60. UNA IGLESIA MISTERIOSA
UNA IGLESIA MISTERIOSA
Carlo Leone acudió pronto a la Academia, donde había quedado con Tomasso Russo, el subsecretario del Ministerio de Cultura Popular.
Su cabeza era una olla a presión, y sus problemas se acumulaban.
Que Juan Rezola siguiera con vida implicaba que él no pudiera entregar su copia del retrato de Colomba Corsini como pago a la mafia, pues esta ya le había dicho que acudiría al español para verificar si el cuadro en cuestión era el Botticelli auténtico o, por el contrario, una copia realizada por él.
Debía matarlo, pero le faltaba arrojo, y sus contactos en el hampa se habían acabado.
Mientras pensaba cómo hacer que el español desapareciera, decidió que debía mejorar su prestigio, que en círculos financieros era ya inexistente.
La visita del Führer le ofrecía una excelente posibilidad y, aunque había muchos actos previstos, los más notables florentinos se peleaban por acudir a la exclusiva cena que se preparaba en su honor en el palacio Medici Riccardi. Le interesaba asistir a esa reunión.
Si alguno de los banqueros que allí estarían observaba su buena relación con el régimen, quizás cambiara la percepción que tenían de él. Una corta conversación con el Duce o quizás el agradecimiento efusivo de algún alto funcionario del partido podía obrar el milagro. Carlo creía que se lo debían.
Tomasso Russo estaba muy agradecido por la gestión que Carlo había hecho al identificar los cuadros que se iban a mostrar y a ofrecer al Führer.
Dino Alfieri, su superior en el ministerio, le había dejado muy claro que estaban en deuda con él, y enseguida se mostró dispuesto a atenderlo.
Se encontraron en un despacho desordenado y lleno de papeles que se aislaba como podía del incesante rumor de la oficina.
Carlo pensó que era el momento de sacar rédito de sus acciones.
El hombre, insignificante en todo lo físico, se sentó al otro lado de un escritorio y cruzó los dedos de las manos sobre la mesa aguardando su explicación. Tras unos minutos de falsa cortesía, Carlo fue al grano.
—He sabido que hay prevista una cena, un encuentro con el Duce y nuestro honorable invitado el día 9, en el palacio Medici Riccardi.
Tomasso entendió lo que quería y estaba dispuesto a concedérselo. Había recibido la misma petición de otras personas, pero la disposición a ayudarlos del señor Leone merecía que se le concediera.
—Le gustaría asistir —dijo abreviando.
—Mucho. Será un encuentro con buenos amigos y seguro que disfrutaré de la velada. Será un honor.
—Como comprenderá, su mujer no podría acompañarlo. El Führer no se lleva bien con los judíos.
—Lo comprendo perfectamente, me pasa lo mismo a menudo —dijo socarrón—: yo no soy judío. —Tomasso se rio.
—En ese caso, delo por hecho.
Conseguido el objetivo de la reunión, Carlo quiso volver sobre el tema que había propiciado su buena relación con el ministerio.
—Quería saber cómo va el asunto de la exposición de los cuadros de los que le di noticia. Los que le presentarán al Führer.
—Ah, sí, sí —dijo Tomasso con cierta emoción—.
Es una selección extraordinaria que, sin duda, agradará muchísimo a nuestro invitado.
La visita está siendo un éxito y todo el mundo desea que concluya tal y como empezó.
La demostración naval de ayer en Nápoles fue magnífica.
Hoy están de nuevo en Roma, donde, seguro, los desfiles militares están siendo espectaculares también.
La Italia que a todos nos gusta ha vuelto.
Mañana verán el Coliseo y algunas cosas más, y dos días después estarán aquí en Florencia.
El nerviosismo es grande, pero tenemos todo muy bien organizado.
—¿Y la exposición?
—Será el colofón. La guinda del pastel. Le estamos muy agradecidos.
—Doy por hecho que los cuadros se irán a Alemania.
—Sin duda, aunque las familias cedentes lo desconocen aún.
—Estarán honradas.
—Sí, eso pensaba yo, pero su mujer... Flavia Viel.
—Flavia Leone —lo corrigió Carlo.
—Eso es... Como le decía, su señora esposa estuvo algo impertinente, si me permite la palabra, cuando le insinué que ese honor se produciría. Nos encontramos hace meses en una velada en el palacio Maratti. No parecía contenta con la idea.
—No debe preocuparse. Su marido soy yo y yo sí estoy contento. Las mujeres son muy impertinentes a veces, por eso no hay que hacerles demasiado caso ni dejar que se metan donde nadie las llama.
—Es muy sabio lo que dice.
—Y la exposición... Explíqueme un poco más... Es ilusionante pensar que he colaborado a que se produzca.
—Es usted modesto, señor Leone. Usted fue quien localizó las obras. Sin usted no sería posible. Será en el palacio Pandolfini, en la...
—Via San Gallo.
—Eso es, ¿lo conoce? El edificio es una obra de arte de Rafael.
