El falsificador 67. LA BOMBA
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67. LA BOMBA

LA BOMBA

Cuando Ludo regresó a la buhardilla desde Via Calimala y comprobó que Santo Testa había escapado, dio por seguro que estaría en la iglesia de San Carlo y muerto.

Poco antes ella misma había hecho llegar el mensaje urgente que tenía preparado a los carabinieri informando del atentado que se preparaba contra el Duce en el templo, indicando que cuatro activistas de Justicia y Libertad estaban apostados allí para dispararle.

Al final habían sido cinco. Santo había sido muy necio y ahora su padre pagaría su muerte.

Era triste, porque el clan de los Testa solo podría continuar con un sobrino una vez extinguida la línea principal.

Por lo que a su plan se refería, todo había salido según lo planeado, y a lo lejos veía con claridad el Fiat Torpedo que llevaba al Duce, al Führer y a Bandinelli acercarse inexorablemente al lugar donde la bomba estallaría.

La calle estaba atestada y el buzón que contenía el TNT se escondía tras las espaldas de los florentinos.

Aunque al paso de la comitiva se separara a las personas de las aceras, era imposible que no hubiera más víctimas.

Tan solo esperó que ninguna salvara al Duce con su cuerpo.

Por la potencia del artefacto, parecía muy difícil.

Ludo pensaba las cosas hasta el momento de ejecutarlas, llegado ese punto, simplemente actuaba.

El tiempo de echarse atrás había pasado.

Nunca sabría el cómputo final de personas a las que iba a salvar matando a Mussolini, y quién sabe si incluso al Führer.

En la iglesia de San Carlo ya había provocado el primer martirio.

Todo compensaba si se consumaba el magnicidio.

Las motocicletas pasaron y ella cogió el detonador. Luego pasó el primer coche oficial. Desde arriba vio a Ranuccio Bandinelli agacharse en el asiento del copiloto, como rebuscando entre sus botas.

Cuando el Fiat Torpedo de los dictadores llegó a la altura del 25 de Via Calimala, frente a un buzón que nunca antes había estado allí, presionó el detonador.

—¿Qué hace, profesor? —le dijo el chófer a Ranuccio—. Va usted en el coche del Duce, muéstrese con dignidad.

Bandinelli hizo caso omiso, apretando la mandíbula y cerrando los ojos a la espera de la explosión.

Llevaba la camisa de seda densa que, según Ludo, haría de escudo antibalas, lo que sumado a sus nervios le hacía sudar profusamente.

A su alrededor el ruido de la multitud lo llenaba todo a la espera de que la tragedia le arrebatara el protagonismo.

La bomba iba a provocar muchas muertes, incluida la suya, cada vez lo tenía más claro.

—¡Álcese! —le repitió el chófer—. Vamos a llegar a la plaza Vittorio Emanuele y no pueden verlo ahí hurgando en el suelo del coche. ¡Demonios! —insistió—. ¡Póngase recto!

El profesor tardó unos segundos en procesar lo que había oído.

Luego se preguntó: «¿Plaza Vittorio Emanuele?

». Alzó poco a poco la cabeza y después se irguió.

Habían pasado por delante de la bomba y no se había producido la explosión.

Se giró hacia atrás para mirar el lugar donde el atentado tendría que haber cambiado la historia y se encontró con la cara del Duce, sano, vivo, serio y lleno de sí mismo.

Sus miradas se cruzaron un instante. Ranuccio deseó que su sorpresa y su miedo no se reflejaran en sus facciones.

Si lo hicieron, no hubo consecuencia alguna y el Duce volvió a mirar hacia el lado del coche donde miles de personas lo vitoreaban.

No sabía por qué, pero se había salvado. Y también Mussolini.

Ludo maldijo a Santo sobre todas las cosas. Al tirar del cable del detonador, comprobó que estaba suelto, cortado, y solo el hijo del capo de la Sociedad Honorable podía estar detrás del sabotaje.

Era un buen chico que no entendía que el bien mayor conlleva sacrificios mayores.

Quizás a esa hora ya lo comprendiera, pero, antes de escapar de la buhardilla en la que Ludo lo retenía, Santo Testa había conseguido que la operación que llevaban meses planeando fracasara.

Se lo imaginó contemplando la calle llena de gente y dándose cuenta de que la bomba iba a provocar una masacre, de manera que había decidido salvar la vida de los inocentes viandantes.

Inocentes. En toda guerra hay inocentes, y la Sociedad Honorable estaba en guerra contra el fascismo.

Ludovica tenía muy asimilado que era la sangre de los inocentes la que había regado los campos de batalla, no la de los que provocaron las guerras.

Dos atentados boicoteados. El de Justicia y Libertad por obra de la Sociedad Honorable. El de la Sociedad Honorable por culpa de Justicia y Libertad. El día arrojaba una lección: siempre era preferible pactar con un enemigo declarado que con un amigo disfrazado.

Se tiró sobre la cama rabiosa. Debía volver a Roma, pero antes trataría de enterarse de la suerte de Santo Testa.