El falsificador 52. FLORENCIA DE NUEVO
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52. FLORENCIA DE NUEVO

FLORENCIA DE NUEVO

Juan Rezola paseaba por la Piazza della Signoria cuando observó, frente al palacio, a Ranuccio Bandinelli.

Sin dudarlo, se acercó a él. Como experto en arte, el profesor le interesaba, pero a aquellas alturas todo el mundo sabía que era el encargado de guiar a Hitler por las maravillas de Florencia, lo que doblaba su interés por él.

Era pasada la una y Juan había reservado una mesa en el restaurante Buca Lapi, muy cerca de donde se encontraban. Deseó que Bandinelli tuviera hambre.

El académico lo vio a pocos metros y pareció alegrarse.

La última vez que se habían visto, le había hablado de su intención de abandonar Italia.

Juan no sabía que aquella conversación escuchada por Ludo había servido para impedirlo.

Tenía aspecto cansado y estaba algo más delgado, pero mantenía su buen porte y aspecto refinado.

—Rezola —dijo él extendiendo la mano.

—Profesor Bandinelli. He sabido mucho de usted estos días. Toda la ciudad lo conoce ya.

A Ranuccio el comentario no le pareció halagador, pero, como sabía que pretendía serlo, no se molestó.

—Señor Rezola, rara vez somos conocidos por lo que desearíamos. Por eso prefiero que solo hablen de mí los que me conocen de verdad y son indulgentes con mis fallos.

—Lo comprendo. ¿Entiendo que sigue metido de lleno en la planificación de la visita?

—Sí, así es. Mi trabajo sería más fácil en otra ciudad. Aquí hay demasiado que ver.

—Por suerte.

—Sí, por suerte.

—Comamos —propuso Juan, directo—. Puedo ayudarlo a discernir si tiene dudas o hablar de otra cosa si lo que necesita es airearse. Tengo una mesa en Buca Lapi, en el...

—Lo conozco. —Bandinelli dudó un instante antes de decidirse. No conocía mucho a Juan, pero le caía bien, y a veces estar con gente desconocida resultaba lo mejor para olvidar—. De acuerdo, lo acompañaré —dijo al fin.

Podían haber sido buenos amigos. Los dos lo habían sabido desde su primer encuentro en el palacio Maratti.

Incluso a pesar del interés con el que Juan se acercaba a él, el español disfrutaba de la compañía del italiano, y estaba seguro de que el otro lo hacía también.

Juan era bueno escuchando. Bueno callando.

Fácil para las conversaciones sencillas y aplicado en las difíciles.

Aprendía hasta de los necios para no serlo nunca.

Se interesaba por lo que era interesante, y su compañero de mesa, más allá del presente de cada uno, sin duda lo era.

Hablaron de arte y de España, que Ranuccio conocía bien, por lo que le apenaba especialmente la cruenta guerra civil que seguía desangrándola.

Por sus palabras, Juan comprendió que no estaba ante un convencido fascista, por más que estuviera afiliado al partido.

Solo dos veces en toda la comida salió el nombre de Mussolini y, en ambos casos, Bandinelli se ocupó de cambiar de tema rápidamente.

No quería hablar de él, lo cual era lo contrario que hacían sus adeptos.

Parecía que el profesor había decidido que, si no podía decir algo bueno del Duce, prefería no decir nada.

Una manera muy elegante de evitar criticarlo, pero, en el fondo, demostraba su oposición.

—Florencia está muy cambiada —lanzó Juan observando por la ventana cómo se acababa de limpiar una fachada renacentista.

—Mucho.

—Tan... limpio. Las fachadas, las calles... Parece otra.

—Es un error. Un error tremendo, pero nadie parece verlo igual que yo, quizás sea por mi formación, al fin y al cabo, soy arqueólogo. Me gusta ver el paso del tiempo en las obras. Limpiar algunas es una aberración.

—Como los frisos del Partenón.

En aquellos años, el Museo Británico estaba limpiando los frisos arrancados del Partenón de Atenas.

La operación sumaba polémica tras polémica.

Tras el expolio, se dañaban las esculturas limpiándolas con ácidos y herramientas de cobre que acababan con la pátina color miel que las cubría y las dañaban irreparablemente.

La comunidad académica se había indignado.

—Es quizás el ejemplo más elocuente. No solo las arrancan y las ponen absolutamente fuera de contexto, sino que las dañan al sacarlas, al conservarlas y al exponerlas.

Es una vergüenza y los ingleses deberían sonrojarse.

Pero es que, sencillamente, no deberían moverse las obras de arte del lugar para el que fueron creadas.

No solo la arquitectura, todo el arte está ligado casi siempre a un lugar de creación e inspiración.

El David es tan italiano como la Capilla Sixtina.

No pueden estar en otro lugar que no sea Italia.

—Se ha usado el arte como herramienta diplomática muchas veces.

—Es distinto. Absolutamente distinto. Al margen de eso, cada país tiene su arte, y esa es su identidad.

Si los países poderosos acaban llevándose las obras de aquellos a los que dominan, el mundo se volverá un lugar muy pobre.

