53. BIENVENIDO, HERR HITLER #2
A la altura de la segunda gran lámpara de cristal de Murano, en la misma mesa, la conversación de Mafalda de Saboya estaba resultando mucho más fluida.
Había pocas mujeres en la delegación alemana, pero las que se habían sumado al viaje eran importantes.
La que más, la mujer de Joaquim von Ribbentrop, el ministro de Exteriores.
Annelies Henkell, Annelies von Ribbentrop para todos, era hija de un exitoso productor de vino espumoso, rica de nacimiento y altiva por convicción.
Segura de sí misma, se enorgullecía de formar parte de la élite del partido, y creía firmemente que podía impulsar la trayectoria de su marido, que en realidad no era especialmente brillante, y al que muchos de los que estaban por encima de él consideraban ineficaz y arribista.
A pesar de su pomposo apellido, lo cierto era que Von Ribbentrop procedía de una familia de clase media y solo hacía diez años que había incorporado el von a su apellido.
Su mujer, afamada esnob, parecía haberle perdonado ese dato.
En la visita a Italia había adquirido cierta importancia y era una de las pocas personas que estaba feliz en aquella mesa.
Durante todo el ágape trató de confraternizar con la princesa Mafalda.
Al fin y al cabo, además de ser hija del rey, estaba casada con un príncipe alemán, así que creyó poder confraternizar.
La princesa hablaba alemán mejor que ningún otro miembro de su sangre, pues lo usaba a diario.
Mafalda, quien, a pesar de detestar el nazismo, estaba muy acostumbrada a lidiar con él, prefirió ser amable con ella, pensando que quizás se encontrara en su misma situación, es decir, casada con un hombre que, para su desgracia, se había comprometido también con el nazismo.
Así, al acabar la cena, a Annelies no le hizo falta romper el hielo para plantearle a la princesa una petición.
—Quería pedirle ayuda con un asunto que, aunque no se lo parezca ahora mismo, es de la mayor importancia.
—Mafalda se sorprendió de que fuera precisamente ella la encargada de ayudar, pero escuchó con atención—.
Junto con la delegación alemana ha venido una amiga a la que tengo enorme estima.
Está alojada en el Excelsior y no se ha previsto que se una a ninguno de los actos oficiales.
Pese a ello, queremos que lo pase bien y que pueda conocer Roma desde la posición que le corresponde.
Ya sabe, los mejores modistos, zapateros, etcétera.
Es una mujer joven que ha viajado poco, pero es extremadamente agradable; viene con su hermana y una amiga.
Me preguntaba si usted las acompañaría mañana, tan solo unas horas, de compras.
Un coche de la embajada la recogería en su casa.
Tan solo serán unas horas. Tres o cuatro como mucho.
Quería hacerlo yo, pero, por desgracia, debo acompañar a mi marido; en cambio, por lo que sé, la familia real no asistirá a los actos de mañana.
—Así es. Pero quizás yo no sea la persona más adecuada para lo que me pide.
—Oh, alteza, claro que lo es. Es usted la más elegante de las damas que he visto y habla alemán perfectamente. Es usted medio alemana en realidad. Hágame el favor. Le prometo devolvérselo cuando me lo requiera.
Que aquella mujer estuviera en deuda con ella podía ser valioso. Mafalda decidió aceptar, aun sin entender a quién iba a hacer de cicerone.
—De acuerdo, la ayudaré.
—Oh, es maravilloso. Gracias, alteza. Mañana... ¿quizás a las cuatro?
—A las cuatro está bien. Estaré preparada.
—Oh, se lo agradezco mucho. El Führer estará encantado.
Mafalda no entendió por qué Annelies le daba importancia a algo tan banal, pero se prometió que lo averiguaría. ¿Quiénes eran esas tres chicas?
María José de Saboya fue directa a la casa que el padre Orso ocupaba en el recinto de Villa Savoia en cuanto volvió de la cena en el Quirinal.
La noche había sido desagradable y los reyes, sus suegros, habían optado por irse a dormir sin comentarla con el resto de la familia, sin duda preocupados porque, si Hitler les mostraba aquel desprecio, solo era cuestión de tiempo que Mussolini se lo mostrara también.
Los dos dictadores estaban redibujando Europa y lo que les pasaría a las testas coronadas del viejo continente era, cada vez más, una incógnita.
