72. UN BUEN ITALIANO
UN BUEN ITALIANO
Ranuccio metió el cuadro en una maleta de viaje algo más amplia que un maletín y dejó que Juan Rezola le acercara a la estación de Santa Maria Novella, de donde se había ido apenas quince minutos antes, tras la despedida oficial.
La calle estaba cortada, por lo que tuvo que bajar del coche antes de llegar y hacer el último tramo, unos escasos metros, a pie.
La zona seguía completamente acordonada por los carabinieri y la seguridad era máxima.
Estaba a pocos metros de la entrada cuando vio el Fiat Torpedo del Duce abandonar el lugar seguido por sus mosqueteros y toda la parafernalia que lo acompañaba.
Una gota de sudor recorrió su frente mientras aceleraba el paso; el tren alemán no tardaría en ponerse en marcha.
No podía creer que estuviera haciendo aquello, él, persona reflexiva, nada impulsiva.
La indignación por el numeroso expolio que acompañaba al viaje lo había empujado a intentar la locura que Juan Rezola planeaba.
Se dijo que muy probablemente no ejecutara el plan.
Que solo lo haría si, aunque supusiera un riesgo, había alguna posibilidad de que saliera bien.
Se acercaba a la estación como un autómata, como subido a un vehículo que le negaba los mandos.
Una señal. Necesitaba una señal de algún tipo para decidirse.
Si no aparecía, si no lo veía claro, volvería a casa sin abrir el maletín.
Tenía familia. Dos hijas. Una mujer que lo quería.
Una buena vida. Por Dios, ¿qué estaba haciendo?
Le favorecía que en aquellos días su figura hubiera adquirido prestigio y que todos lo conocieran, porque ninguno de los cordones de seguridad se le resistió y uno a uno los agentes de la OVRA, los carabinieri y los mosqueteros del Duce le franquearon el paso sin problema.
Enseguida estuvo en el andén frente al imponente Amerika.
Algunos de los vagones de carga seguían abiertos y se llenaban de baúles y diferentes equipajes.
A un lado, a pocos metros, encontró a Alessandro Pavolini, con quien se había reunido muchas veces para planificar el viaje que estaba a punto de concluir.
El secretario federal del Partido Fascista en Florencia estaba exultante por el éxito de aquellos días y saludó a Ranuccio abriendo los brazos.
—Amigo mío. Nuestros esfuerzos han merecido la pena —le dijo convencido.
Ranuccio aún no sabía por qué se estaba complicando tanto la vida.
—Hay una comprobación que necesito hacer —dijo muy serio—. ¿Dónde está el ministro Alfieri?
—¿El ministro? ¿Va todo bien? —preguntó Pavolini.
—Sí, va todo bien —dijo con aplomo—, y, si no va bien, lo solucionaremos inmediatamente.
En ese momento, Dino Alfieri bajaba de uno de los vagones con paso decidido. Con la misma actitud, Ranuccio fue directo a él. El ministro también estaba contento, aliviado y cansado. Lo recibió con una sonrisa que tornó en gesto serio cuando comprobó el espíritu con el que se acercaba Bandinelli.
—Señor ministro. Hay algo que me preocupa y que debo comprobar inmediatamente. Puede que estemos a punto de cometer un terrible error.
—Cielos, profesor, parece grave —respondió él, preocupado.
Era una suerte que todos lo tomaran tan en serio.
Una semana antes, la actitud había sido completamente distinta, pero, tras el viaje y su aparente complicidad con Hitler, todos lo trataban con deferencia.
Incluso en el mundo del arte, había hecho falta que un fracasado pintor austríaco lo escuchara para que los demás lo valoraran.
—Es grave. Necesito ver el retrato de Colomba Corsini ahora mismo.
Alfieri palideció al recordar las palabras que Carlo Leone había pronunciado en el palacio Medici Riccardi.
Horas antes, se había indignado al escucharlo decir que quería asistir a la entrega del cuadro para verificar que fuera auténtico.
Había tratado de olvidar el comentario sin conseguirlo.
Cogió a Ranuccio del hombro y lo apartó un poco.
—Es falso, ¿verdad? —le dijo sin más.
Una señal. Ranuccio no podía creer lo que oía. Alfieri le acababa de poner las cosas muy fáciles.
—Necesito verlo.
—Están esperando a cargar todo lo demás.
Será lo último que subamos al tren. Oh, profesor Bandinelli, el señor Leone tendrá que dar muchas explicaciones si ese cuadro es falso —dijo el ministro dándose la vuelta y acelerando el paso hacia un grupo de baúles y cajas que esperaban en el andén a ser cargados.
El profesor siguió al ministro. No tenía ni idea de quién era el señor Leone, pero presentía que le había hecho un gran favor. Sin dudarlo, Alfieri apartó un par de cajas para coger una del tamaño del retrato.
