El falsificador 71. EL FASCISTA
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71. EL FASCISTA

EL FASCISTA

Eran las doce de la noche cuando Ranuccio se acercó al apartamento que ocupaba en Via Guelfa.

La calle estaba desierta, algo tenebrosa, plenamente medieval, y solo un pequeño monoplaza azul aparcado en un lado, justo debajo de la farola, devolvía al profesor al siglo  XX .

Regresaba a pie de la estación de Santa Maria Novella, que estaba muy cerca.

Hitler se había despedido de él con una sonrisa y con planes de volver a Italia.

Frente al Amerika, el tren en el que pasaría la noche mientras lo devolvía a Alemania, la delegación alemana parecía satisfecha con el viaje.

No tardarían más de una hora en empezar a alejarse.

Estaban cargando grandes baúles y, con impotencia, él había supervisado el vagón en el que iría el botín que se llevaban los nazis antes de que empezaran a cargarlo.

Los vínculos con Italia se habían estrechado y Mussolini había reforzado su poder, descubriendo en su alumno más aventajado a su referente. Las tornas habían cambiado y lo harían aún más. La fortaleza de la Italia fascista era teatral, la de la Alemania nazi era muy real.

Todo había acabado y, pese a ser tan solo un profesor de arte, un arqueólogo que había hecho de guía, Bandinelli no podía evitar sentir que había colaborado decisivamente en un viaje que no iba a traer nada bueno.

La guinda a su pesar y a su rabia la había puesto el regalo final.

Cinco cuadros únicos que habían sorprendido al Führer y habían rematado el éxito de la jornada.

Como era de esperar, el dictador se había maravillado especialmente con el pequeño pero fabuloso retrato de Colomba Corsini, de Botticelli.

Había dedicado menos de cinco minutos a contemplarlo antes de ordenar que lo llevaran al tren junto con los otros cuatro cuadros.

Así, sin más, Italia perdía cinco tesoros en manos de un aficionado al arte al que había que agasajar.

Pero había más. Le habían regalado libros únicos, esculturas, incluso una tabla de Domenico Ghirlandaio, el maestro de Miguel Ángel.

En el trayecto a la estación, Ranuccio supo que además se estaba presionando al príncipe Lancellotti para que vendiera al Führer el Discóbolo, la escultura romana de la que el alemán se había enamorado. Nada parecía suficiente.

Bandinelli, que como arqueólogo se apasionaba con la recuperación de lo perdido, no podía digerir que se entregara todo aquello. A cambio, Hitler le había regalado un gran Mercedes al Duce.

Ranuccio había colaborado en todo. También en el intento de atentado, se dijo, tratando de consolarse, pero en el fondo sintiéndose manipulado y falto de voluntad. No tenía ni idea de qué había fallado, pero no necesitaba ninguna explicación. Ojalá no volviera a ver a Ludo nunca más.

Estaba a punto de entrar en el portal cuando a su espalda apareció Juan Rezola.

Su inesperada presencia lo sobresaltó y, pese a que le tenía aprecio, no le gustó verlo, porque presentía que no era por nada bueno.

Recordó que el español lo había acompañado paseando hasta aquel punto hacía unas semanas después de comer juntos.

Su expresión aquella tarde apacible era muy distinta a la de cierta urgencia que mudaba su cara a aquellas horas.

—Profesor —le dijo con aspecto apurado.

—¡Rezola! —respondió Bandinelli—. Es muy tarde. Me ha asustado.

—Necesito que hablemos.

El cansancio podía más que la curiosidad y Ranuccio intentó no darle más trabajo a su cabeza.

—Quizás podamos comer en unos días. No es un buen momento.

—Lo lamento, pero el asunto por el que vengo no puede esperar. Tiene que ser ahora. Es sobre el retrato de Colomba Corsini. —La mención al cuadro lo puso inmediatamente en alerta—. Necesito que vea algo —insistió Juan.

Que Rezola conociera la existencia de ese cuadro era inverosímil.

—¿Cómo sabe que...?

—Es de una amiga —lo interrumpió—. La obligaron a entregarlo para una exposición y, si no hace nada al respecto, lo perderá para siempre. Acompáñeme, por favor. Es aquel coche —dijo Juan, señalando su Bugatti.

Ranuccio se acercó al coche. Juan se inclinó sobre el vehículo y extrajo un lienzo.

—Pero... —Bandinelli no podía creer lo que veía— acabo de entregar este cuadro al Führer.

¿Es una copia? —Juan lo apoyó en el vehículo mientras el profesor Bandinelli lo observaba detenidamente—.

No... —dijo Ranuccio dudando—, no es una copia.

El trazo..., los pigmentos... Diría que...

Debería verlo con mejor luz —dudó. Solo la farola arrojaba algo de claridad.

—Es una copia —le confirmó Juan—, pero es perfecta.

—Deberían haberle entregado esta al Führer —murmuró Ranuccio.

—Eso es exactamente lo que quiero que hagamos: quiero pedirle que la cambie por el original. Hitler no merece tenerlo. Italia no puede desprenderse de una obra así a la ligera.

Bandinelli apartó la cara del cuadro y se irguió. No se lo tomó en serio y estaba tranquilo.

—Lamentablemente llega usted tarde, el cuadro ya está en el tren. En cualquier caso, de haber entregado esta obra, habría arriesgado la vida. Mussolini se hubiera enfurecido al saber que era falsa.

—Nunca lo hubiese sabido. ¿Cuánta gente podría asegurarlo?

Bandinelli meditó unos segundos.

—Poca..., muy poca. Además de yo mismo...

—Usted ha dudado.

