El falsificador 53. BIENVENIDO, HERR HITLER
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53. BIENVENIDO, HERR HITLER

BIENVENIDO, HERR HITLER

A última hora, la recepción en la estación Ostiense de Roma había resultado exactamente como esperaba la familia real: no había ido bien.

A Hitler le frustraba que, protocolariamente, su visita a Italia fuera una invitación del rey, y que, por tanto, tener que pasar tiempo con él fuera obligado.

El rey se le dirigía en francés, idioma que el Führer ni dominaba ni apreciaba, lo que dificultaba que ni tan siquiera la conversación banal y sin interés que se debían fluyera.

Deseaba departir con el Duce, expansivo y enérgico como él, pero se veía obligado a hacerlo con Víctor Manuel III, que era inteligente, pero discreto en todo.

Habían recogido a la delegación alemana en coches de caballos, cosa que los invitados consideraron sin disimulo una pérdida de tiempo. Incluso habían nombrado la calle que iniciaba el recorrido hasta el Quirinal como avenida de Adolf Hitler, pero tampoco eso había acabado de romper el hielo.

En total casi quinientas personas y prácticamente todos los dirigentes del Gobierno alemán, salvo Hermann Göring, que se había quedado al mando en Berlín, habían llegado a la capital italiana, lo que daba una idea de la importancia que ambos países otorgaban a la visita.

Ya en el palacio, al alemán no le habían impresionado los apartamentos que le prepararon, nada menos que los destinados al príncipe heredero, que se habían renovado completamente, con nuevas colgaduras de seda, nuevas embocaduras para las puertas y suelos de mármol.

Los ascensores, las cocinas, la calefacción también eran nuevos, pero, pese a los esfuerzos de la casa real, el que decían que era el sexto mayor palacio del planeta no parecía suficiente para Hitler.

No era el único que habitaría el palacio.

Los jerarcas más importantes de la delegación alemana también lo harían.

Como en la mayoría de las cosas, aquellos hombres habían esperado a que el Führer diera su opinión para ofrecer la suya, que, como era de prever, tampoco fue favorable.

La idea de que dormían en un museo se asentó y muchos se encargaron de comentar que envidiaban al resto de la delegación, alojada en el Gran Hotel Plaza, en el norte de Roma.

Todo lo que intentaban que se apreciara como un honor al alemán le parecía anacrónico y pasado de moda, y el pobre rey sentía que, en vez de reforzar su posición, había abierto la puerta del gallinero al astuto zorro.

Otro habría bajado los brazos rendido y pasado el testigo de la visita a Mussolini, que era el dirigente que realmente interesaba a Hitler, pero, harto de ser desplazado, Víctor Manuel III se conjuró para ocupar su lugar por mucho que se abriera la tierra bajo sus pies y por incómodo que resultara.

Los Saboya podían equivocarse en muchas cosas, pero no eran ingenuos respecto a las opiniones de su invitado, razón por la que se iban a esforzar en mostrarle la dignidad que siglos de historia y matrimonios con las mejores casas europeas les habían dado.

Quizás eso funcionara. En las visitas de otras monarquías se imponía el protocolo de gran corte, con tiaras y vestidos largos, pero, a sabiendas del gusto del Führer y de las indicaciones del Duce, aquella noche se había optado por algo menos rígido, y las mujeres de la casa se habían tocado tan solo con sombreros y los hombres llevaban uniforme militar.

—Perlas para los cerdos. Hace no tanto ese hombre apenas llegaba a fin de mes pintando cuadros mediocres —musitó la reina mientras se colocaba dos lazos de brillantes sobre su vestido de seda oscura.

La doncella le abrochó el collar de perlas en la nuca.

Del mismo colgaba un crucifijo de brillantes que captaba la atención sobre el resto del atuendo.

—¿Majestad, está segura? —le preguntó su dama de compañía al verla poco después. Era una afrenta directa a Hitler, que despreciaba la religión.

—Muy segura —zanjó ella ante la sonrisa de los príncipes del Piamonte.

Sí, a su nuera aquel gesto le satisfacía.

Si iban a ser barridos por la historia, por lo menos lo harían con dignidad y sin renunciar a sus valores.

María José miró a su marido, imponente —solo por fuera— con el uniforme de la Marina Real.

Humberto era el resultado de la sangre nueva y poco corrompida de su suegra, la misma que llevaba un crucifijo consigo a la cena de bienvenida a aquel monstruo.

Había heredado sus rasgos y su altura, pero dudó de que tuviera más arrojo que su padre.

Sin aquella característica, mucho tendrían que ayudar todos los demás para que la monarquía sobreviviera a Mussolini.

Deseó que su conspiración hubiera servido para algo, y que en algún momento de aquella visita, en alguno de aquellos paseos en coche descapotable, una de las pistolas que había comprado para Justicia y Libertad solucionara el problema.

