El falsificador 69. LA ÚLTIMA CENA
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69. LA ÚLTIMA CENA

LA ÚLTIMA CENA

Ranuccio Bandinelli se despidió del Führer tras mostrarle la capilla de los Reyes Magos del palacio Medici Riccardi.

La cena de gala en el imponente edificio estaba reservada para las delegaciones alemana e italiana y los más ilustres miembros de la sociedad florentina, entre los que nadie pensaba que pudiera estar él.

Pese a ello, su trabajo con Hitler no acabaría hasta que lo dejara en la estación de Santa Maria Novella de madrugada.

Antes estaría con él en la exposición del palacio Pandolfini, en una parada poco conocida pero muy relevante.

Ranuccio pensó que incluso los fascistas sabían que el regalo que le ofrecían al alemán era desmesurado y que, precisamente por eso, preferían que se mantuviera en secreto.

A Hitler le había gustado el palacio Medici Riccardi, uno de los mejores de Florencia.

El exterior era algo severo, con paredes almohadilladas, ventanas proporcionalmente pequeñas a la fachada y una gran cornisa, todo muy renacentista, pero el interior era suntuoso y barroco.

El edificio se había sometido a una apresurada y completa renovación para aquella noche y los dorados de las paredes, los muebles de las mejores maderas y los suelos de intricados dibujos sorprendieron por su lujo y su belleza a los propios florentinos, que, aunque los habían visto antes, nunca lo habían hecho con tanta pompa.

La cena se celebraba en el Salón de Espejos, una de las estancias más opulentas del palacio, puramente barroca.

A tal efecto, bajo la bóveda pintada por Luca Giordano se había instalado una mesa en U para Hitler, Mussolini y sus allegados, entre los que estaban Goebbels, Himmler, Von Ribbentrop y el conde Ciano, junto a las más destacadas figuras del régimen.

Alrededor se habían dispuesto mesas redondas para los invitados de menor relevancia, aunque casi todos los ciento cincuenta comensales tenían poder e importancia de algún tipo.

Matteo Maratti estaba allí a sabiendas de que la cena se le atragantaría.

Mientras sus amigos lo saludaban, tan elegantes como él, con su frac impoluto y su pechera almidonada, no podía evitar mirar al Duce, al que su hijo había intentado matar sin éxito.

Era muy difícil acercarse a él. Cuando algún invitado se adelantaba un poco hacia su mesa, alguien del partido le preguntaba muy amablemente su identidad e intenciones.

Si eran las de saludar a alguno de los dictadores, se acercaban un poco más, daban el nombre a otra persona, y esta rara vez asentía y dejaba que el dudoso honor se produjera.

Tras pasar el filtro, las conversaciones eran breves, se tomaba alguna foto y se despedía a la persona en cuestión.

Matteo se tocó el botón de la levita en el que escondía la cápsula de cianuro que, demasiado inocentemente, había creído poder utilizar para envenenar in extremis al Duce; era imposible.

Lamentó no haber intentado colar una pistola en el evento, férreamente vigilado por la OVRA y los mosqueteros del Duce, porque, sin pensar en las consecuencias, habría disparado al dictador.

Estaba desesperado y triste: tras el fracaso de Justicia y Libertad, su hijo no había vuelto a casa y temía lo peor.

Su cara desencajada no podía disimular su angustia.

Había muy pocos representantes de la Iglesia en la cena.

A Hitler no le interesaban y ellos detestaban a Mussolini tanto como a su invitado.

El papa se había retirado a Castelgandolfo con la orden de cerrar los Museos Vaticanos y el cardenal Elia Dalla Costa, arzobispo de Florencia, había declinado la invitación.

En cambio, sí estaba el cardenal Ducci, anciano y prácticamente ciego, con poca influencia, pero históricamente relacionado con los sacerdotes castrenses, un grupo aún numeroso integrado en el Ejército.

Junto a él, un sacerdote corpulento y vestido de negro le hacía de lazarillo.

Matteo vio que el sacerdote ayudaba al cardenal a sentarse antes de ir directo hacia él.

No lo conocía. Nunca lo había visto, pero su cabeza estaba en otro sitio, así que tampoco se fio demasiado de ella.

Llegó con una sonrisa en la cara y le ofreció la mano para que se la besara, luego se la puso a la espalda y agachó un poco la cabeza, en un gesto más amigable que sospechoso.

