52. FLORENCIA DE NUEVO #2
—Bueno, era muy sutil. No se me ocurrió nada mejor. Puse en mayúsculas cada letra de mi mensaje oculto. En esos momentos fue lo único que se me vino a la cabeza.
—Siento no haber...
—No lo hagas. Yo... han pasado algunas cosas.
Juan se lo explicó todo. El secuestro. Sus averiguaciones.
Los tratos de Carlo con la mafia siciliana.
Los suyos con Carlo y cómo había estado a punto de morir asesinado por el encargo.
Ella adquirió una faz pétrea, sin vida, sin color, llena de ira.
Cuando acabó de escucharlo, se levantó lentamente en silencio, se acercó a la ventana y se sentó en el poyete, cogiéndose las rodillas con los brazos y hundiendo su cara entre ellas.
Juan supo que Flavia debía digerir lo que acababa de saber.
No era poco e hizo falta casi media hora de lágrimas ahogadas y rabia para que volviera a mostrarle su mirada, ahora encharcada. Él se acercó y le acarició el pelo.
—Carlo me convenció de que estabas echando tu vida a perder. De que debía facilitarle una copia más del retrato de Colomba Corsini para pretender que la había recuperado. Sabe cómo ablandar el corazón. Se presentó como un marido devoto que trata de salvar la vida de la mujer a la que ama.
—Y luego encarga que maten al amante.
—Sí, eso parece.
—Es un cobarde. No ha tenido el valor de preguntarme por ti ni de hacer el trabajo sucio... ¿Sabes por qué?
—Porque no puede ganarnos ni a ti ni a mí —aseguró Juan.
—Exacto. Lo he querido mucho. Ha sido un gran amigo desde la infancia, pero es una persona diferente a la que creí. Nunca lo quise a él, sino a la imagen que me vendió de sí mismo. Disipada esa imagen, no queda nada. Odio haberlo querido.
—No lo hagas. Nunca se quiere en vano. Lo que damos acaba por volver a nosotros.
—Espero que no vuelva nunca el odio que siento por él. Ese no se irá nunca.
—Él parece quererte.
—No, quiere mi dinero. Soy su salvavidas, el que tiene más cerca.
En vez de buscar otro, se aferra a mí. Y es un asesino.
Hay que saber cómo querer y qué querer. Si Carlo me quiso alguna vez, me quiso mal.
Ahora solo quiere lo que tengo, no lo que soy...
Y aunque me quisiera, no deseo estar cerca de un hombre que está dispuesto a matar a quien le molesta.
Peor, a encargar a otro que lo haga, como buen cobarde.
—Siento haberte engañado. Me dejé convencer.
—No puedo enfadarme contigo, solo te he traído desgracias. Por todos los santos, podrías haber muerto. Encontrarte conmigo es lo peor que te pudo pasar.
—Eso no es ver...
—Juan —le dijo, poniéndole el dedo sobre los labios—. Sí que lo es. Pero juro que intentaré compensarte.
—Quizás Carlo solo quisiera que no te arriesgaras. —Juan no podía creer que estuviera defendiéndolo—. Pensó que podría engañarte y salvarte.
—Carlo me conoce desde hace muchos años y aún hay una cosa que no entiende.
A ti te costará mucho menos, estoy segura, porque en el fondo eres como yo.
En el futuro, si dudas sobre cómo proceder conmigo, solo debes entender que lo único que quiero más que a ti, más que a nada, es mi libertad.
Nunca la sacrificaré. Me dejaré aconsejar y te escucharé, Dios sabe que eres más cabal que yo, pero, si decido algo, debes dejar que me enfrente a mi decisión.
¿De acuerdo? Si no me quiero a mí, me costará querer a alguien, y, si no soy libre, no me querré nunca.
—De acuerdo —respondió Juan mirándola un instante.
La besó en los labios despacio, la miró de nuevo, le secó una lágrima y, besándola con más intensidad, la cogió en brazos y la llevó a la cama.
A más o menos la misma hora, un Issota Fraschini burdeos se detenía frente al hotel Helvetia y Carlo Leone salía del coche con el aire de suficiencia de siempre.
A pesar de habérselo dicho a Flavia, no había ido a Milán, sino a Florencia.
Como todos los adictos, mentía incluso cuando no era necesario.
No dio propina y se registró rápidamente, deseando que al final de la estancia sus problemas financieros se hubieran solucionado.
Flavia no le había llevado el dinero que le había pedido en Lausana, y, como tampoco había vuelto a su casa, no quiso ir él y mostrar lo apurado de su situación económica.
Había pedido un pequeño préstamo más, a gran interés y a una entidad sin ningún prestigio que, sorprendentemente, no lo conocía aún.
Debía apretarse un poco el cinturón, pero antes pidió la cena en la habitación.
Al rato llamaron al timbre y un camarero con un carrito le organizó una mesa con una perfecta mantelería y tres campanas plateadas con su primer, segundo y tercer plato. Tras él, un botones le entregó un paquete envuelto.
La copia del retrato de Colomba Corsini que había extraído del apartamento de Juan Rezola.
Su pago a la mafia. Hubiese bastado con que lo vieran manipularlo para saber que era falso.
El mismo día en el que había encargado a Ludo que se llevara a Rezola de su apartamento y lo matara, el ladrón que ya había visitado el piso del español había vuelto a por el cuadro.
Carlo se tumbó satisfecho antes de incorporarse para cenar.
Le gustaba mucho que trabajaran para él.