73. UN DÍA IMPORTANTE
UN DÍA IMPORTANTE
Carlo, que había intentado engañar a todos menos al Gobierno, dejó la copia que aún tenía del retrato de Colomba Corsini escondida debajo de su cama del Helvetia y acudió tranquilo a la Questura, de donde estaba seguro de poder salir sin mácula.
La primera sorpresa llegó cuando, tras meterlo en una sala de interrogatorios, se encontró no con un policía, sino con un ministro. Este pidió que los dejaran solos y lo invitó a sentarse con menos simpatía de la que acostumbraba.
Dino Alfieri había pasado la noche tratando de asimilar lo que había sucedido de madrugada en la estación de Santa Maria Novella. Había mandado buscar a Carlo en el mismo momento en el que vio alejarse al profesor Bandinelli.
—Va a ser un interrogatorio muy rápido si usted así lo quiere —le dijo, advirtiéndolo de soslayo.
—Entonces lo será. Estoy agotado y desearía volver al hotel cuanto antes —replicó Carlo.
—En el palacio Medici Riccardi se ofreció para asistir a la entrega del regalo que se le iba a ofrecer al Führer en el palacio Pandolfini, la selección de obras que usted ayudó a escoger.
Cuando le dije que no era necesario, pues el evento estaba muy restringido, mencionó algo que no me gustó: que podría ir para verificar que la obra que venía de su casa familiar era auténtica.
—No lo recuerdo bien —mintió Carlo—. Pero, si lo dije, fue una tontería.
—¿Por qué lo dijo? ¿Por qué no iba a ser auténtica?
Carlo comprendió que Alfieri sabía algo que le ocultaba, que lo estaba poniendo a prueba y que debía evitar morder el anzuelo.
—Hubo algo que me preocupó. No tenía motivos, pero no me hizo gracia.
—Lo escucho.
—Hace algunos años, mi suegro tuvo un conflicto importante con un marchante que le ofreció varias obras de importancia.
Era español, educado, de trato amable y a todas luces fiable.
Lo tuvimos cenando en Faggio varias noches.
Se llamaba Juan Rezola y había vendido cuadros a algunos conocidos.
El asunto es que, días antes de que mi suegro cerrara la compra de una de las obras que le ofrecía, descubrió que era uno de los falsificadores de arte más importantes del continente, especialista en arte renacentista, que había estafado a los más destacados coleccionistas y museos, y que estaba en búsqueda y captura.
—Pero su cuadro, el de su suegro, el Botticelli, es auténtico.
—Por supuesto, pero, días antes de la visita del Führer, paseé hasta el palacio Pandolfini, pura curiosidad, por ver el lugar de entrega del cuadro del que su equipo me había hablado anteriormente en una de nuestras reuniones, y cuál no sería mi sorpresa al descubrir que el pintor que había intentado estafarnos tenía su estudio en el edificio contiguo. Vi a Juan Rezola entrar en él.
—Comprendo.
—Sí. Luego pensé que era una coincidencia, incluso que mis ojos me habían engañado y que, si no lo habían hecho, no habría por qué preocuparse...
Pero la idea de que tenían a un falsificador en la puerta de al lado me persiguió de manera absurda.
Por eso dije lo que dije. Enseguida me di cuenta de que era una tontería, pero pensé que había visto tantas veces el retrato de Colomba Corsini que, si era una falsificación, que si por arte de magia una obra de Juan Rezola acababa en la exposición, lo detectaría fácilmente.
Quizás no podría haber ayudado con los otros cuadros, pero sí con el que provenía de mi casa.
Alfieri se echó atrás, miró a los ojos a Carlo y creyó cada una de sus palabras.
Tenían sentido. Ese español era el hombre que había hecho la copia que habían intentado que Hitler se llevara.
Debía ser apresado y fusilado inmediatamente si, como necesitaba, aquel hecho no debía conocerse nunca.
Su cabeza se centró en ello y quiso concluir la reunión.
—Le agradezco que haya venido. Puede irse —dijo displicente.
Carlo salió de la Questura aliviado. Creía haberse salvado y, mejor aún, había condenado a Juan Rezola.
A los pocos minutos, dos coches de carabinieri volaban en dirección a Via San Gallo. Desde la esquina, al verlos pasar, Carlo Leone sintió que finalmente había acabado con su enemigo.