—Acompáñeme inmediatamente —le dijo con una autoridad que contrastaba con sus modales.

—Yo... ¿Quién es usted?

—Ahora —insistió el sacerdote.

Lo sacó del salón y lo siguió conduciéndolo con la mano en la espalda, alejándolo del comedor.

—¿Qué sucede? —preguntó Matteo, empezando a asustarse.

—No tema. Soy el padre Lobera. Su amiga belga me pidió que lo ayudara si usted lo necesitaba. Y lo necesita. Vienen a detenerlo.

—María José...

—No diga su nombre —lo interrumpió—. Entiendo que no sabe nada de su hijo.

—Andrea.

—Sí. Está en comisaría. Ha tardado más de lo esperado, pero ya ha confesado su identidad. En estos momentos están registrando su palacio, lo buscan. Los criados ya habrán informado de dónde está usted. Debe huir.

—Pero... mi hijo.

—Olvídelo. No podrá hacer nada por él.

Seguían avanzando por un pasillo y dos agentes de la OVRA los miraron de reojo. Por suerte, un cura y un anciano no levantan demasiadas sospechas.

—Se darán cuenta de que mi silla está vacía.

—Tardarán en hacerlo. Yo la ocuparé. No estaba previsto que me sentara.

—El padre Lobera miró a ambos lados y metió de un empujón a Matteo en un pequeño vestíbulo del que arrancaba una escalera de caracol hacia abajo—.

Ahora, escúcheme. La cena va a ser muy rápida.

Lo dejaré aquí. Baje al sótano y espere.

Allí lo recogerá alguien. Dirá que viene de parte de su amiga belga.

Lo sacará del palacio. Todos estamos arriesgando la vida para salvarlo, así que obedezca nuestras instrucciones o todos caeremos. Yo me ocupare de la OVRA.

—¿Y mi hijo?

—Su hijo habrá muerto esta noche si no lo ha hecho ya. No hay nada que podamos hacer ni usted ni yo.

Matteo bajó la cabeza, sintiendo que moría con su hijo, e hizo amago de derrumbarse, se tocó el botón en el que guardaba el cianuro, decidido a ingerirlo, pero Lobera lo agarró por los hombros y lo obligó a mirarlo.

—Jugamos un juego peligroso. Sabemos todos a lo que nos exponemos.

No se derrumbe. Incluso el duelo debe planificarse y usted no puede dolerse aún.

Esté orgulloso. El mundo sería un lugar mucho peor si los que lo tienen que cambiar no hicieran nada para intentarlo.

—Matteo adquirió un rictus pétreo—. No se dé por vencido.

Muerto no nos sirve de nada. Aún tendrá muchas oportunidades para cambiar las cosas.

Por la memoria de su hijo, debe aprovecharlas todas.

—Tiene razón —dijo recomponiéndose y soltando el botón—, ahora más que nunca. Gracias. Gracias por salvarme.

—Déselas a su amiga belga —replicó Lobera, al tiempo que le ponía una mano en el brazo y le daba fuerza.

Poco después, escondido entre basura y cajas de fruta vacías, Matteo Maratti abandonaba el palacio Medici Riccardi con destino desconocido. No volvería a ver su casa en mucho tiempo.

En el comedor las cosas no salían como Carlo Leone hubiera deseado.

Vio a un sacerdote sentarse en la mesa contigua justo cuando los discursos empezaban.

En la suya tenía alrededor a diferentes personalidades de la ciudad: aristócratas, terratenientes, algún alto funcionario.

No había conseguido acercarse al Führer ni al Duce, y ninguna de las conversaciones de la cena le interesó.

Alzaba el cuello observando a los demás invitados, buscando complicidades más relevantes, y todos los que compartían mantel con él se dieron cuenta de que no le importaban.

Era cierto. A Carlo, cada vez más, le interesaban únicamente él y sus problemas, que no estaba resolviendo.

Como les sucedía a todos los arribistas, en cuanto la sociedad había asumido su afición a trepar, sus métodos se habían hecho más evidentes.

Carlo disimulaba poco porque ya todos sabían lo que era, y, mendigando la relevancia, se mostraba él mismo irrelevante, poca cosa.

Los banqueros que le habían abierto los brazos cuando era el educado y discreto marido de Flavia Viel ahora lo desdeñaban porque comprendían que era un alpinista social de mucha fachada y poco fondo.