Pero los pensamientos de la princesa del Piamonte eran otros. Tenía algo que valía la pena investigar y, sin dudarlo, acudió al sacerdote.
Alberto Orso era una bendición. Sereno, inteligente y mejor informado que cualquiera.
En cada acción, para cada movimiento, Orso buscaba la ayuda de Dios, pero jamás esperaba a que llegara para empezar a actuar.
A Dios rogando y con el mazo dando. Lo encontró despierto, con los restos de una cena opípara en un lado y una botella de buen champán a medio terminar.
Su casa era la de un príncipe de la Iglesia, aunque aún fuera solo un sacerdote, excelentemente amueblada, con óleos de grandes dimensiones y una extensa biblioteca de volúmenes encuadernados en cuero, con su escudo familiar y sus iniciales.
El sacerdote reconocía que pecaba de gula y no aplicaba el voto de pobreza, pero se escudaba en su debilidad humana y pedía perdón por ello.
Sonrió al verla y le sirvió una copa de champán.
—Creo que en la cena no lo han probado —dijo, irónico.
—Muy poco, y es una pena, porque hubiese ayudado a mejorar el ambiente. Los reyes estaban muy incómodos y Hitler parecía estarlo más aún.
—Pero no ha venido a comentar esto.
—No, padre. Es otro asunto el que me trae aquí. Algo que me ha contado la princesa Mafalda. Al acabar la cena, la señora de Von Ribbentrop, el ministro de Exteriores alemán, le ha solicitado que mañana acompañe a tres mujeres de la delegación alemana de compras.
—Es una petición muy extravagante para hacerle a una princesa de sangre real.
—Eso he pensado yo.
—¿Sabemos quiénes son?
—No, eso es lo que me ha puesto en alerta.
De haber sido alguna de las esposas de los hombres de la delegación, habrían destinado a alguien de la embajada, o quizás a algún contacto de alcurnia de Roma, pero pedírselo a una hija del rey es inaudito, y creo que nos da pistas.
Esas mujeres son de alguna forma importantes y...
, más sospechoso todavía, alguien desea que permanezcan en el anonimato.
—Es muy extraño, sí. Mujeres lo bastante importantes como para que las pasee una princesa, pero que no participan en los actos de esta noche, y a las que la mismísima primera dama de la delegación alemana en Roma se preocupa por entretener.
Sé un poco sobre la señora Von Ribbentrop.
Es hija de un empresario del vino y extremadamente altanera, lo cual nos da una pista clara: si se preocupa por esas mujeres es porque espera algo a cambio...
, congraciarse de alguna manera con aquellos que la pueden favorecer, que son pocos.
Su marido ya está muy arriba en la pirámide de mando, así que...
no necesita esforzarse con la mayoría de los que han venido.
Por encima del ministro de Exteriores solo está Hitler, pero en la práctica Göring, Goebbels y Hess tienen mayor poder.
Los tres lo detestan, lo consideran un advenedizo.
—¿Así que quizás esas mujeres sean de importancia para Hitler?
—Estamos elucubrando mucho, pero podría ser. También puede que los Von Ribbentrop quieran tener un gesto con los tres que le he nombrado.
—¿Quizás sean sus amantes?
—De ningún modo. Serán algo más que eso. Las amantes se ocultan. Nunca le pedirían a la hija de un rey de Italia que se relacionara con mujeres de dudosa moral. No... ¿Sabe dónde se alojan?
—Sí, en el Excelsior. La misma señora Von Ribbentrop se lo dijo a la princesa Mafalda.
—Bien. Haré mis averiguaciones. ¿A qué hora se verán?
—Recogerán a la princesa mañana a las cuatro, en Villa Polissena.
—Espero tener algo antes. De no ser así, dígale a la princesa que en algún momento de su recorrido la informarán de quiénes son sus acompañantes.
Dígale que escuche mucho y opine poco. Quizás no haya nada que sacar de todo esto, pero no podemos descartarlo.
Cuando vuelva de la visita, vengan a verme.
Extraeremos toda la información antes de que su cuñada la olvide.
—¿No le importa que sepa que usted...?
—No me importa, no. Llegados a este punto, todo esfuerzo es poco. Debemos empezar a confiar en los demás. Roma no se construyó en un día, y Mussolini no caerá en dos.