El padre Orso había celebrado una misa en la capilla de la Palazzina pocas horas antes de la llegada de la delegación alemana.

Nadie había manifestado sus temores entonces y su sermón tampoco pidió la intercesión de lo divino en algo con lo que los humanos pretendían poder lidiar, pues tan solo hubiera recalcado la debilidad de la familia.

En confesión, poco antes, el sacerdote había puesto al día a María José.

—Será en Florencia, mis contactos allí lo confirman, así que esté tranquila. Nadie de la familia real recibirá una bala.

—Ya que no estaremos allí —aseveró la princesa del Piamonte.

—Hasta el fin de Mussolini, Justicia y Libertad y la monarquía navegan en la misma dirección.

—Lo sé. También la Iglesia. Pero ojalá hubiera algo más planeado. Un plan alternativo por si ese falla.

—Hay una posibilidad que quería comentarle —dijo el sacerdote acercándose un poco más y bajando la voz—.

En Florencia, después de la visita al Palazzo Vecchio, se celebrará una cena en el palacio Medici Riccardi.

Asistirá la flor y nata florentina, entre ellos el cardenal Ducci, que es el único que se ha prestado a hacerlo, pues, como sabe, la Iglesia es contraria a esta visita.

Irá con la excusa de su relación con los sacerdotes castrenses, el clero integrado en el Ejército, pero, sobre todo, para obtener información de la velada. Es buen amigo mío.

—¿Minutante?

—No, pero el cardenal es ciego y va siempre acompañado por un joven sacerdote, el padre Lobera. Él sí lo es.

—¿Y?

—Lobera está dispuesto a actuar, a llegar mucho más lejos de lo que debe, pero desde las más altas instancias se le han parado los pies.

Es español, de la zona del Pirineo catalán, y de demostrada valentía.

Salvó a un grupo de quince religiosas de la persecución de los republicanos.

Hasta que recibió la llamada del Señor se había dedicado al boxeo.

Tiene expresamente prohibido actuar solo, pero ayudará en lo que haga falta si se le requiere.

—Sé de una persona de la organización que asistirá a esa cena —replicó María José pensando en Matteo Maratti.

—¿Tiene algún plan?

—Es uno de los miembros más activos de Justicia y Libertad. Podría ser que haga algo si tiene la oportunidad, pero lo desconozco.

—No importa. Es mejor que, si tiene un plan, solo lo sepa él. En cualquier caso, hágale llegar la información respecto a Lobera. Si surgen problemas en el palacio Medici Riccardi, debe saber que tendrá un amigo dispuesto a ayudarlo.

—Lo haré. Gracias, padre.

—Espero que la cena vaya bien. O al menos lo mejor posible.

—Eso parece más difícil —confesó la princesa con una sonrisa irónica y cansada—, pero rece por nosotros.

Horas más tarde, la familia llegaba al palacio del Quirinal tras recorrer en coche de caballos una Ciudad Eterna plagada de símbolos fascistas y manos alzadas.

Debajo de esvásticas, pebeteros de fuego y efigies de Hitler, la multitud los saludaba a su paso sin que ellos supieran si estaban haciendo algo para rectificar el destino al que parecían abocados, pero devolviendo el saludo.

En procesión, los Saboya penetraban en su residencia oficial, un palacio enorme, plagado de importantes colecciones, con casi trescientos tapices, lámparas de cristal de Murano y porcelana única en el mundo.

El edificio del que habían huido en busca de una vida burguesa, que obstinadamente se les resistía, los recibía sin conseguir que se sintieran cómodos.

Los italianos, que se habían esmerado en organizar un banquete fastuoso, comprobaban la indiferencia de sus invitados.

«Perlas para los cerdos», repitió la reina en su cabeza mientras se sentaba junto a Hitler.

El protocolo tampoco satisfizo al Führer en aquella ocasión, pues lo rodeaban personas en las que tenía nulo interés, en esencia, la familia real, y en cambio el Duce estaba sentado junto a la princesa Mafalda, lejos de la presidencia, un lugar que se había reservado, de nuevo, al rey.

Transparente en su disgusto, el alemán ignoró los dos intentos de conversación de la reina.

Impertérrita, ella decidió dejar de hablarle.

Se habían tomado muchas molestias para que estuviera contento ofreciéndole un menú vegetariano mientras los demás degustaban carnes de caza con ricas salsas, bebiendo tan solo un poco de los excelentes caldos italianos, ya que el Führer no lo hacía, y tratando a un hombre que les resultaba antipático y temible como si fuera lo contrario.

Pero el antagonismo del poder que representaban unos y otros quedó aún más marcado.

Cuando, en un aparte, Hitler observó a la gente arrodillarse para besar con devoción el vestido de la reina, se convenció de que el tiempo de los Saboya había pasado y el suyo se impondría.

La misma noche pidió a Goebbels que en las fotos en las que coincidían borrara a los miembros de la familia real.