64. EL DÍA
EL DÍA
El último día de su visita a Italia estaba siendo el preferido de Hitler. Como a un niño consentido, se le habían concedido todos los deseos, y el Führer, que habitualmente se cuidaba mucho de parecer impresionado, era incapaz de disimular su interés por todo lo que veía.
Sí disimulaba como podía Ranuccio Bandinelli, quien, aun pensando que su vida podía acabar en pocas horas, explicaba cada obra de arte, cada monumento, pintura o escultura tratando de que nadie notara ni su miedo ni su nerviosismo.
Hitler le prestaba una atención que no había ofrecido a casi nadie, e, imitándolo, su séquito hacía lo mismo.
El caso de Mussolini y quienes lo acompañaban era todo lo contrario.
Como el Duce se aburría y tan solo esperaba que las explicaciones de Ranuccio fueran breves, sus acompañantes actuaban igual.
Al principio el profesor pensó que quizás estuvieran acostumbrados a lo que veían, pero luego se convenció de que aquellos hombres no se habían interesado nunca por el arte.
Todos salvo Hitler deseaban que la visita a Italia concluyera.
Enfilaban el Corredor de Vasari en el tramo del Ponte Vecchio, evitando al pueblo llano como habían hecho los Medici, a seis metros por encima del bullicio de tiendas y multitudes.
El corredor, estrecho y bajo, había mejorado su iluminación gracias a la ampliación reciente de algunas ventanas y, si bien su aspecto era de sobria desnudez, las vistas eran espectaculares, y conseguía el efecto de estar sobrevolando los tejados rojizos de la ciudad.
Cuando las explicaciones cesaban, se oía el murmullo vibrante de la vida a sus pies.
—Volveré a Florencia algún día —le dijo Hitler a Ranuccio antes de asomarse al Arno—, me gustará que me acompañe también entonces. Un día es insuficiente para ver tantas maravillas.
—Lo acompañaré encantado, mi Führer —respondió él, pensando en lo diferente que sería su impresión al final del día.
Ranuccio había llegado la noche anterior a la ciudad para revisar la exposición del palacio Pandolfini, de la que había tenido noticia ese mismo día.
Se había ido a dormir tan intranquilo como las noches pasadas, pero también estaba indignado.
Que Mussolini pretendiera regalar aquellas obras maestras daba una idea del valor que le daba al arte.
Luego pensó que, cuando el atentado se produjera, todo quedaría en suspenso, incluida la visita a aquella exposición y las pretensiones de los alemanes de llevarse las obras. En su cabeza quería que el atentado triunfara, pero que lo ejecutaran sin su colaboración.
Eran las seis y media y el sol seguía tostando la capital de la Toscana.
Tras pasar por la Galería de los Uffizi y ofrecer detalladas explicaciones, dejó a las dos delegaciones en el Palazzo Vecchio y se acercó a comprobar que todo estaba en orden en el palacio Medici Riccardi para la cena.
Poco después decidió airearse paseando hacia el río.
Funcionaba con dos identidades. Por un lado, el organizado guía verificaba que nada de la visita fallara.
Por otro, el cómplice necesario de un magnicidio lo miraba todo con la nostalgia de no saber si lo contemplaba por última vez.
De haber tenido valor, hubiera echado a correr para escapar de Florencia, pero se habría convertido rápidamente en el sospechoso número uno, sobre todo tras el atentado.
Tenía que subirse al coche, agacharse en el número 25 de Via Calimala y rezar lo que supiera para que la carrocería sólida del Fiat Torpedo lo salvara.
Se acercó al río, encendió un cigarrillo y se quedó mirando su corriente imperturbable y la vida que seguiría cuando él ya no estuviera.
Nunca pensó que ser profesor de arte o arqueólogo pudiera haberlo llevado a semejante situación.
Al girarse, vio una cara amable caminando hacia él.
—Rezola —dijo obligándose a sonreír. Sus encuentros con el pintor siempre le habían sabido a poco. Compartían su pasión por el arte, por la cultura mediterránea, y se interesaban mutuamente, de forma que la conversación con él siempre era agradable.
—Ranuccio —dijo Juan, tendiéndole la mano—. Lo hacía entregado a sus altas responsabilidades.
Al profesor le pareció que lo decía por cortesía. Quizás fuera solo una sensación, pero el español no parecía fascista.
—Están en el Palazzo Vecchio. He aprovechado para comprobar que todo está bien en el Medici, a donde irán luego, y me he acercado a respirar un poco.
—Parece que tienen un día intenso.
—Sí, lo tenemos todos, pero el Führer no se cansa del arte. Además, en el palacio Pitti le han preparado unas estancias para que se repusiera. A todos nos ha dado la sensación de que no hacía falta. Enseguida ha querido seguir con la visita y hemos ido hacia los Uffizi.
—La ciudad está muy bonita con todo tan engalanado y limpio —dijo Juan. Ranuccio volvió a detectar algo de ironía en su tono.
—¿Le parece? —inquirió, harto de disimular.
Enseguida rectificó—: Discúlpeme, es solo que la Gestapo es agotadora.
Hemos repetido el recorrido tantas veces que he perdido la cuenta.
Parece que deba ser yo el que garantice la seguridad de herr Hitler.
