58. MAMÁ
MAMÁ
La comunicación entre Santo Testa y Ludovica Conti se intensificó mucho en los días previos a la visita de Mussolini y Hitler a Florencia.
Santo siempre había sido avispado, principalmente porque había nacido en un entorno en el que quien no lo era acababa por desaparecer, pero no sospechaba nada respecto a los planes de Ludo para traicionar a Justicia y Libertad, para lograr el fin que aquella organización —y también la suya— perseguían.
Santo hablaba con ella siempre con la sensación de que ella jamás traspasaba los límites de lo que debía decirle, jamás improvisaba, jamás fallaba.
Había intentado romper aquel muro de contención, buscar cierta afinidad, pero Ludo era más alemana que italiana, por más que su sangre estuviera mezclada.
Con todo, aquel día Santo recibió el primer gesto humano por su parte.
—Tu padre te llamará esta tarde al palacio Maratti alrededor de las cinco, así que atiende esa llamada, es importante —le informó.
Santo había recibido menos de una decena de llamadas de su padre desde que se había ido de Sicilia.
Las comunicaciones telefónicas eran engorrosas y, aunque la tecnología avanzaba rápidamente, aún tenían que conectarse a través de operadora y los centros de tránsito de Palermo y Roma, esperando a veces más de una hora a que la llamada se efectuara.
Así que, si su padre lo llamaba era por algo urgente.
A las cinco estaba sentado en el salón de bustos del palacio Maratti, donde habían instalado el teléfono hacía algunos años.
Su modernidad destacaba en el entorno clásico de los bustos de ónix y mármol de los antepasados de su benefactor.
El gran reloj de pared estaba a punto de tocar las seis cuando lo que sonó fue la llamada, y, tras escuchar a la operadora, la voz de su padre, lejana pero aún firme, llegó a sus oídos.
—¡Hijo! —dijo alzando la voz, como siempre hacía al comunicarse por ese medio.
—Padre, te escucho —respondió Santo, respetuoso.
—Ven a casa. Ludovica te dará los pasajes. Mamá no está bien. Se cayó ayer y no remonta. Creo que no aguantará mucho. —Gonzaga Testa nunca había tenido tacto.
—Pero... ¿qué le ha pasado?
—Creemos que tropezó con un tiesto de los de la escalera de fuera, la encontró Luca inconsciente con un golpe muy fuerte en la cara, que ahora tiene morada como una zarzamora.
Está monstruosa y el médico nos ha dicho que se va a morir.
Ha sido una gran mujer y, aunque no me habla desde hace años, o quizás por eso, hemos convivido muy bien. Vuelve a casa.
—Y... ¿nuestros planes? —De haber asimilado las palabras de don Gonzaga, Santo habría corrido a hacer el equipaje, pero se preguntaba por el atentado que habían planificado: ¿acaso no iba a participar en él?
—Ya habrá tiempo para eso, tus amigos son muy capaces de trabajar sin tu ayuda, no te preocupes por ello.
—Los dos sabían que las comunicaciones estaban vigiladas, por lo que no era necesario que recordaran ser cautos—.
Ludovica tiene los billetes. Los iba a recoger hoy, te los dará para que viajes mañana pronto.
—Mamá...
—Debes venir a verla, hijo. Se va a morir —insistió don Gonzaga.
La comunicación pareció estar a punto de cortarse y el aparato emitió un sonido vibrante y desagradable. Cuando volvió a escuchar a su padre, estaba enfadado y maldiciendo.
—¡Lo haré, padre! —le dijo, interrumpiéndolo para hacerle saber que seguía en línea.
Su corazón latía desbocado por la noticia y le hablaba alto y sin estar seguro de cuáles de sus palabras llegaban al otro extremo de la línea—.
¡Gracias por avisar! ¡Lo organizaré todo ahora mismo y haré el equipaje! ¡Esperaré a Ludovica!
—¡Hazlo, hijo, hazlo! —le gritó don Gonzaga. Probablemente había escuchado solo una parte de las últimas palabras de Santo—. ¡Te veo en casa pronto! Demonio de..., maldito apara...
La comunicación se cortó sin que Santo supiera si había sido voluntariamente.
Colgó el teléfono con la amarga sensación de que se perdía algo importante y de que estaba demasiado lejos para averiguarlo.
Las conversaciones con su padre, a menudo llenas de silencios y algo frustrantes, empeoraban cuando se utilizaba el teléfono, que ambos detestaban.
Su padre decía que era como hablar con alguien que le respondía en portugués: se entendían, pero nunca del todo.
En cualquier caso, el joven no dudó ni por un segundo. Debía acudir al encuentro de su madre.
Por la tarde habló con Matteo Maratti y su hijo Andrea. Ambos lo animaron a que partiera cuanto antes y le aseguraron que el plan seguiría tal y como lo habían trazado, pero con un tirador menos. Desde el principio sabían que bastaba con uno bueno para ejecutarlo, y Andrea se creía capaz.
Más tarde, Ludo le dejó los billetes. La mañana del día 5 de mayo, Santo se subió al tren con destino a Nápoles.