El falsificador 57. UNA CÓMPLICE
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57. UNA CÓMPLICE

UNA CÓMPLICE

—¿Qué hay después? —le preguntó Juan a Flavia.

Era pronto, pero se habían despertado a la vez y se habían mirado a los ojos en silencio mucho rato, apoyados en la almohada, con las sábanas dibujando sus cuerpos entre sombras mientras la claridad del ático aumentaba y su bóveda despertaba cambiando de color.

No así Lapsus, que, con su pelo oscuro y su corazón claro, seguía dormido en una esquina, boca arriba, como el perro de las ruinas de Pompeya, solo que vivo y feliz.

A su alrededor Juan tenía la vida que había soñado, la que quería para siempre.

Volvió a preguntar.

—Dime, Flavia, ¿qué hay después?

Era una pregunta para la que ninguno tenía respuesta.

—Esto estaría muy bien —dijo sonriéndole y acercándose un poco más.

—¿Aquí, en Florencia? ¿O en Trieste? ¿En Gerona si acaba la maldita guerra? ¿Dónde?

—No tengo un lugar favorito. Tengo personas favoritas. Donde estés tú, será mi lugar. —Juan la abrazó.

—Pero, mientras, arriesgaremos la vida por el cuadro.

—La arriesgaré yo.

—Te ayudaré.

—Ya lo has hecho. No quiero que hagas nada más.

Cerrando el tema, Flavia se incorporó y se desperezó, dejando que su melena cayera en bucles sobre sus hombros, oscura, densa y brillante, segura de que, al observarla amanecer, Juan perdería el hilo de lo que comentaban y del asunto importante que no sabía aún.

No dejaría que se arriesgara tanto como pensaba hacerlo ella.

—Hoy Hitler está en Nápoles. La Marina Real va a realizar unas maniobras en su honor. El Duce mostrando el poderío de su flota, la que temerá todo el Mediterráneo —dijo Juan.

—Estará deseando que le enseñen otras cosas, pero esa pareja funciona de manera similar a todas: un día lo que quiere uno, un día después lo que quiere el otro; un día van a ver los barcos de Mussolini, otro día, los cuadros de Hitler —dijo Flavia, ridiculizándolos.

—¿No les tienes miedo?

—Les tengo pánico. Por eso los humanizo.

—Eres valiente. Muy inconsciente, pero valiente.

—Supongo que una cosa ayuda a la otra, y, bueno, en la vida todos nos tenemos que enfrentar alguna vez a la misma decisión, o se te va el miedo, o se te va la oportunidad.

En fin. El túnel está casi listo. La pared se mueve.

Estoy a pocos centímetros del jardín de los Pandolfini.

Y ayer encontré una hembrilla igual a la que tenía el lienzo original cuando estaba colgado en Faggio.

Ya está puesta. No cometeré el mismo error que el tonto de Carlo.

—¿Sigue pensando que estás en Lausana?

—Seguro. Hablé ayer con mis padres. Carlo no está allí. Me dijo que tenía asuntos pendientes en Milán. Probablemente sea otra mentira.

—No parece importarte.

—No, porque no me importa él. Me dolería que tú me mintieras, pero no él. Ya no.

Juan se incorporó un poco. El perro percibió que estaba despierto y, girando sobre su espalda, sus patas tocaron el suelo. Se levantó y avanzó trotando hacia él para, sin sutileza alguna, lanzarse sobre la cama y aplastar su cráneo negro contra el torso del español, que lo abrazó.

—Lapsus nunca te hará daño. Los perros no hacen daño a la gente que los quiere. Esa es su mayor diferencia con los humanos —dijo Flavia.

—Espero que tú tampoco me lo hagas.

—Ya te lo he hecho en el pasado..., y es posible que vuelva a hacerte sufrir, aunque no lo desee. Es casi inevitable. La gente que quieres es la que más daño te hará. Nadie tiene más poder sobre nosotros que la gente a la que amamos.

—Bueno. No le des muchas vueltas. Supongo que no nos queda otra opción. Es un círculo vicioso. Amar conlleva sufrir, para no sufrir hay que evitar amar, pero, si no amas..., sufres. Si has conocido el amor, estás atrapado, qué puedo decir.

