54. COMPRAS
COMPRAS
Un enorme Mercedes proveniente de la embajada alemana penetró en la finca real de Villa Savoia con destino a Villa Polissena.
En su interior, tres mujeres, Eva, Gretl y Anni, contemplaban por las ventanas los jardines que los reyes de Italia disfrutaban, excitadas de encontrarse allí y felices del plan que se les presentaba.
Cuando las paredes rosadas de la villa a la que se dirigían se mostraron al final del camino, vislumbraron también a una elegante dama saliendo del edificio.
El coche se detuvo y ellas descendieron en orden. La primera en hacerlo fue Eva, que se acercó a Mafalda sonriente. Ella le devolvió la sonrisa mientras la miraba rápidamente de arriba abajo.
La alemana a la que debía pasear era una mujer guapa.
Rubia, con el pelo corto, la piel muy blanca y los ojos azules.
Su cuerpo conservaba algo de voluptuosidad juvenil, y su mirada mantenía la inocencia de la inexperiencia.
Tendría por lo menos diez años menos que ella y no tenía ni idea de por qué era importante, pero su cuñada, la princesa María José, le dijo que la observara con detalle porque, sin duda, lo era.
Por desgracia, aún no había dado tiempo a que averiguaran su identidad.
Tras ella aparecieron dos chicas de edad parecida, una de las cuales se presentó como Gretl, hermana de Eva, y la otra como Anni, amiga de Eva.
No hizo falta más para que Mafalda comprendiera quién era el eje de todo el grupo y en quién debía fijarse. Le sorprendió que ninguna se presentara con su apellido, pero se dijo que le costaría bien poco averiguarlo.
—Alteza, estamos realmente agradecidas —dijo Eva, intentando una especie de genuflexión—. No conocíamos Roma. Es preciosa—. Observó la villa—. ¿Puedo tomar una fotografía de la casa? Soy fotógrafa y amo tener recuerdos de allá donde voy.
La pregunta sorprendió a Mafalda, que en otra situación hubiese respondido con ácida ironía, pero se contuvo.
—Estoy segura de que encontrará lugares más dignos de ser inmortalizados, pero, por supuesto, puede tomar una fotografía si quiere.
—¿Podría hacérmela con usted?
Todo resultaba extrañísimo.
—Por supuesto —respondió ella, incómoda—, pero me tiene que mandar una copia, a mí también me gustará tener un recuerdo.
Eva vaciló un instante y sus amigas la miraron con una expresión que Mafalda no supo definir. ¿Quizás no debían dejar pruebas de aquella tarde?
—Por supuesto que sí —dijo la alemana al fin, pasándole la cámara a su hermana y acercándose más de la cuenta a la princesa—, se la haré llegar.
Tomaron la foto y las cuatro subieron al coche, tan amplio que podrían haber invitado a alguna amiga más. Mafalda había mandado nota a todas las tiendas que pensaba visitar, las mejores de la ciudad, y en todas se la esperaba. Por lo menos para eso aún tenía poder.
—Bueno —dijo centrándose—, si quieren ir de compras, había pensado que podemos ir de abajo arriba. Es decir, de pies a cabeza. ¿Les gustan los zapatos?
Las tres extranjeras se miraron como un grupo de adolescentes y aplaudieron al unísono.
—¡Nos encantan! —exclamó Eva.
—Pues entonces vayamos a Via Condotti. Número 65, por favor.
El conductor asintió sin decir palabra y se dirigió a la dirección indicada.
En el exterior, un cartel rezaba FERRAGAMO .
El trío volvió a aplaudir con intensidad.
Mafalda sonrió. Aquellas debían de ser las alemanas más expresivas del país.
Ella, que no lo era, se dijo que aguantaría lo que hiciera falta.
Con una señal, al entrar en la tienda, un hombre se colocó en la puerta impidiendo que nadie más accediera, dejándola en exclusiva para el grupo que presidía la princesa.
No se arrepintió. En cuanto entraron, Eva empezó a señalar unos modelos y otros, y, sentada en un canapé, esperó a que le fueran trayendo cada par en la talla 36 para probárselos.
En ningún momento preguntó el precio. A su lado, cada vez que se ponía un zapato, Gretl y Anni asentían y alababan su buen gusto.
Indulgente, la joven compró también un par de zapatos para cada una de sus amigas.
Mafalda, acostumbrada a la contención y a la rigidez de las casas reales europeas, contemplaba el espectáculo con asombro y apuntando un detalle más que evidente: quien quiera que fuera Eva, no tenía problemas económicos de ningún tipo.
—¿Quiere algo? —le dijo la joven, tratando de ser amable—. Debería dejar que le obsequiara con un par de zapatos por las molestias. Sé que es una mujer ocupada, una... princesa real.
