El falsificador 66. INSURGIR PARA RESURGIR
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66. INSURGIR PARA RESURGIR

INSURGIR PARA RESURGIR

Bandinelli se subió una vez más al Fiat Torpedo a las siete y media.

La salida se había retrasado brevemente y había cierto nerviosismo en la escolta, que esperaba instrucciones.

Ludo le había dicho que un altercado provocaría que el coche se desviara hacia Via Calimala, así que temió que fuera ese misterioso hecho el que estuviera provocando el retraso.

De fondo, a lo lejos, creyó oír algún disparo, pero había tanta gente y el ruido que provocaban era tan intenso que no supo distinguir si el sonido había sido real o solo imaginación suya.

Al fondo de la Piazza della Signoria vio que los carabinieri apartaban a la gente y colocaban vallas en otra dirección. Un mosquetero del Duce se acercó al coche e informó al chófer, que, susurrando nervioso, trasladó los hechos a Ranuccio.

—Acaban de desactivar un atentado. Otra vez los de Justicia y Libertad. Pistoleros escondidos en la iglesia de San Carlo. Nos van a desviar para evitar el tumulto. Parece que el Duce se ha vuelto a salvar.

«No lo creo», pensó Bandinelli, seguro de que evitaban el mordisco del perro para meterse de lleno en la boca del lobo.

Entonces, la comitiva se puso en marcha.

Primero, las motocicletas, después un primer coche oficial.

Tras ellos, el enorme Fiat Torpedo se abría paso a través del cordón que los separaba de una multitud eufórica agitando banderines italianos y alemanes y alzando los brazos para saludar a los dictadores sentados a pocos metros del profesor.

Tras el coche principal, otros dos, un pequeño furgón y cuatro motocicletas más cerraban la comitiva.

La confirmación de que el «altercado» del que Ludo le había informado se había producido llegó casi de inmediato.

El coche se iba a desviar del recorrido inicialmente planeado.

El profesor supuso que, en el vehículo que ocupaban, solo él y el chófer sabían por qué.

En lugar de enfilar Via Calzaiuoli, la procesión de vehículos entró por una calle más adelante, Via Calimala.

Ranuccio intentó que nadie notara que empezaba a temblar mientras, lentamente, el Fiat avanzaba.

El orden se desbarató un poco pese a que nadie imaginaba el peligro al que se aproximaban.

La calle no estaba acordonada, así que la circulación era más dificultosa y la escolta de Mussolini y los carabinieri apartaban como podían a los viandantes, obligándolos a quedarse en las aceras y a no ocupar la calzada.

Ranuccio se preocupó muchísimo al ver que había tanta gente. Quizás la bomba acabara con la vida del Duce, pero lo que era seguro es que muchos inocentes lo acompañarían en su viaje. Iba a ser imposible que no se produjera una masacre.

A pocos metros, en la iglesia de San Carlo, la alarma ya no era una hipótesis, sino una certeza.

Antes siquiera de que alguno de los miembros de Justicia y Libertad se hubiera asomado desde donde pretendían disparar, cuatro coches de la OVRA y varios carabinieri habían llegado a la puerta cerrada del templo.

El pánico en Via Calzaiuoli se desató rápidamente y la gente empezó a alejarse de la fachada de la iglesia y de los edificios contiguos.

Santo había llegado tan solo media hora antes, y, sin demasiadas explicaciones, zanjó las preguntas de sus compañeros con un «tenía que estar aquí» y un «os explicaré todo luego» que en realidad no estaba seguro de que llegara nunca.

Le inquietaba la seguridad con la que Ludo había asegurado el fracaso de la misión, pues desconocía si se sustentaba en algo que él no conocía.

Pese a ello, se dijo que no podía abandonar.

Que debía estar allí. Que la vida no merecería la pena si se salvaba sin arriesgarse y sus compañeros morían haciendo lo que debían o, peor aún, si descubría que de alguna manera su padre podría haber evitado el desastre y no lo había hecho.

Estaban revisando las armas cuando escucharon los coches en la calle.

Los gritos que los siguieron.

Los golpes en el portón del templo.

No habían efectuado ni un disparo y ya los habían descubierto.

Santo miró a Andrea Maratti asustado, esperando una respuesta, una solución que él tampoco conocía.

Los otros integrantes del comando hicieron lo mismo, pero nadie sabía qué hacer aparte de huir.

Huir antes de actuar. Actuar para que todos pudieran huir.

—Por la sacristía. ¡Corramos! —indicó Andrea.

Bajaron las escaleras saltando, volando de una planta a otra, y se asomaron a la nave cuando el portón que la comunicaba con la calle ya crujía a punto de romperse.

En la sacristía escucharon un instante con la oreja pegada a la puerta en un intento poco fiable de saber si había alguien al otro lado.

La vía de escape hubiese funcionado en el instante posterior al atentado, cuando todos se preguntaran de dónde provenía el tiro, pero era muy precaria en la situación en la que se encontraban, con el templo vigilado.

El lateral de la iglesia estaba demasiado cerca de los policías que trataban de derribar la puerta principal. Con todo, no tenían otra opción.

Cuando la puerta se abrió, Santo pidió en vano que esperaran, pero los tres más jóvenes, inexpertos y asustados, salieron al exterior corriendo. Una ráfaga de balas indiscriminada no preguntó por sus intenciones. En pocos segundos su sangre teñía los adoquines.

Andrea miró a Santo.

—Escóndete en el templo. Yo me entregaré. Diré que no hay nadie más.

—¡No! ¡No lo hagas! —intentó Santo.

—Tu padre tiene maneras de salvarte y esconderte. Yo no. Buena suerte, amigo mío. ¡Viva la libertad, viva la justicia! Hay que insurgir para resurgir —dijo repitiendo los lemas de su organización—. Corre, ¡escóndete! —le ordenó.

Luego salió a la calle con los brazos en alto, convencido de que recibiría una ración de tiros similar a la de sus compañeros. Para su sorpresa, un policía lo tiró al suelo y lo inmovilizó. No estaba seguro de que aquello fuera mejor que morir.