El falsificador 61. TRES CAMISAS NEGRAS
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61. TRES CAMISAS NEGRAS

TRES CAMISAS NEGRAS

María José de Saboya, hija del rey de Bélgica, princesa de Piamonte, mujer del príncipe heredero al trono italiano y emparentada con todas las casas reales de Europa, llevaba varios días sometida a la voluntad de los hijos de un agente de aduanas austríaco y de un herrero.

Por suerte o por desgracia, los prejuicios iban en ambas direcciones.

Para ella, Adolf Hitler y Benito Mussolini eran unos peligrosos advenedizos, llenos de vanidad.

Para ellos su familia era poco menos que el polvo que levanta un caballo poderoso a su paso, inútil y decadente, apenas el recuerdo de una gloria lejana.

Se encontraba en sus aposentos de la Palazzina Reale cuando su cuñada Mafalda apareció en la puerta.

Estaba tan horrorizada con la visita como ella, si no más, pues sentía que el espíritu nazi que había invadido los salones de su casa familiar en Hesse llenaba de pronto los paisajes de su infancia.

El trato que el Führer dispensaba al rey, su padre, era otro motivo de indignación.

—¿Lo has visto? Dime que lo has visto.

—Muti, no sé por qué te impresionas. Además, ¿preferirías que fueran amigos?

—Preferiría que el invitado del rey se mostrara agradecido y que, cuando esté con él, cambiara esa cara de que todo es terrible y prefiere estar con el Duce.

María José y Mafalda no eran especialmente cercanas, pero en aquellos días sus caminos se habían cruzado.

Mafalda había averiguado todo lo posible sobre el entorno de Hitler a través de Eva Braun y se lo había explicado al padre Orso y a María José.

Estos no la habían informado sobre ninguno de sus planes ni de nada que tuviera que ver con Justicia y Libertad, pero la princesa de pronto encontraba una vía de escape para expresar unos sentimientos que, junto a su marido, ferviente nazi, debía ocultar.

Eran dos mujeres fuertes, cada una a su manera.

No eran amigas, pero eran familia, y luchaban por que los peligros de su entorno no se las llevaran por delante.

—Y hay algo más. Me lo ha contado mi marido.

—Felipe parece muy contento por cómo están saliendo las cosas.

—Lo está. Pero esta tarde me ha informado de algo nuevo que me ha sublevado. Al parecer, el Führer se va a ir con un regalo. «Un pequeño souvenir», ha dicho Felipe.

—Te escucho.

—Nada menos que un Botticelli, un Guido Reni, un Guercino, un Caracci y..., ah, sí, un Bellini. Cinco obras maestras.

—Cielos, ¿los han sacado de los museos? Eso no es un regalo, es un expolio.

—Eso he pensado yo. Dice Felipe que varias familias los han donado.

No me lo creo. No me creo nada. Se los entregarán pasado mañana en Florencia, en el palacio Pandolfini, como sorpresa final antes de que acabe la visita.

Han metido a Felipe en la organización. Está muy orgulloso de participar, aunque sea en una cosa tan pequeña.

El Führer estará apenas media hora, y mi marido se va a ocupar de que todo salga bien.

Quiere que un experto esté presente y organizará la seguridad.

Así que hemos lanzado un bonito mensaje: puede venir usted a Italia, despreciar a nuestro rey, no dirigirle la palabra a nuestra reina, y le regalaremos unas cuantas obras maestras.

—Hablaré con el padre Orso. Él tendrá más información.

—No podrá hacer nada.

—Te equivocas, Orso siempre sabe qué hacer con la información.

La princesa María José no se equivocaba, pero tampoco se daba cuenta de la importancia de lo que le estaba explicando al sacerdote.

Hacía días que Orso buscaba información sobre el acto, pero el secretismo que lo rodeaba había hecho difícil que hallara los datos que necesitaba para facilitar la operación que su gran amiga Flavia Viel tenía en marcha.

De pronto se enteraba de que la mejor fuente de información estaba a pocos metros de él, en la Villa Polissena, y que no era otro que el orgulloso príncipe Felipe de Hesse, que, además de confiar en él, estaría ansioso por hablar del tema.

La mente analítica y organizada del sacerdote sabía discernir qué contar y qué ocultar para sacar el máximo beneficio en cada momento; no dijo que sabía lo de aquel regalo al Führer, ni que Flavia estaba en el centro mismo de un intento de sabotearlo, que uno de los cuadros era de su familia y que su plan era sustituirlo por uno falso.

Tampoco le dijo que él mismo había convencido al falsificador que había hecho la copia.

No, el padre Orso no le había dicho nada, y tampoco quiso hacerlo entonces.

Pero, si Felipe de Hesse tenía información actualizada, debía extraérsela.

—Alteza, dígale a su cuñada que organice un aperitivo. Necesito saber más sobre esto —espetó enseguida.

María José se alegró. Necesitaba sentirse útil.

—Ahora mismo. Nada le gustará más a Felipe. Creo que nadie en este recinto lo escucha demasiado cuando habla de Hitler.

Por la tarde, sentados a la sombra de un sauce llorón en el jardín delantero de Villa Polissena, Mafalda escuchaba sonriente a su marido.

Junto a ella, su cuñada María José y el padre Orso lo hacían más aún.

Efectivamente, Felipe había sido honrado con la organización final del acto en el palacio Pandolfini, la exposición y entrega de cinco obras maestras al Führer.

Sería el más sencillo de todos los eventos del viaje, pero alguien hábilmente le había vendido al príncipe que, justo por su carácter secreto, era imposible dejarlo en manos que no fueran de extrema confianza.

Felipe de Hesse se vanagloriaba ante aquel escaso público de ser el depositario de aquella confianza.

Llegados a aquel punto, el acto requería de una escasa organización: traslado de las obras a la galería del jardín del palacio.

Colocación en caballetes. Supervisión de la iluminación y del montaje por el profesor Agostini, a quien solo el padre Orso conocía entre los presentes.

Posible supervisión final por algún otro experto.

Revisión general del jardín, que, dada la fama de cuidadosa de la familia propietaria, era completamente innecesario.

Coordinación de la seguridad previa. Dos camisas negras en el exterior.

Uno en el interior. Horarios. Todo listo a las seis.

Visita del Führer tras acudir al Teatro Communale y al espectáculo pirotécnico.

Mafalda pensó que su marido, además de muy nazi, era muy confiado, lo cual era una combinación fatal. El padre Orso, que pensó lo mismo, agradeció una vez más que la vanidad se llevara tan mal con la discreción.

Tras el aperitivo, llamó a Flavia Viel.

Finalmente, tenía toda la información que necesitaba.