—Ya tengo lo que necesito, querida —replicó Mafalda. Aquella incauta acababa de pretender ofrecerle una limosna. «Origen burgués», apuntó nuevamente.
Cuando apenas había una decena de modelos que hubieran escapado a la vorágine de la joven en la tienda del señor Ferragamo, Eva se acercó a la caja, indicó que vendrían a pagarlos esa misma tarde, firmó la nota y ordenó que llevaran las compras al Excelsior.
Mafalda fue a despedirse del encargado, que apenas podía contener la euforia.
—Alteza, un gusto exquisito el de su amiga.
—Yo no diría tanto —replicó la princesa sin poder aguantar más, sonriendo al zapatero y bajando un poco la voz—. El buen gusto es ser selectivo. A mi acompañante le ha gustado todo.
—La señora Braun parece una apasionada de los zapatos —siguió este, dándole la pista más valiosa de la tarde.
—Sin duda, sin duda... —dijo ella, mientras apuntaba en su cabeza: «Eva Braun, quién será esta misteriosa mujer».
La respuesta a aquella pregunta llegó tras una parada en Borsalino, donde Eva compró varios sombreros e insistió en regalarle uno a Mafalda que ella supo que jamás se pondría.
En una peletería de Via del Corso, la alemana llevaba media hora probándose abrigos cuando Mafalda vio que un hombre parlamentaba unos segundos con el que vigilaba la puerta de la calle y, tras franquear el paso, le hacía una señal para que lo siguiera a una esquina.
—Traigo una nota de la Palazzina —le dijo escueto, entregándole un sobre sin el membrete de palacio.
Mafalda cogió la nota con desinterés, asintió y se dio la vuelta.
Despacio, mientras miraba a las tres alemanas nadar entre pieles de todo tipo y excitarse con cada producto que les mostraban, paseó por la tienda hasta elegir una estola.
Con ella se metió en un probador. Luego pensó que una verdadera conspiradora no habría fingido probarse una estola en privado, pero, si resultó sospechoso, ninguna de las alemanas le prestó la más mínima atención. Leyó con detenimiento la misiva:
Eva es la mujer del Führer. No es solo una novia o una amante. Lleva por lo menos tres años con él, viven juntos y la élite del partido convive con ella. Su relación es secreta para el pueblo. Averigua lo que puedas. Ve con muchísimo cuidado.
Pensó que sería imposible extraer ninguna información mientras las compras distrajeran al grupo, así que decidió que, antes de la siguiente parada, acudirían a un café. Luego inició una técnica que no hubiera engañado a ningún adulto, pero que tenía posibilidades frente a la inexperiencia.
Se sentaron en la mejor mesa de Babington’s, en la plaza de España, rodeadas de una elegante concurrencia. Sin perder tiempo, Mafalda puso en práctica su plan. De pronto aquella joven bella y vulgar la ponía nerviosa a ella, hija del rey de Italia. Su corazón se aceleró.
—Oh, estoy pasándolo tan bien... —dijo mirando hacia la plaza—.
Ustedes no se hacen una idea de la vida que me hacen llevar.
—Suspiró, captando la atención de la mesa—.
Paso la mitad del tiempo expuesta como un cuadro, sin poder decir ni hacer nada, frente a gente que no conozco, y la otra mitad encerrada en casa, aguardando el momento en el que se me permita ser vista.
Mi marido... —Miró hacia su té y sacó la bolsita fuera de la taza—.
Sus responsabilidades lo ponen en el foco de cada acontecimiento y teme que yo distraiga la atención, razón por la que paso más tiempo en casa del que me gustaría.
En una jaula de oro, por supuesto, pero en una jaula al fin y al cabo.
Todo está tan medido, tan controlado, que tardes como esta, rodeada de amigas, andando por la calle sin problemas ni prisas, son un auténtico placer.
—Todo era mentira, pero, conforme hablaba, los ojos de Eva se abrían.
Para cuando acabó su perorata, la alemana había puesto una mano sobre la suya.
Las tres jóvenes se miraron. Dos dudaron en hablar, pero Eva empezó a perder la cautela.
—La comprendo tan bien. Mi marido... mi...
—Tu marido —confirmó Gretl.
—Es un hombre... Es el hombre más ocupado del mundo. Su dedicación es tal que sé que siempre seré una parte menor de su vida.
—Pero le ha permitido venir a Roma, sola, con amigas mientras él permanece en...
—Él está aquí —dijo Eva de pronto, deseando explicarse—. Oh, alteza...
—Llámeme Muti, así es como me llaman mis amigas, y siento que ya lo somos.
Mafalda, habitualmente fría, estaba interpretando el papel de su vida.
Más aún frente a una nazi, pues detestaba todo lo que emanara de esa ideología.
Eva se sintió honrada. Nadie de abolengo la había tratado con complicidad.
Miró a sus amigas. Era inocente y feliz.
