55. EL PLAN
EL PLAN
Cada una de las informaciones relativas a la visita de Hitler y Mussolini a Florencia ponía a Ludo en marcha.
Iglesia, mafia, monarquía y Justicia y Libertad tenían por una vez el mismo objetivo, aunque no fueran tan claros como su organización a la hora de expresarlo.
La Iglesia hubiera querido que nadie matara a nadie, pero que el coche del Duce se quedara sin frenos y saltara por un acantilado.
La monarquía, que el Duce cogiera una enfermedad incurable que lo apartara del poder para poderlo ejercer ella, y Justicia y Libertad, que su organización liderara una revolución que levantara al pueblo contra el dictador y lo apartase del poder, pudiendo establecer la justicia y la libertad y todas las utopías que daban nombre a su grupo.
Ludo reía ante la ironía. Todos querían que el Duce muriera, pero solo la Sociedad Honorable hablaba claro y se movía para que aquello sucediera.
Incluso les había organizado el atentado a los jóvenes idealistas que planeaban disparar al Duce.
Ella misma había proporcionado las pistolas.
Con todo, aunque ninguna de las organizaciones tuviera su arrojo, por lo menos por una vez podía contar con que los ayudaran.
La información, más que ninguna otra cosa, era la clave de esa valiosa ayuda.
Las últimas llamadas desde Roma daban más detalles respecto a la visita a Florencia.
La más relevante, el cambio del vehículo en el que se trasladarían los dictadores.
El enorme Lancia Astura iba a ser sustituido por un Fiat Torpedo, también imponente, pero algo menor, en el que solo había dos filas de asientos, por lo que Ranuccio Bandinelli se vería obligado a viajar en el asiento del copiloto.
El dato favorecía sus planes. La carrocería del Torpedo era menos sólida que la del Astura y, por lo tanto, los que viajaban en él, más vulnerables.
Asimismo, la altura de las puertas era algo más baja, por lo que la deflagración llegaría con mayor facilidad a su objetivo.
Por último, aunque era de menor importancia, las posibilidades de que el profesor Bandinelli saliera ileso aumentaban exponencialmente, al estar en el asiento del copiloto, el más alejado del del Duce.
El padre Orso era minucioso en cada dato, era una lástima que no formara parte de la Sociedad Honorable.
Así que se puso manos a la obra.
El plan era sencillo y se basaba en la distracción y en la traición.
Ludo haría que la emboscada de Justicia y Libertad en la iglesia de San Carlo de los Lombardos se descubriera justo antes de producirse.
No lo hubiera hecho de confiar lo más mínimo en aquellos jóvenes idealistas, pero estaba segura de que, si los dejaba actuar, no lograrían el objetivo que perseguían y tampoco facilitarían su plan, mucho más factible.
La información respecto a ellos obligaría a que el coche que llevaba a los dictadores se desviara por la calle paralela.
Allí, en una calle menos vigilada, sería mucho más fácil colocar una bomba que se activara al paso del vehículo.
Nadie lo esperaría. La pondría en el lado izquierdo de la calle, el lado que, por protocolo, ocupaba el Duce en el automóvil que también llevaba al Führer.
Ranuccio Bandinelli sabría dónde agacharse.
Podría disimular que buscaba algo en el maletín y quedar protegido por la carrocería.
Quizás muriera. Quizás muriera ella también.
Todos estaban jugando a lo mismo. Todos arriesgaban la vida.
La única muerte que importaba era la de Mussolini.
Tenía un buen plan y, sin embargo, no estaba segura de que fuera a salir como esperaba.
Cuando dependía en parte de otras personas, ¿algo lo hacía alguna vez?