El falsificador 62. AMOR Y ENGAÑO
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62. AMOR Y ENGAÑO

AMOR Y ENGAÑO

Santo Testa veía el paisaje de Italia cambiar de tonos desde el interior de su vagón, camino del sur. Camino a casa.

Echaba de menos muchas cosas de Sicilia, pero tenía también muy claro que su vida era mejor porque se había establecido lejos de la isla.

Lejos de su familia. Con todo, el espíritu que formaba parte de él era aquel, más ruidoso, más apasionado, más dramático.

Drama. Tras demasiados dramas, su madre había dado un golpe sobre la mesa y le había apartado de ellos.

Ella había sido la que había sacrificado la unidad familiar en pos de su bienestar.

Conforme se acercaba a su hogar, pasando del verde del norte a los campos labrados del sur, se entristecía pensando en no volver a verla con vida.

La familia era lo primero, por muy lejos que estuvieran y por muy equivocado que fuera el mundo que su padre había heredado y mantenido a su alrededor.

La Sociedad Honorable solo les había traído desgracia, pero Santo entendía que su padre ya no podía abandonarla.

Dentro de la Sociedad el peligro era constante y la guerra jamás acababa, pero fuera de ella para don Gonzaga no había nada.

Prefería ser el capo, mandar en lugar de obedecer. No había posibilidad intermedia.

Su madre había sufrido este estatus desde el primer día.

Se había casado joven con un hombre guapo, valeroso, con abundantes tierras y el respeto de todos.

La habían entregado a Gonzaga sus propios padres, que lo sabían casi todo, mientras que ella desconocía la mayor parte.

Enseguida se resignó. Parió a sus hijos.

Vio morir a uno y se encerró en un mundo en el que solo lo que su marido no podía tocar la hacía feliz, a saber, su hijo Santo y sus pensamientos.

Paralelo a su tristeza, un sentimiento de decepción recorría el cuerpo de Santo desde que había dejado atrás los techos rojizos florentinos.

Había planeado algo que cambiaría la historia, que cambiaría su vida, y había tenido que dejarlo en manos de otros.

No buscaba la gloria, quizás solo un poco; buscaba sobre todo demostrarse que era capaz de la misma determinación que su padre, pero dirigida hacia el bien común.

Sabía que Gonzaga no tenía demasiado respeto a Justicia y Libertad; de hecho, había sido una sorpresa que a través de Ludo les pusiera en bandeja un plan que en otras circunstancias no habría dejado en manos de nadie.

Su padre no delegaba. No lo había hecho nunca.

Este pensamiento le hizo caer en la cuenta de que la colaboración de la mafia con Justicia y Libertad era del todo anómala.

¿Por qué lo habían hecho? Santo, en alguna ocasión, había pensado que podía valerse del apoyo de su padre para alguna de las operaciones de la organización, pero hasta que Matteo Maratti le había pedido que hablara con él, jamás se había decidido.

Matteo creía que la mafia solo colaboraría si Santo se implicaba, pero al final llevarían a cabo un plan en el que él no estaría.

Todo por aquella caída de su madre, que andaba siempre sin prisas y estaba en perfecta forma.

Todo el mundo se podía tropezar, pero su madre rara vez lo hacía porque, además, se movía poco.

Aburrido, Santo miró el trayecto en los billetes: «Florencia, Arezzo, Orvieto, Roma, Formia, Nápoles, Reggio Calabria», leyó mentalmente.

A un lado, tenían el sello de la oficina de viajes que los había emitido.

Borrosa pero visible, aparecía la fecha de compra, en la que no se había fijado.

Estuvo seguro de que Ludovica Conti tampoco.

Eran del 2 de mayo. Su padre lo había llamado el 4 para decirle que su madre se había caído el día anterior, es decir, el 3 de mayo.

¿Habían sacado los billetes un día antes del accidente?

De pronto diferentes datos se ordenaron en su cabeza como las piezas de un puzle: una colaboración inusual entre la Cosa Nostra y Justicia y Libertad, un viaje obligado que evitaba que participara en la operación y, sobre todo, unos billetes comprados antes de que él supiera que tendría que viajar.

Lo habían engañado.

Pensó un poco más y descubrió que era peor aún: si su padre lo apartaba de un plan que él mismo había trazado, era porque sabía que iba a fracasar. Porque había sido diseñado para fracasar.

El tren entraba en la estación de Nápoles y Santo solo quería saltar de este para subirse a uno que lo llevara de vuelta a Florencia. Para asegurarse de que lo que sospechaba era cierto, buscó una última confirmación.

Se acercó a una cabina y pidió conexión con el baglio de la familia Testa. Tras unos minutos, estuvo activa. Santo se puso un pañuelo en la boca y entonó con voz aguda, tratando de imitar la de una anciana.

—Con la señora, por favor —dijo escueto. Al otro lado hubo un instante de silencio.

—¿Quién la llama? —respondió la inconfundible voz de Marcia, la cocinera.

—Su hermana Paola.

Otra vez silencio. Paola era la única hermana de su madre. A veces llamaba. Tenía ochenta años y su voz era tan débil como la conexión telefónica y la imitación de Santo.

—Iré a por ella —respondió Marcia.

Cuando, al otro lado de la línea, Santo escuchó la voz de su madre, tan firme como siempre, colgó directamente y corrió hacia las taquillas.

Necesitaba un billete de vuelta a Florencia, pero no iba a ser tan fácil.

La estación era un hervidero, ruidosa como un mercado, caótica y confusa, y, frente a las taquillas, personas que como él trataban de encontrar un billete se quejaban de la ineficacia y la lentitud del personal en colas desordenadas que serpenteaban por el vestíbulo principal.

No le costó nada averiguar el motivo del inusual bullicio: Hitler y Mussolini habían estado presenciando las maniobras de la Marina Real y pasaban el día en Nápoles.

Volverían esa misma tarde a Roma.

Y necesitaban todos los trenes.