59. SEDA DENSA
SEDA DENSA
Ranuccio se asomó a Via Veneto desde la ventana de su suite en el hotel Excelsior. A sus pies, Roma descansaba antes de coger aliento para una nueva jornada con el Führer.
Revisó su agenda por enésima vez:
Tachó los dos primeros días. Ya solo quedaban otros cinco y, en teoría, solo en dos se le requeriría.
Observó a un grupo de mujeres entrar en el hotel seguidas por una fila de botones cargados de bolsas y paquetes.
Las había visto el día anterior y, aunque no tenía ni la más remota idea de su identidad, la extrema dedicación tanto del personal del hotel como del de la embajada alemana dejaba clara su importancia.
Aquellos mismos funcionarios le habían procurado a él una suite en la cuarta planta e instrucciones precisas sobre cómo dirigirse al Führer.
Por enésima vez. Parecía como si lo tratado desde hacía semanas en las múltiples reuniones en el Ministerio de Educación o en el de Cultura Popular no hubiera servido de nada.
Estaba cansado de escuchar a tanta gente repetirle lo mismo.
Además de explicarle detalles personales que lo ayudarían para que la visita cultural fuera fluida, habían intentado educarlo, sin saber que, en eso, como en casi todo lo que le mostraban, eran aficionados a su lado.
Ranuccio procedía de una familia de gente educada e ilustrada, y él más que nadie sabía cómo dirigirse a todo el mundo.
Era mucho más educado que sus interlocutores y mucho menos poderoso también.
Lamentablemente, no se ganan guerras ni se llega al poder sabiendo distinguir un Filippino Lippi de un Domenico Ghirlandaio, o cogiendo los cubiertos sin que parezca que uno sostiene las lanzas de La rendición de Breda.
No. Ranuccio sabía que la educación, por lo general, solo la aprecian los educados, y no esperaba tratar con ninguno en los próximos días.
Observó el uniforme sobre la cama: pantalón, camisa, corbata y giubba negras. Botas negras. Berretto negro con la insignia del hacha fascista delante.
«Intenciones: negras», pensó con ironía, deseando que llegara el día 10 y, si sobrevivía, nunca más volver a relacionarse con nadie de los que había conocido aquel año.
Tan solo quería dar sus clases, divulgar los descubrimientos arqueológicos y volver de vez en cuando a la villa de Geggiano para descansar, leer y ver crecer a sus hijas. No era tanto.
Pese a que estaba disponible las veinticuatro horas y que Hitler le había hecho notar que, si por él fuera, habría hecho el viaje en solitario con él, lo cierto era que desde la llegada de la delegación alemana su trabajo había variado sustancialmente de intensidad a cada momento.
Así, aquel día 5 de mayo su protagonismo en el programa era nulo y al siguiente también iba a ser escaso, con una única visita a una exposición sin interés.
Los dos dictadores estaban en Nápoles observando maniobras de la Marina, así que Ranuccio había pasado el día revisando el recorrido del 7 de mayo, cuando llevaría a los dictadores de visita al Coliseo y la Galería Borghese.
El día siguiente, 8 de mayo, habría una cena de despedida en Roma.
El 9, el Führer estaría en Florencia, donde Ranuccio había diseñado un intenso programa de visitas culturales.
Desde el momento en el que Hitler pusiera el pie en la capital toscana, no se separaría de él hasta que partiera a Alemania.
Lo había conocido el segundo día de la visita.
Toda Europa hablaba de él y gran parte deseaba conocerlo más que a ninguna otra personalidad.
Ranuccio lo había temido, pero, en contra de lo que esperaba, el Führer había sido amable desde el primer momento, lo que había provocado que rápidamente toda la comitiva lo fuera también.
El alemán bebía de sus explicaciones y cambiaba la expresión y el humor cuando se veía rodeado de arte.
Así, aunque la parte cultural había ocupado solo una porción de la jornada, esta había sido intensa en emociones.
Tras una ceremonia en la tumba del soldado desconocido en Piazza Venecia, habían visitado el Panteón de Agripa, donde había estado codo con codo con el dictador.
Él escuchaba sus explicaciones con sumo interés, reflexionando cada comentario y observando cada detalle que Ranuccio le mostraba.
El edificio le había asombrado por su perfección y su antigüedad.
—Si Berlín está destinada a ser la nueva Roma, necesita de edificios como este —le comentó al salir.
Como en cada ocasión cultural, Mussolini no había disimulado su aburrimiento. Era demasiado expansivo, demasiado expresivo y bruto para disimular nada.
Por la tarde, la parte institucional y la cultural se mezclaron en el Foro. Tras recorrerlo, en la basílica de Majencio el Führer se dirigió a la comunidad alemana residente en Italia, reafirmando la unión de los dos países y sus culturas.
Ranuccio sabía que entre las culturas del viejo continente había muchas más próximas a la suya que la alemana, pero, como estaba allí para agradar al visitante, se calló. Con todo, la sensación de que Italia y Alemania eran como una pareja dispar buscando formas de gustarse se asentó en su cabeza.
Llamaron a la puerta de la suite. No había pedido nada, así que se resignó a que el enésimo funcionario del Gobierno le indicara cómo debía hacer su trabajo. Se equivocaba.
—Tiene una llamada —le dijo un botones—; si me acompaña, esperamos tener la conexión en pocos minutos.