—Vamos dentro. Esto no puede verse. ¡Por favor! ¡¿Es que siempre tiene que pasar algo?! —susurró, nervioso.
Ranuccio lo siguió al interior de la estación y de allí a un despacho que estaba ocupado por algunos funcionarios que fumaban y charlaban.
—Fuera todos —ordenó Alfieri. Inmediatamente se quedaron solos—. Haga los honores —le dijo a Bandinelli, dejando la caja sobre la mesa.
Ranuccio abrió la caja de madera cuidadosamente y cogió el cuadro por el marco dorado y barroco.
Luego lo dejó en la mesa y acercó la lámpara para verlo mejor.
Aproximó la cara y lo miró casi desde encima, fingiendo analizarlo.
Podía sentir la impaciencia del ministro a su espalda. Al poco rato se irguió con gesto grave.
—Por todos los santos, profesor, ¡diga algo! —le espetó Alfieri.
—Sin ninguna duda, es falso —afirmó Ranuccio.
El ministro se giró dándole la espalda, tenso y preocupado. Iracundo, dio una patada a una papelera, que se estampó ruidosamente contra la pared. Había llegado el momento.
—No debe preocuparse. Hemos llegado a tiempo.
—¡¡Cómo no me voy a preocupar!! —le gritó—.
¡Esto va a ser un ridículo monumental! ¡No puedo entregar un cuadro que un experto como usted en Alemania detecte como falso, pero tampoco puedo hacer llegar un cuadro menos al Führer!
Voy a matar a Leone. Juro que lo mataré.
Y usted... ¡¿cómo demonios no se dio cuenta antes? !
—El cuadro que vi la noche de ayer era auténtico —le aclaró Bandinelli—. Hoy, con la luz y las prisas..., habría engañado a cualquiera. El cuadro ha sido cambiado justo antes de la llegada del Führer. Pero tengo el auténtico aquí.
—¿El auténtico? —La cabeza del ministro iba a estallar.
Ranuccio apartó el original y, tras abrir la maleta, colocó el falso junto a él.
—Este es el Botticelli.
El ministro se acercó. Para él era exactamente igual al otro.
—¿Me puede explicar cómo ha acabado en sus manos? —le dijo bajando el tono.
—Estaba en mi puerta cuando he llegado a casa. Al parecer, se trata de una operación de Justicia y Libertad. Han hecho un túnel desde la iglesia de San Giovannino hasta el jardín del palacio Pandolfini. Cambiaron el cuadro y lo guardaron, pero la persona que debía recogerlo no apareció.
Alfieri cerró los ojos y se los masajeó con los dedos mientras pensaba.
—Hoy ha habido un intento de atentado. Es un asunto confidencial. La OVRA lo desbarató todo antes de tener que lamentar nada. Cuatro jóvenes. Apuesto a que el que debía recogerlo era uno de ellos. Todos han muerto.
—Eso lo explicaría. La persona que tenía este cuadro ha sentido que le quemaba en las manos y se lo ha devuelto a la única persona que no está rodeada de seguridad y que sabía que se lo daría a ustedes.
—Un profesor de arqueología que lleva una semana pegado al Gobierno. Usted.
—Eso es.
El ministro pensó unos segundos antes de salir del despacho, llamar a un carabiniere y darle órdenes precisas. Luego volvió con Bandinelli.
—Un motorista irá al palacio Pandolfini. Comprobará lo del túnel. Me resulta demasiado increíble. Además..., si ese túnel existía, ¿por qué no poner una bomba o robar todos los cuadros? ¿Por qué precisamente este y no otro?
—Porque de este tenían una copia.
—Eso tiene sentido.
—¿Y por qué no aprovechar el túnel para atentar contra...?
—El Duce no iba a estar presente en el palacio.
—Claro. Querían acabar con el Duce, no con Hitler. Meta el cuadro auténtico en la caja. Esperaremos a que nos confirmen lo del túnel. Déjeme ver la nota.
Ranuccio le pasó la nota que le había hecho escribir a Juan Rezola. Era breve y daba pocos datos, justo lo que necesitaba Alfieri, que la leyó detenidamente.
Profesor Bandinelli, dejo en sus manos el auténtico retrato de Colomba Corsini, que esta tarde ha sido sustraído y cambiado por una copia a través de un túnel excavado hasta el palacio Pandolfini desde la iglesia de San Giovannino, y cuya salida queda escondida por un laurel.
La persona que me lo entregó y debía sacarlo de Florencia no va a poder hacerlo y soy demasiado mayor para esconderlo, ya que sé que solo puede traerme problemas.
Lo dejo en sus manos para que lo custodie.
Habrá más ocasiones para que la justicia y la libertad triunfen.
—No da demasiadas pistas. Pero puede que lo conozca. Sabe dónde vive.
—No lo creo. Debió de pensar que se lo entregaría porque soy miembro del partido desde hace años.