Mientras, en su cabeza, Carlo se repetía: «Malditas deudas. Maldita Flavia. Maldito Rezola».

Se dio cuenta de que odiaba más a Juan Rezola que a sus problemas porque lo culpaba a él de todos. Así, su voluntad empezó a volverse irracionalmente hacia un único objetivo: acabar con el falsificador que impedía que pudiera dar el cuadro a la mafia y que, además, había enamorado a su mujer.

Vio a Dino Alfieri levantarse de la mesa. El ministro de Cultura Popular era el encargado máximo de la brillantez de aquella cena y su valedor en ella. Sin disculparse ante los comensales que se sentaban junto a él, se levantó también y lo siguió.

El ministro, de elegantes maneras, esbelta figura y cara ovalada con fino bigote, era impecable y altivo, pero, al verlo acercarse, se dulcificó un poco y le sonrió.

—Señor Leone. Espero que esté disfrutando de la velada.

—Mucho, señor ministro.

—El colofón de la noche aún está por llegar como sabe. Estamos todos deseando ver la reacción del Führer.

—El Duce disfrutará ofreciéndole el regalo.

—Oh, sin duda, aunque no estará presente. Yo lo haré en su lugar. Nuestro líder debe descansar. Estas jornadas han sido extenuantes incluso para alguien con su energía.

Carlo se decepcionó un poco. Luego hizo una petición que lamentó no haber hecho mucho antes.

—¿Podría acompañarlo?

El ministro torció un poco el gesto.

—No. Desde luego que no. ¿Por qué debería estar usted?

—Porque el cuadro era de mi familia. —«Y porque me encantaría que el Führer y el Duce lo tuvieran presente», pensó para sí.

—Eso no importa ya. Su familia recibirá el agradecimiento del mismísimo Duce una vez que todo haya pasado. ¿Cuál sería su utilidad en el palacio Pandolfini? ¿Para qué querría estar allí? No puede haber demasiada gente.

Carlo no tenía respuesta para eso. Su cabeza, desordenada y confusa, lo traicionó, mezclando hechos y conceptos inconexos.

Flavia y sus planes para cambiar la obra auténtica por la copia de Rezola.

Su necesidad de tener el original para pagar a la mafia.

El deseo de matar a Juan Rezola para que no lo delatara si, finalmente, tenía que hacer pasar su copia por el auténtico retrato de Colomba Corsini.

Catalizó una respuesta absurda e, incauto, la lanzó, apremiado por la mirada incisiva de Alfieri, arrepintiéndose de cada palabra que pronunciaba un segundo después de haberlo hecho.

—Porque he visto el retrato de Colomba Corsini un millón de veces... y podría comprobar que es el mismo que estaba en Faggio. La obra auténtica de Botticelli.

Instantáneamente, Alfieri endureció el gesto y se acercó a él, amenazante. La mera idea, la más lejana posibilidad de entregar un cuadro que no fuera auténtico al hombre más poderoso de Europa, lo sublevó, porque se parecía demasiado a querer engañarlo. Aquello no estaba yendo nada bien.

—¿Por qué iba a ser falso? ¿Por qué? —Se acercó un poco más a Carlo, nervioso y molesto—.

Es el que se recogió en su casa, se ha guardado en una cámara acorazada con el resto de las obras y está vigilada permanentemente.

¿Acaso tenían un cuadro falso? ¿Ha intentado engañarnos?

—Nervioso, apuntó con el dedo índice al pecho de Carlo, que se asustó y se arrepintió de inmediato de lo que había dicho.

—Por... por supuesto que no es falso. Es auténtico. Mi suegro... Los Viel... no tienen falsificaciones. Su Botticelli ha sido estudiado por innumerables expertos. Es una obra maestra, verificada a lo largo de muchos siglos.

—Eso es. Pues... ¡no diga sandeces! —le exigió Alfieri, tranquilizándose un poco, pero con la sensación de que algo muy extraño acababa de suceder—.

El Führer se irá con cuadros tan auténticos como la amistad del pueblo italiano.

—Lo miró de arriba abajo con desprecio—.

Y por Dios, apártese de mí y siéntese. Uno no deja su silla vacía en la mesa si no es para ir al cuarto de baño o por una urgencia.

Carlo supo que cada segundo con el ministro empeoraba las cosas. Se dio la vuelta y aceleró el paso.

—Este hombre es muy torpe —escuchó decir sobre él a su espalda.