Sonrió con ironía, tomándoselo un poco a broma y sin querer ahondar en el tema.

Odiaba hablar de problemas que aún no habían llegado.

Se levantó y fue a la cocina, donde le sirvió la comida al perro.

Flavia lo miró. Le gustaba de una forma diferente a cualquier otra persona. Le gustaba hasta enfadado.

—Nunca he querido a nadie tanto como a ti —murmuró.

Él giró la cabeza hacia ella. No la había oído y Flavia necesitaba que lo hiciera. Era fría y las muestras de cariño la avergonzaban, pero, con una intensidad que desconocía, un impulso la llenó de pronto... y sintió que le debía a Juan toda la sinceridad.

—Te quiero —dijo de pronto en alto, sin poder evitar que su corazón hablara.

Juan la miró un poco sorprendido. Nadie se lo había dicho antes.

No de aquella manera. Nunca le había sonado tan real—.

Quiero que lo sepas. Que lo sepas de verdad.

Si todo sale mal, si algo ocurriera..., no quiero que nos alejemos sin que lo recuerdes.

Te quiero. Más de lo que nunca pensé que querría a nadie y de una forma muy diferente.

Siento que, el día en que nos encontramos en esa cala perdida, se me hizo el regalo más importante.

Uno que, bueno, lo cambió todo. Cambió los planes que tenía porque eran mucho peores, y me hizo valorar el presente.

Desde el primer día tuve miedo a perderte, a que se acabara, y lo tengo aún.

Por eso no doy nada por sentado y trato de disfrutar cada día, pero a la vez no puedo evitar pensar en que me gustaría que fueras lo último que viera antes de apagarme, ojalá dentro de muchos años.

Ojalá tú no lo hagas nunca, ojalá seas feliz a mi lado y, cuando yo ya no esté, lo seas más aún.

—Juan la observaba hipnótico, contemplando el corazón de Flavia abrirse ante él.

Inesperado, impulsivo y reflexivo a la vez, lleno de verdad. Ella siguió.

»A... Bueno, a los que me gustaron antes que tú, muy pocos, les regalaba cosas que hablaban por mí, que decían lo que yo no me atrevía a fingir.

Pero a ti te debo la verdad y, aunque puedo comprarte cualquier cosa, este es el regalo más caro que he hecho jamás...

, y no me da vergüenza, porque me parece tan bonito y tan real que...

es lo mejor que he podido regalar nunca.

Es el primer regalo del que estoy verdaderamente orgullosa.

Juan, te quiero. Si supieras con qué intensidad, con qué furia, con qué pasión y ternura, entenderías que todo lo que has hecho hasta ahora ha valido la pena.

Y siento lo mismo. Si mi vida terminara en este momento, me habría compensado.

Mi cuerpo está lleno de... vida. Más que nunca. Lleno de arriba abajo. Lleno de ti.

Juan ya se acercaba a ella. La miró a los ojos y, sin esperar ni un segundo más, se metió en la cama. Sentía exactamente lo mismo.

Era plenamente de día cuando se fue a la ducha. Al salir, Flavia ya estaba vestida y desayunaba algo con sonrisa plácida y plena.

Con diferente espíritu y la misma —nula— sutileza que su perro, Anetta apareció poco después en el apartamento.

Juan ya se había acostumbrado a que la pequeña mujer estuviera a punto de pillarlo desnudo cada mañana, razón por la que había renunciado a pasearse en paños menores por su apartamento y se cambiaba tras una especie de vestidor que se había hecho con unas cortinas.

Desde detrás de ellas la escuchó hablar.

—El señor Leone está en la ciudad. Lo sé por las camareras del Helvetia. Una de ellas, Bruna, bastante golfilla pero divertida, se ha quedado en estado de uno de los mozos de la cocina, un canalla que ...

—Anetta, por favor —la interrumpió Flavia.

—Ah, sí, sí. Bueno, Bruna me dijo que había vuelto.

Que estaba instalado en su suite habitual y que había llegado con bastante equipaje.

