El falsificador 65. PREPARADOS
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65. PREPARADOS

PREPARADOS

Ludo había colocado la bomba por fases y sin despertar la más mínima sospecha. Se beneficiaba de la multitud de obras que se remataban en la ciudad para que nadie se fijara en ella.

Había dejado instalado hacía semanas el cable que, pegado a una bajante de agua del tejado, conectaba el artefacto explosivo con el detonador, ubicado en la buhardilla del edificio.

El buzón de la Regie Poste cargado con TNT llevaba tres días colocado en un lugar en el que nunca había existido un buzón.

Ludo imaginaba que ya tendría alguna carta en su interior, aunque solo ella tenía la llave para abrirlo.

Su colocación había sido muy sencilla y en pocos minutos la caja de metal fundido rojo decoraba la pared del lado izquierdo de Via Calimala.

No podía evitar sonreír cuando se recordaba vestida de funcionaria de Correos.

Su aspecto nunca daba la más mínima idea de su letalidad.

En un alarde de consideración, el continente de la bomba había sido fabricado con metal muy grueso por los lados y muy fino en el frente, de forma que la explosión fuera dirigida hacia delante, por donde pasaría Mussolini.

Era una suerte que la mafia siempre dispusiera de los explosivos necesarios.

Tener que robar en obras o en almacenes y minas siempre levantaba sospechas y dejaba una pista fácil de seguir para la OVRA, que llevaba años evitando atentados y vigilando a cualquiera al que se le pasara por la cabeza cualquier acción contra el Duce.

Con todo, se había resignado a que hubiera víctimas colaterales. Muchos tendrían menos oportunidad de salir con vida del atentado que el mismo Bandinelli, que quizás lograra sobrevivir. O quizás no. Aquella era una operación con mártires necesarios.

Miró hacia un lado de aquella buhardilla polvorienta. Sentado en la cama, enrojecido de ira, Santo Testa la miraba fijamente. Llevaba un día y medio secuestrado y no habían intercambiado ni una sola palabra.

—Ya queda menos —le dijo—. En unas horas todo habrá acabado, y, si va como prevemos, tú te salvarás y Mussolini habrá muerto. Pórtate bien.

Se acercó y le quitó la mordaza. Luego le dio a beber de una botella de agua que él sostuvo como pudo con las manos atadas. Cuando acabó, Ludo le secó la barbilla mojada.

—Si actúas desde aquí, será fácil que te atrapen... y a mí también —dijo él.

Estaba indignado, pero había estado pensando.

No iba a participar en el atentado, pero, si se quedaba en la buhardilla de Ludo, lo atraparían y pensarían que había sido partícipe.

Había visto el detonador y el cable que salía por la ventana, así que sabía que ella no iba a disparar, sino a accionar una bomba al paso del coche del Duce.

—No te preocupes. En cuanto haya sucedido, saldremos por el tejado hacia el otro lado.

La buhardilla del edificio contiguo da a una escalera que baja hasta el sótano, donde este se comunica con el de una frutería.

Su furgoneta está a mi disposición para abandonar rápidamente la ciudad.

Yo me ocuparé. No me han cogido antes y no lo harán ahora.

—Eso no lo sabes.

—Sí que lo sé. Pero el primer paso para que las cosas sucedan como uno quiere es creer que así será.

Ya falta poco. Me acercaré a la Signoria para ver cómo va todo —mintió Ludo—.

Se les oye desde aquí. ¿Cuántas veces deberá la humanidad encumbrar a esta clase de tiranos antes de ver su verdadera cara?

¿Cuántas veces alimentaremos a mediocres lagartijas hasta convertirlas en dragones que nos ataquen y nos quemen?

—Santo no dijo nada. Ludo volvió a amordazarlo—.

Siento de veras tratarte así, pero, sencillamente, no puedo dejar que mueras...

creo que tus amigos de Justicia y Libertad lo van a hacer.

En cualquier caso, tienen mi admiración.

Hace falta mucha más gente valiente en este mundo.

Morirán por la libertad y la justicia, piénsalo así.

Lo único importante es que también muera Mussolini, y, si de algo puedes estar seguro, es de que mi bomba no va a fallar.

Lo dejó allí y salió de la buhardilla cerrando con llave la puerta.

Santo se levantó como pudo y se acercó a la botella que Ludo había dejado sobre las baldosas.

Luego, aún atado de pies y manos, saltó sobre ella y cayó al suelo al tropezar.

La segunda vez tuvo éxito y el recipiente se partió en varios trozos.

Arrodillándose, cogió el mayor y en posición fetal lo acercó a la cuerda que le ataba los tobillos.

Tardó diez minutos en conseguir cortarla, pero con las piernas liberadas le fue mucho más fácil aprisionar el mismo cristal con los pies y cortar también la cuerda de las manos.

Se acercó a la puerta para abrirla, pero estaba totalmente bloqueada y, a su alrededor, en aquella buhardilla vacía, no había nada con lo que hacer fuerza para abrirla.

Miró por la ventana. La calle estaba atestada de gente yendo y viniendo, sin duda en dirección a los diferentes puntos de la calle contigua y de la ciudad por los que pasaría la comitiva.

Podría haber gritado, pero no era seguro que alguien lo oyera.

Entonces recordó la vía de escape que Ludo acababa de señalar, la ruta por la que pretendía huir después del atentado.

Sin dudarlo, fue hasta la ventana trasera, que se asomaba a un mar de tejados, y se dispuso a seguir las instrucciones que minutos antes había conocido. Tenía medio cuerpo fuera cuando recordó la vista de la otra ventana, la que daba a Via Calimala.

Debía actuar.