerpo de aquella mala persona en el suelo, muerto y con la sangre brotándole de la frente, se despidió.
—Recuerdos de Juan Rezola.
No estaba satisfecha, pero al menos había cerrado el trato.