—«Eso sí era irónico», pensó—. La visita, eso sí, está resultando un éxito.
El Führer ha disfrutado mucho en Roma y aquí parece que lo está haciendo todavía más.
Fue entonces cuando el español lanzó un comentario curioso. Uno que más tarde le haría pensar.
—Mientras no se lleve nada, no hay problema.
Ranuccio lo miró. ¿Sabía algo Rezola? ¿Era posible que la exposición de los regalos no fuera tan secreta como pensaba? Cuando dejó de sospechar, volvió a sonreír.
—Nada que usted vaya a echar de menos —dijo pensando en aquellas obras de arte desconocidas para el público general—. Tiene suerte. No se echa de menos lo que no se ha visto nunca.
—Diríase que usted no está en la misma situación.
—No. No lo estoy —replicó él—. Pero el arte siempre ha sido un elemento útil para la diplomacia.
Las obras más extraordinarias han ido de un lugar a otro del mundo: Goyas españoles a Londres, obeliscos egipcios a París, tapices gobelinos a Madrid...
Así que supongo que hay que asumir las cosas como son, aunque a veces entristezcan.
—Intentaba convencerse sin éxito, probablemente sus palabras tampoco convencieran a Juan—.
Es tan solo que anoche vi un... —Se contuvo como pudo, aunque deseara con todas sus fuerzas comentar la situación para aligerar el peso de conocer tal información.
La cara de Juan Rezola cambió un poco y su expresión, más que de curiosidad, pareció de miedo.
—¿Qué vio?
Ranuccio dudó. Luego se dijo que qué más daba ya.
—Un cuadro. Varios en realidad, pero uno era realmente mayúsculo.
Es una especie de exposición de la que el Führer podrá llevarse lo que quiera.
Cinco cuadros. Llegué anoche a Florencia para verlos.
Uno me encandiló por su calidad. Se trata de un retrato maravilloso.
Una mujer que deberá seducir al Führer...
y que seguro lo hará. Pese a estar acostumbrado a tener ante mí grandes obras, tras una hora frente a ella difícilmente borraré de mis retinas tal belleza.
A nuestro afortunado invitado le agradará el regalo, no me cabe duda.
Pocos hay mejores. Pero reconozco que me será difícil ver cómo se lo entregan.
Le sorprendió ver a Juan palidecer, pero, si era tan amante del arte como él, era lógico que se apenara por el hecho de que aquel cuadro se perdiera para siempre en algún salón alemán.
Enseguida lo escrutó un poco más: ¿era pena lo que veía en sus ojos?
Por un instante le pareció que su expresión era de pavor.
—Pero no se preocupe demasiado... —continuó, intentando tranquilizarlo—. Ni usted ni la inmensa mayoría de los italianos la añorará... —Estaba hablando demasiado—.En fin. Debo volver —dijo, tirando el cigarrillo al río—. Siempre es un placer verlo.
—Lo mismo digo —replicó Juan—, quizás cuando esté más tranquilo deberíamos organizar un encuentro.
—Descubrirá a otra persona, se lo aseguro. Mi misión actual es un gran honor, pero una responsabilidad agotadora también.
Se dieron la mano y Ranuccio vio a Juan alejarse con paso ágil y con la sensación extraña de que se le pasaba algo importante por alto.
En cualquier caso, ya era bastante con lo que tenía encima.
A su alrededor, la gente, cada vez más numerosa, avanzaba en dirección a la Piazza della Signoria, presidida por el Palazzo Vecchio en el que los jerarcas y sus séquitos se encontraban.
A las siete le habían pedido que estuviera preparado para subir de nuevo al coche.
Agradecía que le hubieran hecho fotos. Si sobrevivía, servirían para recordar aquellos días, para evitar que se borraran de su memoria como un evento traumático y que en su vejez no pudiera discernir si habían sido reales o solo una pesadilla.
Cuando el coche de los dictadores avanzaba por las avenidas de Roma o Florencia, rodeado de multitudes que alzaban el brazo ante aquella comitiva que a veces contaba con más de veinte vehículos y que el suyo presidía, le costaba entender las sensaciones que lo recorrían.
Cuando veía a Mussolini a un lado y a Hitler al otro, sentados detrás de él, seguía impresionándole haber acabado allí.
El problema principal era que no quería que su vida también acabara allí.
Abriéndose paso entre miles de personas, alcanzó la fachada almohadillada y marrón del Palazzo Vecchio y saludó a un carabiniere que enseguida le franqueó la entrada a la zona acordonada donde esperaba el coche. A su alrededor todo el mundo miraba hacia el pequeño balcón del centro de la fachada.
Estaba esperando como todos los congregados allí cuando vio a un grupo de policías ponerse nerviosos, recibir instrucciones de un superior y salir apresuradamente hacia un lateral del palacio para alejarse con sus motocicletas por la calle trasera.
No supo a qué se debía aquel movimiento, pero su corazón empezó a acelerarse.
Instantes después, la multitud empezó a lanzar vítores y sobre su cabeza vio a los dos dictadores asomarse al balcón exultantes.
La concurrencia enloqueció y Ranuccio pensó que, una vez más, los gobernantes creían que la opinión de los que los vitoreaban era más válida y general que la de los que se habían quedado en casa.