El falsificador 56. RESURRECCIÓN
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56. RESURRECCIÓN

RESURRECCIÓN

Instalado en el hotel Helvetia, Carlo no podía decir que estuviera ahorrando, pero, mientras degustaba una langosta cardinale en su suite y leía el periódico, pensó que todo marchaba, por una vez, en la dirección correcta.

Suponía que Flavia seguía en Lausana y, conociendo a sus padres, sobre todo a su madre, estarían convenciéndola de que volviera con él, un buen hombre que la cuidaría.

Le había dolido su aventura, pero, visto por el lado positivo, que tenía acentuado aquel día, en el fondo era un arma que podría utilizar muchos años, algo que echarle en cara cada vez que hiciera falta.

De reojo miró a la cama, donde una mujer se desperezaba desnuda.

—Vete —le dijo sin levantar la vista de La Nazione.

Ella se incorporó, se atusó el pelo y se acercó a él por la espalda, pasándole los brazos por encima de los hombros.

—Te he dicho que te vayas —repitió él, zafándose.

—Ayer eras más cortés —dijo ella sin darle demasiada importancia.

—Tú eres actriz, ¿no es así? —La joven tan solo había hecho de tendera, sin hablar, en la función de medio pelo, en el teatro de medio pelo al que Carlo había asistido.

—Sí, lo soy —dijo, no obstante.

—Pues yo también. El de anoche fue mi papel. Muy creíble, como viste, pero no tengo demasiado mérito. Llevo años mejorándolo. Recoge tus cosas y vete.

Ella se apartó un poco, lo miró con desprecio e hizo lo que le ordenaba.

—Maldito engreído —escuchó él como despedida sin importarle lo más mínimo. «Al león no le preocupa la opinión de la oveja», pensó, pasando de página.

La primera noche de la visita del Führer había sido un éxito, al menos según el periódico.

En las imágenes, poco claras, se le veía descendiendo las escaleras del palacio del Quirinal del brazo de la reina Elena.

Le gustaba Hitler, aunque se hubiera puesto un poco pesado con los judíos.

La familia de Flavia lo era y les deseaba toda la prosperidad posible, pues pensaba vivir a su costa muchos años.

En cualquier caso, no convenía relacionarse demasiado con aquellos a los que el régimen, poco a poco, arrinconaría, sino con los que dominarían el mundo, y Carlo ya había hecho algún movimiento audaz, aunque a la postre le hubiera complicado un poco las cosas.

Había pasado año y medio desde que le presentaron en Milán al ministro de Cultura Popular, Dino Alfieri.

Para entonces ya se sabía que el Führer visitaría Italia y Mussolini iría a Alemania.

Los dos países se acercaban y aprendían el uno del otro.

Además del ministro, en la mesa había varios importantes empresarios que, paulatinamente, fueron ausentándose.

Carlo y un par más se quedaron escuchándolo, soportando sus peroratas aburridas e interminables, ambicionando acercarse a él.

Decían que era muy cercano al Duce, así que a todos les convenía.

La organización de la visita de Hitler se puso sobre la mesa a media tarde.

Poco después hablaron del asunto del regalo.

La dificultad de regalar algo que estaba en los museos, la mala imagen que aquel gesto podía suponer, etcétera.

Una idea llevó a la otra. Tenían que conseguir que un particular ofreciera una obra de arte de su propiedad, pero estaban de acuerdo en que sería difícil localizar a quien quisiera desprenderse de su valioso patrimonio, así que habría que buscar una manera de forzarlo.

Buscar gente que fuera vulnerable de alguna manera, fácil de extorsionar.

La pista de lo que se estaba haciendo en Alemania llegó sola.

En Italia los judíos aún no tenían problemas, pero nadie aseguraba que no los tuvieran en el futuro, a tenor de la creciente influencia del nazismo en el fascismo italiano.

A aquellas alturas Carlo ya pensaba solo en el retrato de Colomba Corsini que colgaba del despacho de sus suegros y, como hacía a menudo, fanfarroneó. Él podía localizar por lo menos una decena de obras para que el Führer eligiera la que más le gustara.

Nadie lo creyó del todo, pero por una vez cumplió.

Cinco meses después, tras acompañar a Flavia a cenas y fiestas, tenía localizados a cinco coleccionistas judíos.

Pasó la lista. Recibió los respetos del ministro y se aseguró su amistad.

Alfieri organizó la exposición obligada de las obras, se las llevaron con todo el cinismo y los propietarios se resignaron a no volverlas a ver.

Bueno, no todos.

No esperaba que a Flavia el maldito cuadro le importara tanto, pero, visto en perspectiva, todo había salido más o menos bien.

Había tenido que encargar la muerte de Juan Rezola y trabajar más de lo esperado, pero estaba satisfecho.