Ellas no la animaron a que confesara, pero su corazón le mintió, obligándola a confiar.
—Mi marido... Mi hombre es el Führer.
Mafalda fingió sorpresa y se quedó boquiabierta.
—Por favor, mantenga el secreto —dijo acercándose un poco más—. El amor que nos tenemos solo lo fortalece, pero en Alemania hay personas que no lo entenderían.
—Es impresionante. Está usted unida al hombre más importante del mundo.
—Lo sé. El Führer es un hombre sin igual. Es un gran honor.
—Y una gran responsabilidad.
Gretl y Anni estaban asustadas. El mayor de los secretos del grupo acababa de ser desvelado sin demasiada dificultad. Mafalda las tranquilizó.
—No se inquieten. No tengo ningún interés en hacerles la estancia más complicada.
Suficiente hace ya mi familia por enrevesar las cosas.
No saben de lo que hablo, pero yo lo vivo a diario.
La pompa y el protocolo lo ralentizan demasiado todo.
Las familias reales son demasiado ceremoniosas y retrasan siempre los asuntos más importantes.
Las decisiones. Todo tiene un orden tedioso y antiguo.
De saber que usted es quien es y estaba en Roma, esta tarde hubiera sido imposible.
Avanzaríamos en coches de caballos saludando al pueblo sin poder hacer nada con libertad.
—Mafalda supuso que estaba dibujando un sueño para Eva.
Como todas las jóvenes, la alemana quería ser princesa, ser reconocida, saludar desde el balcón y bautizar buques de guerra, pero, a pesar de su importancia, la tenían escondida—.
Pompa, tradiciones, ceremonias —continuó la princesa—.
Imagino que el Führer no estará acostumbrado a tanta circunstancia.
—No lo está, no —dijo Eva—, pero está feliz de visitar su país y de que lo lleven a ver las obras de arte que tanto admira.
—Entre una cosa y otra tendrá poco tiempo para nuestro Duce. —Rio Mafalda—. A Mussolini seguro que le gustaría tenerlo solo para él. ¡Como a todos!
—¡Oh, Muti, es usted tan graciosa! Somos demasiados alrededor de esos grandes hombres.
Si yo tuviera un papel más... público...
, trataría de hacer las cosas de otra forma.
Quizás podríamos ir por un lado ustedes...
, la familia real, y nosotros..., la familia del Führer, y que los dos dirigentes se reúnan y traten lo crucial. Esta vez se ha mezclado todo.
—Eso sería perfecto... —opinó Mafalda, consciente del papel nulo que otorgaban en el seno del Gobierno alemán a su familia—, pero espero que el Führer tenga tiempo de avanzar en sus importantes proyectos con nuestro país.
—Oh, sí..., se entiende bien con el Duce.
Y, bueno..., suele encontrar huecos siempre para estar solo con quien corresponde.
No debe inquietarse por eso. Normalmente, antes de la última cena es cuando lo deja todo arreglado.
Bastan unos minutos para entenderse cuando hay voluntad.
Puede apostar a que en Florencia, antes de irnos, en la misma cena se cerrarán importantes acuerdos.
Mano a mano. ¡Así es él! Sobran las palabras cuando hay... conexión. ¡Míranos a nosotras, Muti!
—Tienes toda la razón, Eva. —A Mafalda le ponía los pelos de punta aquella familiaridad, pero trató de que no se notara—. En cualquier caso, de ser necesario, puedo avisar a la casa real para que habiliten un espacio para que se reúnan si no está organizado ya.
Era del todo absurdo porque todo estaba planificado, pero Eva picaba el anzuelo una y otra vez, dándole información.
—No se preocupe por eso. En el palacio Medici, el de la última cena en Florencia, ya lo han previsto.
Pensé que podría asistir y me compré un bonito conjunto, pero...
tampoco podrá ser. Me gustaría quedarme en Roma, aunque seguramente tengamos que ir a Florencia y ni siquiera podamos bajar del tren.
El Führer dice que es peligroso para mí.
Al parecer, las calles son estrechas e incluso han tenido que cambiar el coche en el que se moverán por uno más pequeño.
Me hizo gracia el nombre, lo llamaban torpedo.
—¿Al coche?
—Sí, gracioso, ¿no cree? El Führer y el Duce en un torpedo por las calles de la ciudad. Pero me apena no poder conocer la ciudad. Dicen que es bonita. Quizás en otra ocasión.
—¡Hombres! —lanzó Mafalda.
—Eso es, Muti, ¡hombres! —replicó ella, alzando el café que estaba tomando para brindar como hubiera hecho en una cervecería bávara.
Mafalda comprendió que Hitler no mostrara demasiado a su novia. Ella misma se avergonzaba de que la vieran con ella.
Pero la conversación estaba siendo sumamente interesante.