Todos se horrorizaron con la idea de tenerlo muchos días allí.

Otra camarera me dijo que se había traído hasta un cuadro, que tiene en un lado de la cama y ha pedido que nadie toque.

Juan asomó la cabeza tras las cortinas mientras se calzaba.

—Es mi cuadro —dijo Juan—. El que yo le pinté.

—El que tú le pintaste está aquí. Carlo tiene el que me pintaste a mí —matizó Flavia.

—Fue él quien lo robó de este apartamento el día en que me...

Anetta no sabía nada de todo aquello y estaba sumamente interesada. Apoyada en la escoba, escuchaba sin perder detalle.

—Anetta, quizás podrías ir a limpiar mi piso —la tentó Flavia.

—Oh, no, no, qué dice, qué dice. Prefiero un millón de veces escucharlo. ¿El señor Leone robó el cuadro? ¿En qué clase de comedia de enredo viven ustedes? ¿Es que no va a pasarles nada normal nunca?

—Anetta, ve a mi piso.

—Que no, que no. De ninguna manera. Siga hablando, señor Rezola.

A Juan no le importaba nada que ella lo escuchara.

De hecho, tras reflexionarlo rápidamente, creyó necesario que lo supiera todo.

Sabía que podía contar con su ayuda y que, aunque no era discreta, si tenía que callarse por la seguridad de su señora, jamás abriría la boca.

Flavia pretendía dirigirse en todo sin la ayuda de nadie, pero tenía un objetivo demasiado grande para abarcarlo sola.

Si a él le sucedía cualquier cosa, no tendría a nadie a quien acudir.

—Cuéntaselo todo —le dijo—, hazlo. Se acerca el día, e incluso sin imprevistos puede que necesitemos ayuda. Anetta se mueve bien, conoce a mucha gente y jamás nadie parecerá menos sospechoso.

—No sé cómo tomarme eso —murmuró la mujer.

—Saldré a pasear a Lapsus —dijo él, ignorándola—. Cuéntaselo todo. Cuando vuelva, podemos comentarlo. Quizás Anetta vea fallos que no hemos detectado, o cosas que podemos mejorar.

La criada miró a Flavia y asintió muy seria.

—Haga caso a don Juan. Él sí es de fiar. Lo supe desde el momento en que lo conocí.

—Anetta —lanzó Juan desde la puerta—, no me hablaste en dos meses.

—Porque no lo conocía. Cuando lo conocí, todo cambio.

¡Baah! —dijo gesticulando con la mano—. Vaya a pasear a su chucho y deje de decir tonterías, que es usted de fiar, pero también muy absurdo a veces.

—Juan soltó una carcajada y bajó las escaleras dejándolas allí—.

Señora, haga caso al español, cuéntemelo todo —dijo la mujer, apoyando la escoba en la pared y sentándose en una silla, expectante.

Flavia la miró un instante, se acercó a la cocina y cogió dos tazas en las que vertió café. Anetta la miraba nerviosa, deseando saber todo lo que se le había ocultado tantos meses.

Flavia le tendió la taza y ambas bebieron antes de ponerse a hablar.

—Está tibio —dijo la criada con una mueca de disgusto, dejando la taza en la mesa y apartándola con la mano—. No me gusta nada que sea tibio. Ni el café, ni el amor ni las personas. ¿Va a contármelo todo de una vez?

—Me alegro de que te guste Juan.

—A usted le gusta aún más. Él no es tibio. Nada tibio.

—Es cierto. Estoy bien con él. También es inteligente y bueno.

—Lo segundo es lo más importante, señora. La bondad. La inteligencia es un regalo que nadie se ha ganado, que viene con nosotros como los dedos de la mano o el color del pelo, pero ser bueno es una decisión. ¿Qué es lo que traman? Cuéntemelo de una vez. ¡Hable ya, demonios!

—Te convertirás en cómplice de algo muy peligroso —le advirtió Flavia.

—Señora, llevo siendo su cómplice demasiados años ya para que algo me asuste.

Flavia esbozó una sonrisa irónica.

—Esto lo hará —le aseguró.