Defender el arte de nuestro país es defender nuestro país.

¿Qué sentido tendría visitar Italia, España o Grecia si sus bellezas artísticas estuvieran en Inglaterra, Estados Unidos o Alemania?

La conversación era muy relevante. ¿Cómo valoraría Bandinelli que Hitler se llevara tantas buenas obras para su disfrute personal?

Ranuccio jamás había hablado de la exposición privada y el regalo a Hitler, y Juan no sabía si estaba al corriente.

Suponía que no. Sabía por Flavia que no había intervenido en la selección de las obras ni en la decisión del lugar donde exponerlas, porque todo se había decidido antes de implicarlo a él.

Era mejor así, aunque, de haber contado con más tiempo para confraternizar, Juan pensó que quizás podría haberlos ayudado.

A ningún amante del arte le gustaba que expoliaran el de su país.

En cualquier caso, cuanto más se acercara al profesor, mejor. Bandinelli daba pequeñas informaciones sin darse cuenta. Puntos de la ruta que iba a realizar con los dictadores, detalles de la comitiva, nombres de las personas implicadas. Juan lo memorizaba todo.

Acabaron de comer y descubrieron que los dos volvían a sus casas en la misma dirección.

La providencia quiso que la del profesor estuviera antes que la de Juan, en un bonito edificio de Via Guelfa, cerca del palacio Medici Riccardi.

Con un abrazo se despidieron. Se caían bien. Mejor que bien, en realidad.

Con aquella impresión, Juan siguió su camino hacia Via San Gallo.

Las revelaciones respecto a su marido llevaron a Flavia Viel a un estado que no conocía.

Habiéndolo creído todo, tras descubrir que había sido engañada, se preguntó durante cuánto tiempo se había dado aquella circunstancia y empezó a desconfiar de todo.

De lo primero, de la nota que Juan Rezola había dejado en el ático de la vía de San Gallo.

Aquella en la que la abandonaba sin explicaciones.

Respecto al cuadro que Carlo le había entregado con tanto orgullo, no tenía ninguna duda de que era falso.

Descubrió que solo necesitaba explicaciones de las personas a las que quería y, tras convencerse de que solo quería a Carlo como amigo, por causa de sus turbios asuntos, enseguida había pasado a sentir una total indiferencia hacia él.

Le daba pena, pero él solo se lo había ganado con sus mentiras y tejemanejes.

Así que volvió a Florencia. Ante la estupefacción de sus padres, el desconocimiento de su marido y las mil preguntas que se abrían ante ella, decidida a resolverlo todo, temerosa del cambio que se avecinaba. Retomando su plan inicial para recuperar el auténtico Botticelli.

Llegó a la estación y desde allí anduvo con su maleta y la copia del retrato de Colomba Corsini envuelto en dirección al apartamento que el padre Orso le había prestado debajo del de Juan.

A ambos lados, Florencia se engalanaba para la visita de Hitler, y cada farola, cada balcón, cada retrato y cada esvástica le recordaban que la cuenta atrás estaba en marcha.

Giró por Via Salvestrina y pudo ver la puerta de su casa, pero también algo más.

Frente a la entrada, rebuscando en el bolsillo, la silueta espigada, el pelo claro revuelto y el aspecto despistado de Juan eran inconfundibles.

La había engañado accediendo a tratar con Carlo, pero en aquel instante la ilusión de verlo apartó todo lo demás.

Dejó la maleta en el suelo y se quedó parada, mirándolo como quien mira un atardecer bonito, esperando que dure, aunque el sol se ponga rápidamente.

Sin saber por qué, él se giró hacia donde estaba ella y se quedó mirándola. Luego abrió los brazos.

—¡Flavia!

Se acercaron poco a poco, como si el espejismo fuera a desaparecer, hasta que, seguros de que lo que veían era cierto, con el corazón desbocado y la alegría recorriéndolos, se lanzaron a la carrera el uno hacia el otro.

En medio de la calle, sin importar quién los viera, se fundieron en un abrazo.

Lo habían pasado mal, habían sufrido engaños y hasta violencia, pero lo peor había sido la distancia.

Lo podrían haber superado todo menos aquello, pero no hizo falta que se dijeran con palabras lo que evidenciaban sus cuerpos.

Se apartaron para mirarse y se volvieron a abrazar varias veces, sin poder hablarse aún.

Ninguno tenía ya en mente lo que los había separado desde aquel primer encuentro amoroso en la cama de Juan, ni desde las horas que lo siguieron.

Subidos en una nube, nada más importó durante toda la tarde.

Saciada su sed del otro, era ya de noche cuando, aún en la cama, ella apoyó la cara en una mano y, recostada, le preguntó.

—No la escribiste tú, ¿verdad? Me refiero a la nota que me dejaste.

—Me obligaron —dijo él sentándose con las piernas cruzadas como un niño—, pero traté de decirte en esa misma nota que no era yo el que la escribía. En mayúsculas te decía que no era yo.

—No vi nada, qué tonta.