63. SALVADO
SALVADO
Ludovica estaba acostumbrada a hacer muchas cosas a la vez y a no quejarse jamás, pero don Gonzaga Testa la había cargado con un trabajo inesperado cuando sobre su espalda ya se acumulaban importantes labores.
No se equivocaba. Ludo iba a delatarlos.
Ya tenía preparada una carta para avisar a los carabinieri, así que, irremediablemente, aquellos jóvenes idealistas e inocentes iban a convertirse en mártires.
Tratando de esquivar el tumulto que provocarían para detenerlos, la policía mandaría el coche del Duce directo a la trampa que la Sociedad Honorable le había preparado.
Pero claro, Santo no podía verse involucrado.
Por algo era el único hijo que le quedaba a don Gonzaga Testa.
Ludo decidió enviar una nota al palacio Maratti y quedar con él, segura de que acudiría a la cita en busca de explicaciones.
Lo citó junto al Duomo y, a la hora acordada, lo vio llegar puntual, solo y enfadado, exactamente como había previsto.
—Basta de engaños —le dijo él nada más verla.
—Eres muy listo —replicó ella, que no estaba del todo segura de aquella afirmación.
—Dile a mi padre que no le perdonaré que haya jugado de esta manera con mis...
—Oh, no, no, no... No seamos tan dramáticos. Claro que lo perdonarás. Pero, aunque eso a mí no me importa nada, si es lo que le quieres decir, hazlo tú mismo.
—¿Qué es lo que tramáis? ¿Por qué me sacasteis de Florencia?
—¿Tan difícil es de adivinar? Tu padre solo tiene un hijo, tú. No quiere que mueras. Moriría él a la vez.
—¿No confía en el plan que él mismo ha trazado? Te recuerdo que has sido tú la que sugeriste que nos apostáramos en la iglesia de San Carlo, el plan de escape, la idea de disparar desde...
—Lo sé. Pero no hay ningún plan perfecto.
—Ese os lo reserváis para vosotros, para la Cosa Nostra.
—A tu padre no le gustaría que llamaras así a la...
—Sociedad Honorable —la interrumpió—. Me da igual, estoy harto de sus intrigas y traiciones.
—Tenemos otro plan —replicó Ludo muy tranquila—, no te equivocas. Se activará si falla el vuestro. Ojalá no haga falta.
—Mi padre nunca dejaría esto en manos de otros —musitó Santo, pensativo y confuso.
—Tienes mucha razón. Pero no sois «otros».
Tú lo has dicho. Os hemos dicho dónde esconderos, desde dónde disparar, os hemos dado el recorrido del coche del Duce y la vía de escape.
¿No te das cuenta? Tu plan, vuestro plan, es el de la Sociedad Honorable.
Es el plan de tu padre. —Ludo no mentía, aunque el papel de Justicia y Libertad en ese plan fuera sacrificarse.
—No el plan completo —matizó él. «Quizás no sea tan tonto», pensó Ludo.
—Tienes razón. Acompáñame.
Santo asintió en silencio y la siguió hasta Via Calimala, donde ella lo invitó a pasar al interior de un edificio antiguo y silencioso, y a subir las escaleras hasta la buhardilla.
El joven había cambiado la indignación por la incertidumbre, pero no había tenido tiempo de preguntarse si acompañar al lobo a su guarida era una buena idea. No lo era.
—Asómate a la ventana —le indicó Ludo—; si vuestro golpe fracasa, los coches pasarán por debajo y... volveremos a intentar lo mismo que vosotros.
Santo se asomó y observó la calle desde arriba.
Era una de las pocas vías anchas del centro de la ciudad, y por eso sería también la probable ruta alternativa.
Tenía sentido. Desde la ventana, agazapada entre los edificios de su alrededor, dedujo la localización de la iglesia de San Carlo, donde él se iba a apostar.
Iba a pedir más explicaciones, pero por sorpresa Ludo le dio la más elocuente.
Sin tiempo para que pudiera reaccionar, se le abrazó por la espalda colocándole un pañuelo húmedo sobre la nariz y la boca, y lo inmovilizó mientras él trataba inútilmente de zafarse.
El esfuerzo y la búsqueda de aire llenaron sus pulmones del cloroformo que rápidamente lo dejó inconsciente.
Ludo arrastró su cuerpo a un rincón, lo amordazó y, atado de pies y manos, lo colocó sobre el colchón que ella misma había utilizado muchas veces.
Tener a Santo allí era un contratiempo importante y una carga extra de trabajo, pero no podía hacer otra cosa.
Miró el reloj y calculó cuándo despertaría.
Le llevaría algo de comer y le explicaría las cosas.
Si no las comprendía, por lo menos sabría la verdad. Se enfadaría, pero sobreviviría.