Ranuccio siguió al joven hasta una cabina situada al fondo del lobby del hotel, en un lugar apartado en el que había cuatro cubículos iguales. Esperó unos minutos hasta que la conexión se produjo y la operadora le pasó la llamada. Al rato escuchó una voz conocida.
—¡Ranuccio! ¿Me escuchas? —El profesor respiró aliviado.
—Maria. ¿Todo bien?
—Todo bien —respondió ella, escueta.
—¿Las niñas bien?
—Se han peleado dos veces, pero supongo que eso es que todo va como siempre. —Él sonrió.
—Te veré muy pronto.
—Seguro.
—Todo va muy bien. El Führer es un gran entendido, tal y como nos habían adelantado, y Roma está preciosa. Es una pena que no puedas estar aquí.
—Lo deseaba con todo mi corazón, pero confío en que me lo cuentes todo con detalle cuando acabe la visita. Cuídate mucho.
—Tú también. Da un abrazo a las niñas.
El teléfono sonó seco al otro lado y la comunicación se cortó.
Ranuccio se alegró de ver que la mafia siciliana cumplía su parte: su familia ya estaba en Suiza.
Si todo salía mal, podrían empezar una nueva vida allí.
La llamada habría sido escuchada por el servicio secreto y no habría levantado, igual que él, la más mínima sospecha.
Fue entonces cuando reparó en la elegante mujer de la cabina de al lado. Ludo.
—Sí, sí, claro. Ahora mismo —dijo mirándolo mientras le hablaba al teléfono—. En el café Davide —le indicaba dónde debían verse—. Claro, querido, te esperaré.
La vio salir de la cabina y pasar frente a él, con una pamela roja ladeada sobre su cabello rubio, vestida elegantemente con una camisa abullonada en los hombros que se encajaba en la cintura de avispa de su falda negra hasta debajo de las rodillas. El dulce envoltorio de una mujer dura.
Esperó unos minutos y salió hacia el café, situado a un par de manzanas, en una calle perpendicular a Via Veneto.
En una mesa al fondo lo esperaba. Le sonrió sin intención y esperó a que se sentara con ella.
—Le he pedido un espresso.
—Dígame —siguió Ranuccio, que aquellos días no quería alargar nada que pudiera acortar.
—El plan está ya organizado. Como le dijimos, será en Florencia.
Hoy mismo vuelvo allí para acabar de ultimar algunas cosas.
Por su parte, lo único que tendrá que hacer es estar atento, así que no se preocupe por los registros o cacheos.
Usted no va a llevar nada encima, solo la camisa que le dejo en la bolsa que tiene a los pies.
Es exactamente igual que la que lleva estos días, solo que por dentro está revestida de seda de altísima densidad.
Si algo de metralla le diera en el pecho, la detendría, aunque, como verá a continuación, esa no es la idea.
—Cielo santo. ¿Y la cara? No me puedo poner un pasamontañas de seda de esa.
—Atienda: como ya sabe, está previsto que el coche circule por Via Calzaiuoli.
Lo vamos a desviar. Antes de llegar a la iglesia de San Carlo, quizás en la misma Piazza della Signoria, el coche cambiará de ruta para circular por la Via Calimala.
En el número 25 agáchese para buscar algo en su maletín, o para abrocharse los cordones.
—Llevo botas de montar...
—Eso da lo mismo, usted agáchese. Una bomba explotará en el lado izquierdo.
Yo la activaré. El blindaje del coche lo protegerá.
En Florencia se van a mover en un Fiat Torpedo, no en el Lancia Astura que utilizan en Roma, y eso le beneficia.
Hasta ahora, se ha sentado en el asiento de la fila intermedia, en el lado izquierdo.
En esta ocasión viajará en el lado derecho, en el asiento del copiloto, así que estará más alejado.
—Por todos los santos, vamos en un descapotable.
—Lo sé, por eso le digo que se agache para que le proteja la carrocería. Fíese de mí. He hecho esto antes.
—Pero... incluso si yo me salvo, morirá mucha gente. La calle estará atestada.
—No se preocupe por eso. Nos ocuparemos de que no suceda. Tenemos formas de hacerlo.
—No veo cómo.
—No haga más preguntas. Podría habérselo ocultado y usted moriría. La prioridad de esta misión es matar al Duce, no salvar a nadie.
—Si yo no les hubiera dado el horario y la ruta de todo, difícilmente podrían haber planeado nada. Me parece que también he cumplido mi parte.
—Lo ha hecho, y, como la Sociedad Honorable es, efectivamente, honorable, no morirá —le dijo Ludo.
Su expresión facial, dulce y alegre, era opuesta a la crudeza de lo que decía, y el sombrero tapaba los labios a la concurrencia, de forma que nadie podía vislumbrar lo que hablaban.
Soltó una carcajada y le tocó la mano como a un buen amigo.
Luego se levantó, se puso el bolso bajo el brazo y salió del café dejándolo allí.
Ranuccio no pudo alegrarse por no tener que ser él mismo quien llevara la bomba encima o la detonara de alguna manera. Al fin y al cabo, lo más probable seguía siendo que muriera. Cogió la bolsa con la camisa que debía salvarlo y, con pocas esperanzas de que sirviera de algo, volvió al hotel.