Se dijo que, de tener de nuevo la oportunidad, habría actuado igual.

Le encantaba ser tan diferente de la imagen que proyectaba. Su cara blanda y bondadosa era el disfraz perfecto para su oscuridad.

Estuvo contento hasta que llamaron a la puerta. La cortesía del servicio del Helvetia había cambiado un poco desde que pagó su anterior estancia tarde y con excusas, pero esta vez no encontró al apocado director del hotel en la puerta de su suite. La sonrisa de Ludovica Conti le erizó la piel.

—No la esperaba. No me gusta que me asalten de esta manera —dijo serio.

—Eso no importa. No importa nada. —Ludo lo apartó con el brazo y entró en la estancia—. Está en su mano cerrar nuestra relación lo antes posible. Lo puede hacer cuando quiera, hasta que seamos nosotros quienes decidamos.

—Ya le dije cómo les pagaría.

—Sí, con un cuadro. Un Botticelli. El problema es que sabemos que hay por lo menos dos copias de ese cuadro.

—¿Cómo sabe eso? —Carlo temió que Ludo hubiese faltado a su palabra y hubiese hablado con Juan Rezola antes de matarlo. Por desgracia, no podía preguntar más sin acusarse y sabía que ella no le iba a contestar.

—Eso no importa —dijo la joven, confirmando su idea—. Pero nos debemos asegurar de que nos entrega el auténtico.

—Me ofende usted.

—No, es usted el que podría ofenderme a mí: si piensa que tengo cualquier motivo para confiar en usted es que cree que soy necia. Mi organización no está formada por necios. Todo lo contrario.

—Yo no los engañaría. —Odiaba que esa mujer le diera tanto respeto. ¡Una mujer!, pero su intuición le decía que tenía más fuerza y más destreza para cualquier enfrentamiento que él. Tan rubia, tan guapa y tan fría.

—No sea cínico —continuó ella—. Ha engañado a su mujer, a su suegro, a todas las personas a las que les dijo que pagaría y probablemente a muchos más que no me he tomado la molestia de encontrar.

—Tengo el cuadro aquí mismo.

—Bien. No me lo dé aún. Le voy a dar una oportunidad que no merece.

Medite. Si es el auténtico, entréguemelo mañana a esta misma hora en los jardines de Boboli.

Vaya con él, yo lo encontraré. Tal como me lo entregue, verificaré con la única persona capaz de hacerlo si es o no el Botticelli auténtico.

Si lo es, no tendrá ningún problema y no nos volveremos a ver.

No nos gustan las personas como usted. Si trata de engañarnos, descubrirá que nuestra paciencia es finita y que su vida también.

—Me parece bien. —Carlo estaba casi seguro de que nadie notaría que entregaba una copia. Era perfecta, ni siquiera Flavia había dudado—. Busque al mejor experto. Él lo verificará.

—Tengo a alguien mejor que un experto. Tengo a Rezola.

Deseó que su cara no lo delatara. Probablemente lo hizo.

—No ha cumplido su parte. No lo ha matado.

—No lo he hecho, no. Los trabajos se deben pagar.

—Quedamos en que le pagaría después de matarlo. Le pagaría ese trabajo y todo lo...

—Todas sus deudas. Dígalo. Las tiene.

—Demonios, ¡le voy a pagar con una obra maestra!

—Si lo es, estará todo bien. Pero antes debemos comprobarlo, y solo el autor de las copias puede asegurarnos que no nos entrega usted una de ellas.

—Todo esto me espanta.

—Lo comprendo. Pero usted y solo usted ha transitado su vida hasta este momento. Es una pena que haya desaprovechado su cuna de esta manera. Es injusto. Cuando, al nacer, uno sale en la mejor posición, es exigible que por lo menos llegue a la meta en las de cabeza, no en la última.

—Déjese de metáforas.

—Probablemente acabe de perdonarle la vida. Si el cuadro que me pretendía entregar no es el auténtico, consiga el que lo sea. Y desdeñe cualquier idea de engaño: juega a las cartas con profesionales, y usted es un aficionado.

Ludo le sostuvo la mirada unos segundos. Carlo jamás había sentido tanto miedo. Luego se dio la vuelta y lo dejó allí.

El día se acababa de torcer. Solo esperaba que su vida no lo hiciera también. Por supuesto, no iría a los jardines de Boboli al día siguiente. No entregaría el cuadro falso hasta que no hubiera nadie que pudiera reconocerlo como tal.

El problema era claro: Juan Rezola había resucitado.

El plan también: se encargaría de que fuera por poco tiempo, aunque matarlo resultara difícil.

Después de todo, recuperar el cuadro auténtico le parecía imposible.