El conde Pandolfini se mostró un poco reticente al principio, pero finalmente se rindió a nuestro poder de convicción.
La aristocracia, ya sabe. Los condes son discretos, y la exposición lo será también.
Se espera que dure apenas media hora, que es poco, pero, si lo piensa, es muy probable que el Führer pueda pasarse horas delante de este magnífico regalo una vez en Alemania.
Carlo no escuchaba. No podía ser casual que el piso donde se había realizado la copia del cuadro fuera aledaño al palacio.
Flavia había encontrado una forma de cambiar el cuadro falso por el real accediendo a la exposición.
Había encontrado un acceso al palacio desde el edificio donde se alojaba Juan Rezola.
Volvió en sí un instante para recabar la información que surgía de aquella revelación.
—Entiendo que estará ya lista —dijo, tratando de no parecer sospechoso.
—¿La exposición? Oh, no, no. Aún no, los cuadros están bajo custodia aquí, celosamente vigilados. Se colocarán mañana por la tarde para comprobar la luz.
—Espero que también los vigilen en el palacio.
—Por supuesto. Tendremos guardias en la puerta y en el jardín. Es un recinto cerrado, fácil de vigilar. La exposición se realizará en la galería del jardín, así que incluso el acceso desde el interior del edificio estará controlado. No hay más puertas.
«No que usted sepa», pensó Carlo.
A mediodía se apostó en la ventana de una pequeña trattoria en la acera contraria al palacio Pandolfini y el edificio de Via San Gallo en el que residía el amante de su mujer.
Observaba el conjunto, escrutándolo, pensando si, como sospechaba, existía una entrada directa entre uno y otro sin la más mínima idea de cómo encontrarla.
No podía llamar a la puerta y preguntarlo abiertamente a alguno de los residentes, y mucho menos recurrir a su mujer para que le confirmara si esa había sido su intención desde el principio, porque supondría reconocer que sabía de la existencia de Juan Rezola y que Flavia sospechara que el cuadro que él decía haber recuperado no era sino otra copia.
Se aburrió durante horas hasta que, de la iglesia junto al palacio, un pequeño templo con la cruz de Malta sobre la entrada, salió inesperadamente Flavia.
Le costó distinguirla, pues llevaba un pañuelo cubriéndole el pelo y su ropa era la de una trabajadora. La falda estaba sucia y ella parecía cansada y desmejorada.
La hacía en Lausana y no pudo creer que estuviera allí de nuevo. Sintió ganas de gritar. De romper cosas. Parecía claro que había vuelto en busca de Rezola y lo había encontrado. Maldita Ludo. Malditas deudas. Maldito Rezola.
Le alegró el pobre aspecto de su mujer: «Esa es la vida que te espera lejos de mí», quiso decirle, aunque realmente fuera a él a quien la vida se le oscurecería lejos de ella.
Venía de trabajar, pero ¿qué estaba haciendo dentro de una iglesia?
La intriga se tornó en ira cuando la vio entrar en el edificio de Juan Rezola. Maldita furcia.
Salió del coche y entró sigiloso en el templo. Estaba vacío, salvo por un par de ancianas con mantillas negras que rezaban en los primeros bancos. Sin dudarlo, se acercó a preguntarles. Las dos estaban de cara al altar, con los ojos cerrados y las manos entrelazadas en oración.
—Buenas tardes. Disculpen que las moleste —susurró, sentándose a su lado.
—No lo haga y no hará falta que lo disculpe —replicó sin girarse la más joven, que rebasaba, seguro, los ochenta años.
—Soy el encargado. ¿Saben si está por aquí alguien de mi equipo? —Su imaginación le sorprendía a menudo.
—Encargado de qué, ¿de molestar? ¿Equipo de qué? —respondió airada, elevando el susurro.
—Bueno, la mujer que está aquí trabajando. La estoy buscando.
—Aquí no ha venido nadie. Ni siquiera a rezar. Ya nadie reza. Ese maldito Duce.
—Una mujer joven con un...
—¡Nadie! ¡Nadie reza! —le dijo enfadada y alzando la voz.
—Señora, acabo de ver a una mujer salir de esta iglesia —insistió.
—Pues habrá sido un fantasma. Llevamos toda la mañana aquí. No ha entrado ni el sacerdote. Quizás esté también colgando esvásticas para el alemán. ¡Déjenos en paz!
La otra mujer abrió los ojos y lo miró con severidad.
—Pesado —añadió con desprecio.
Hacía tiempo que no caía tan mal a primera vista.
Giró sobre sí mismo observando el templo.
Era tan pequeño que era imposible que no hubieran visto a Flavia.
Fue hacia la calle, saliendo primero al vestíbulo que hacía de cortavientos con el exterior.
Se le ocurrió que Flavia no hubiese ido más allá de aquella entrada, pero no había puertas alrededor suyo, solo armarios, y la mera idea de estar allí carecía de sentido.
Volvió al Helvetia con más preguntas que nunca y con una respuesta clara a todos sus problemas: Juan Rezola debía morir de una vez.