68. PLAN FALLIDO
PLAN FALLIDO
—Tu copia es perfecta —insistió Flavia en el sótano de Via San Gallo.
Acababa de encontrar a Juan allí, cuando ya había acabado el túnel y las entrañas de la iglesia de San Giovannino y el jardín del palacio Pandolfini se comunicaban por su obra y gracia.
Había dado por hecho que, tal y como le había pedido, Juan estaría alejándose de Florencia, o por lo menos lejos del epicentro de la operación que ella se había obligado a realizar sola.
Pero el español era tozudo y la quería, lo que complicaba mucho las cosas.
Rezola se había encontrado con Bandinelli y este le había explicado que había visto el cuadro original nada menos que la noche anterior, en el lugar en el que estaba en aquel momento y durante una hora.
Un experto en arte había contemplado con detalle la obra original y, si actuaban según el plan de Flavia, contemplaría la copia en pocas horas.
Juan quería que abortara la operación porque estaba seguro de que el ojo del profesor Bandinelli detectaría el engaño.
Ella se resistía a que todo su trabajo acabara de aquella forma.
La rabia y la impotencia iban camino de consumirla.
—Mi copia es muy buena, pero la he hecho a partir de fotografías y cuadros similares, del mismo autor y época.
He utilizado pigmentos antiguos, he pintado sobre un lienzo viejo y parecido; he hecho todo lo posible, pero, si colocas los dos cuadros, uno al lado del otro, un ojo experto detectará que no son el mismo.
Es un Botticelli perfecto, pero distinto al que os requisaron.
Perfecto para engañar a cualquier aficionado, incluso a un experto, pero no a Ranuccio.
Jamás pensamos que alguien del nivel de Bandinelli vería los cuadros.
Los dos. Menos aún en un intervalo tan corto de tiempo.
En la mente de Ranuccio, los cuadros estarán así —dijo poniendo sus manos una al lado de la otra— uno junto al otro.
Los podrá comparar pese a tener uno delante y el otro en su cabeza.
Él mismo me ha dicho que estuvo una hora observándolo ayer mismo. ¡Ayer, Flavia!
—Es igual, ni yo misma reconocería la copia y he visto ese cuadro en un millón de ocasiones —intentó convencerse.
—Sabes que no. Lo sabes. Flavia. Lo siento de veras, pero, si quieres salir con vida de esto, hay que abortar la operación.
—Me arriesgaré.
—No lo harás. Todos preferimos perder un cuadro que perderte a ti. No dejaré que lo hagas, aunque tenga que atarte de pies y manos o amordazarte.
La realidad se imponía al deseo. La cabeza ganaba al corazón.
Rendida, de vuelta al ático de Juan, tumbada en su cama, Flavia se negaba a hacerse a la idea de que todo acabara allí.
Era tan tozuda como Juan, pero más inconsciente, y, pese a que las circunstancias obligaban a retirarse, hubiera bastado un débil argumento positivo para que volviera al túnel y cambiara el cuadro, pasara lo que pasara. Su impotencia crecía por momentos.
Pero había algo que no sabía.
Mirándola desde una silla, mientras su cabeza bullía, Juan Rezola no se había rendido aún.