Respecto a mi dirección, mucha gente la conoce, es pública en la universidad.
Además, me ha recogido un coche oficial en la puerta de mi casa varios días, antes de esta visita...
y hoy mismo. Florencia es una ciudad de chismosos, y por causa del viaje del Führer he alcanzado cierta notoriedad.
—No cabe duda. Quédese aquí —dijo Alfieri ansioso, saliendo del despacho.
Las cosas iban bien. Ranuccio se enfrentaba a una especie de carrera de obstáculos que iba superando.
No tardaría en volver el motorista. Si encontraba el túnel del que le había hablado Juan Rezola, su historia tendría verosimilitud.
No había mayor experto en arte del Renacimiento en toda la Toscana, y, de haber recurrido a alguno de los profesores cuyos conocimientos se acercaban a los suyos, ninguno habría disentido de su opinión.
Pero había algo más: además de conseguir que en el Amerika viajara la copia, debía abandonar la estación con el original.
Al cuarto de hora el ministro entró en el despacho. Consternado.
—No puedo creer que hayamos estado a punto de hacer el ridículo de esta manera. El motorista ha encontrado el túnel. Voy a pedir que le traigan los otros cuadros. Verifique que son auténticos. El tren partirá en quince minutos. ¿Tendrá tiempo?
—Creo que sí. Pero serán auténticos. Parece claro que el objetivo era solo la obra de Botticelli —intentó tranquilizarlo Ranuccio.
—Da lo mismo. Verifíquelos. Se los traerán ahora mismo... y ojalá todo vaya bien. —Alfieri sudaba profusamente y algunos de los presentes se extrañaron de su nerviosismo.
Enseguida dos carabinieri llevaron los cuatro cuadros restantes.
Antes de sacar ninguno de la caja, empaquetó la copia que él había cargado y se la dio para que la trasladaran al tren.
El cuadro auténtico se iba a quedar en Italia.
Desempaquetó los demás, tentado de decir que algún otro era falso.
Lo descartó enseguida. No tenía copias y, si no llegaban cinco cuadros a Alemania, habría muchas preguntas que responder.
Por el momento, solo el ministro y él estaban al corriente de lo que sucedía en la estación y a ninguno le interesaba que más gente lo conociera.
Si el cambio era secreto, si nadie sabía que se había producido, nadie comprobaría su historia ni verificaría la autenticidad del Botticelli, por lo menos no de inmediato.
El ministro volvió al despacho a los pocos minutos. Ranuccio le sonrió.
—Puede estar tranquilo. Son todos auténticos.
Alfieri se apoyó en la pared un instante, perdiendo un poco la compostura que siempre aparentaba.
—Bien, profesor. Bien.
Se asomó a la puerta y con un gesto ordenó a los mismos carabinieri que recogieran las cajas de los cuadros y las llevaran rápidamente al tren.
El pitido de la locomotora sonó dos veces y el motor gigantesco del vehículo se revolucionó.
Sin prestarle atención al Amerika, Dino Alfieri se acercó a Ranuccio con cara amable, casi cómplice.
—Ahora solo me queda pedirle un favor. Uno que sé que hará y que yo recompensaré.
—Por supuesto —le aseguró Bandinelli.
—Mantenga la más absoluta discreción sobre lo que ha sucedido aquí esta madrugada.
Es necesario. Sobre el papel este viaje ha sido perfecto, pero, si el Duce averigua que ha estado a punto de hacer el ridículo regalándole una especie de souvenir a Hitler, o que ha puesto su vida en peligro al tener uno de los accesos al recinto donde él se ha encontrado sin vigilar...
, rodarán cabezas. Un túnel hecho por una organización terrorista como Justicia y Libertad...
Es inaudito. Hay muchos departamentos que están implicados en este fallo, y preferiría que, ya que la suerte ha querido que todo haya acabado bien, ninguno se viera afectado.
Como confidencia, le diré que nos ha parecido a todos que Alemania nos mira por encima del hombro injustamente.
Ya sabe. Los caóticos y chapuceros mediterráneos frente a los perfectos y ordenados alemanes. Si ama este país, mantenga el secreto.
—Lo haré sin duda.
—Meta el cuadro en su maleta, que nadie lo vea salir con él. Nadie lo ha visto entrar. Destrúyalo al llegar a casa. —Ranuccio trató de no mostrar ninguna emoción—. Que nunca se sepa que existió.
—Lo haré, señor ministro.
Alfieri se acercó a él y lo cogió de los hombros mirándolo de cerca. Acababa de salvar su reputación y, seguro, su carrera política.
—Profesor Bandinelli, debe enorgullecerse, es usted un verdadero fascista. Italia le debe mucho.
Ranuccio no dijo nada, pero, mientras salía de la estación con el auténtico cuadro de Botticelli en la maleta, se enorgulleció de saberse mal fascista y buen italiano.