—El profesor Agostini, el profesor Ascanio..., quizás el conservador de...

—Nadie que vaya a verlo.

El arqueólogo se separó un poco.

—Señor Rezola, ¿qué es lo que está haciendo aquí?

—Quiero que intercambie los cuadros. Creo que podemos intentarlo. Debemos intentarlo.

—No puede hablar en serio.

—Lo hago. Muy en serio. Señor Bandinelli, es usted un defensor del arte igual que yo.

Lleva varios días mostrando los hitos artísticos de su país a Hitler.

Cree que ha sido solo eso, pero la realidad es que, en parte, ha acompañado a un megalómano de compras.

Donde usted cree que el Führer ha visto museos, su camarilla, él mismo, han visto el escaparate de una tienda de la que, sin demasiado esfuerzo, puede llevarse lo que quiera.

Ha conseguido cinco obras maestras, usted mismo me lo dijo.

Una de ellas es este pequeño retrato, pequeño solo en tamaño, que tenemos la oportunidad de recuperar.

Dentro de unos años, cuando el mundo haya cambiado, porque cambiará, a saber cuántas obras habrá ofrecido el Duce para congraciarse con Alemania.

Tenemos mucho arte, y ellos bastante menos, al menos que no consideren «degenerado», y esa es la premisa que utilizarán.

¿Y no va a hacer nada por evitarlo? Inténtelo al menos.

Ayúdeme. Cuando muera, podrá contarlo. Imagínese el ridículo en el que quedará Mussolini para la historia, engañado por un profesor de arte...

, o el mismo Hitler, que colgará el retrato en un lugar preferente. Debe ayudarme, y lo sabe.

—Yo no sé nada —replicó Ranuccio. El tono era más cavilante, menos seguro.

—Sí, lo sabe. Lleva días acompañando a personajes que detesta.

—Rezola, frene. Usted no me conoce.

—Sé lo suficiente para ver que le duele que estas obras se pierdan para siempre en algún despacho alemán.

Que sabe que el Duce no tiene ni idea de lo que está entregando al Führer y que él no se saciará con este bocado.

Usted excava para recuperar obras de arte, no me diga que no quiere intentar recuperar esta de un tren.

—No sabría cómo.

—Tan solo diga que el cuadro que tienen es falso. Que usted tiene el auténtico. Que se lo han hecho llegar. Lleve este. Lo creerán.

—Eso es absurdo. Y no hay tiempo.

—Que el tiempo apremie puede ser una ventaja.

Les dará menos tiempo para pensárselo. Será más fácil que decidan en uno u otro sentido y, cuando lo hayan hecho, no volverán sobre el tema.

Cuando se discute una o dos veces la autenticidad de una obra, esta pierde valor.

Esta noche se decidirá que la copia es auténtica y que el original no lo es...

, y esa decisión no cambiará porque a nadie le interesa.

Diga que lo habían sustituido. Estuvimos a punto de hacerlo en el palacio Pandolfini, y la prueba está a la vista de quien quiera verificarla.

—Eso es absurdo.

—No lo es. Abrimos un túnel que llega al jardín del palacio Pandolfini.

Si se acerca un carabiniere a verlo, lo descubrirá detrás del laurel.

Podríamos haber sustituido el cuadro esta tarde, pero no lo hicimos porque temimos que usted, al haber visto ayer la obra original, se daría cuenta.

Si alertaba del hecho, se descubriría la operación, el túnel y a nosotros, que estábamos al final de él.

Las calles estaban cerradas. Nuestra fuga era imposible.

No podíamos arriesgarnos, aunque puede que nos equivocáramos.

Usted habría detectado el cambio, pero, de haber tenido ocasión de que le explicáramos que el cuadro original estaba en manos de sus legítimos propietarios y que se quedaría en Italia, donde ha estado siempre, no hubiera dicho nada. ¿Es así?

—Eso ya no importa —dijo Bandinelli, confirmando lo que Juan Rezola pensaba.

—Diga que le han dejado el cuadro en su casa con esta nota. Léala.

—Señor Rezola, en serio está usted intentando un imposible. No tengo por qué...

—Léala, por favor —insistió Juan.

Bandinelli cogió la nota con cierta ansiedad y Juan sintió que su negativa a ayudarlo se tornaba menos categórica.

—Esto... esto no está bien. No funcionará. Déjeme hacerlo a mi manera.

—Haga lo que crea que funcionará.

—No funcionará, señor Rezola. Y me puede traer problemas.

—¿Lo intentará?

En cualquier otro momento, Ranuccio Bandinelli hubiera dicho que no.

Que tan solo era un arqueólogo, un académico, una persona del mundo del arte, con familia y sin posibilidad ni intención de cambiar el mundo, pero había pasado varios días con la posibilidad real de cambiar las cosas y no lo había hecho.

El fascista más devoto no habría agradado más ni a Hitler ni a Mussolini...

, y lo que nadie sabía era que, en realidad, Ranuccio los detestaba a ellos y a lo que representaban.

Estaba afiliado al partido porque era la forma de que pudiera seguir con su vida, sus clases y su pasión por el arte sin ser señalado o apartado, pero el arqueólogo estaba muy lejos de las ideas totalitarias fascistas.

De haber sido más valiente, podría haber acabado con la vida de los dos dictadores más fácilmente que ninguna otra persona, pero amaba su vida y no estaba dispuesto a decir adiós tan pronto.

Juan Rezola le ofrecía la oportunidad de hacer algo, de aplacar los remordimientos que amenazaban con perseguirlo a partir de entonces.

Era el momento.

—Deme el cuadro. Pero no saldrá bien. No le prometo nada. Y necesito que escriba otra nota.