El falsificador 70. SAN CARLO DE LOS LOMBARDOS
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70. SAN CARLO DE LOS LOMBARDOS

SAN CARLO DE LOS LOMBARDOS

Ludo entró en la iglesia de San Carlo de los Lombardos por la misma puerta por la que los integrantes de Justicia y Libertad habían intentado también la fallida huida.

En la calle, la sangre aún manchaba el pavimento, pero el entorno, horas antes bullicioso, estaba ahora oscuro, silencioso y desolado.

Atravesó la sacristía hasta llegar a la nave principal del templo.

El aire era fresco como el de la montaña y olía a piedra húmeda y madera. Sus pasos resonaban entre las paredes.

Sabía que Santo no había sido capturado, pero no estaba en el palacio Maratti ni había señales de él en ninguno de los lugares que frecuentaba de la ciudad.

Nadie lo buscaba aún porque nadie sabía de su participación en el atentado.

Aún. En la nota que Ludo había enviado a los carabinieri, se informaba de cuatro terroristas y habían capturado a cuatro hombres, tres que habían muerto al intentar escapar y Andrea Maratti, que moriría cuando su cuerpo se venciera al tramo final del interrogatorio cruel al que estaba siendo sometido.

Así que, hasta que Andrea le diera más nombres, solo ella buscaba a Santo Testa.

El óculo que se abría sobre la puerta principal de la iglesia dejaba entrar la luz tenue y blanca de la noche, suficiente para que Ludo inspeccionara el lugar en busca de alguna pista del paradero de Santo.

Subió al piso superior sin hallar nada y revisó de nuevo la planta baja.

Volvió sobre sus pasos para salir del templo, convencida de que no había nadie, pero se equivocaba.

Tras de sí, una voz llena de rencor, un susurro que reverberó entre las paredes de piedra centenarias la hizo girarse: Santo. Su figura se recortaba en la oscuridad.

—Nos traicionaste —dijo directo.

—No a ti —replicó ella, dándose la vuelta.

—Por eso no queríais que estuviera en Florencia. Delatasteis a mi grupo para que el coche se desviara a la calle donde vuestro atentado tendría lugar.

—Sí —dijo ella.

—Jamás te perdonaré.

—No lo espero. Pero te tengo que sacar de aquí.

Santo se acercó a ella. Ludo supuso que quizás le pegara un puñetazo. No le importaba lo más mínimo con tal de abandonar Florencia con él. La cara del joven estaba desencajada y su juventud se había marchitado. La muerte lo había acariciado lo bastante cerca como para dejar su marca en él.

—No iré contigo. El mayor error de mi vida ha sido contar con mi padre, volver a él.

—El día ha sido un completo fracaso —dijo ella. No estaba dispuesta a meterse en dramas familiares. Estaba sola precisamente por eso.

—Tres personas han muerto por tu culpa. Y Andrea Maratti está arrestado.

—Lo sé. Pero tú estás vivo.

—Y todos los que no han muerto gracias a que desconecté la bomba están vivos también. Habría sido una masacre.

—Mussolini está vivo también.

—De haber muerto, mañana habría un Duce nuevo.

—Si nos agarramos a esa clase de pensamientos, es mejor que todos dejemos lo que hacemos.

—No quiero hablar contigo —replicó Santo.

—Yo tampoco contigo, pero déjame que te saque de Florencia. Andrea Maratti dará tu nombre en cualquier momento. No estás seguro aquí. Es un milagro que no te hayan encontrado. Probablemente en pocos minutos esta iglesia esté llena de agentes de la OVRA y de carabinieri.

—No iré a ningún sitio.

—Debes hacerlo. Si no es por mí ni por tu padre, hazlo por Andrea.

—No te atrevas a pronunciar su...

—Basta, basta. No voy a discutir contigo.

Cada minuto que Andrea aguanta el interrogatorio lo hace para que tengas tiempo de escapar.

Si no ibas a aprovechar su valentía y su resistencia, le podrías haber ahorrado mucho sufrimiento.

Ya ha delatado a su padre. En el palacio no te buscan a ti, solo a él.

Pero no dudes de que vendrán. Déjame sacarte de aquí.

Ten la valentía de enfrentarte a tu padre de una vez.

Dile lo que piensas y abandónalo para siempre si es eso lo que quieres. Pero no dejes que te atrapen. Vamos.

Santo no respondió y Ludo lo tomó como un asentimiento.

Lo cogió por el brazo y, antes de que se revolviera o cambiara de opinión, lo sacó de la iglesia y lo subió a la parte trasera de una pequeña furgoneta que, pintada con dibujos de naranjas, rezaba «Fruttivendolo Blasco».

No habían doblado la esquina de la calle contigua cuando se cruzaron con tres coches a toda velocidad hacia San Carlo.

Ludo respiró aliviada. Era la primera operación del día que salía bien.