El falsificador 51. LA OPERACIÓN DECISIVA
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51. LA OPERACIÓN DECISIVA

LA OPERACIÓN DECISIVA

Santo Testa había repartido más de la mitad de las armas que la princesa María José había conseguido entre las células más activas y organizadas de Justicia y Libertad.

Desde entonces, discretamente, la organización había cobrado mayor relevancia y sus acciones también.

Había sido como abonar en invierno, meticuloso y aburrido pero productivo.

Ver que la OVRA se alarmaba y los perseguía con mayor intensidad era preocupante, pero también un síntoma de que los tomaban en serio y de que quizás empezaban a temerlos un poco.

Lo malo del idealismo es que a veces se queda solo en las ideas y Santo estaba encantado con pasar a la acción.

El eje principal de los planes de la célula florentina que comandaba junto a los Maratti era el atentado contra el Duce durante la visita de este a Florencia.

Para ello habían reclutado a seis jóvenes más, que ya habían dado muestras de valentía en diferentes operaciones y los apoyarían en la misión más crucial de la organización.

Ludo lo citó en la Via Calzaiuoli, una de las calles principales del centro, que conectaba la Piazza della Signoria con el Duomo.

Santo le caía bien, pero era inexperto, y Ludo no tenía ninguna duda de que la operación le venía muy grande.

Con todo, la historia estaba llena de magnicidios ejecutados por novatos.

Si, como era muy probable, Santo y su equipo fallaban, su idea era que, por lo menos, ayudaran al plan que ella preparaba.

—¿Qué hacemos aquí? —dijo Santo, observando la áspera fachada de un templo en el que jamás había reparado.

—Entremos —propuso Ludo empujando la puerta y ascendiendo rápidamente la escalera que llevaba al piso superior de la iglesia.

Cuarenta escalones más arriba, la única nave de San Carlo de los Lombardos era bien visible a los pies del lugar en el que se encontraban, pero seguía pareciendo igual de desnuda.

Insignificante para una ciudad en la que cada puerta similar se abría a un tesoro de mármoles de colores y obras maestras.

A su derecha, en el lado de la calle, un gran óculo sobre la puerta dejaba que la luz del exterior bañara el interior.

—El sacerdote de este templo es siciliano, así que se ha prestado a ayudar sin hacer preguntas —dijo Ludo—.

El día anterior a la llegada del Duce, os dejará entrar en el templo desde la sacristía, en la calle trasera.

Una semana antes deberéis haber traído las armas, pues sabemos que los registros serán frecuentes en los días previos a la visita.

El coche del Duce pasará por debajo de la ventana.

Es un descapotable. Mi sugerencia es que disparéis a la vez desde el tejado y el óculo.

Con el coche en movimiento, el ángulo de tiro no será bueno hasta que esté cerca.

La comitiva es de veinte coches. Debéis dejar pasar a los motoristas y a los de seguridad, y disparar desde cerca, en picado, a Mussolini.

Para cuando se den cuenta de que ha recibido un tiro, varios tiros, se habrá desatado el caos y la mitad de la seguridad estará alejada, con muchísimas dificultades para dar la vuelta.

Si disparáis antes de que hayan pasado, no solo tendréis más probabilidades de errar el tiro, además, los carabinieri y los miembros de las SS podrán atraparos. Debéis tener sangre fría.

—Creo que podría dar en el blanco fácilmente —dijo Santo mirando por el óculo.

—Puede que sí —sostuvo Ludo, que no lo creía.

—¿Y luego?

—Los carabinieri detectarán fácilmente el punto desde el que se ha disparado, pero la puerta de la iglesia es fuerte. Tendréis tiempo de salir corriendo por la sacristía. Dejad las armas aquí y mezclaos entre la gente.

—Parece muy simple.

—Lo es y, sin embargo, es un plan que ha funcionado muchas veces y funcionará muchas más.

—Hablaré con los demás.

—Perfecto. Encontrémonos mañana aquí.

Una duda asaltó a Santo.

—Y la Sociedad Honorable no va a...

—La Sociedad también tiene un plan. Uno que puede hacer innecesario el vuestro si lo completamos antes, o necesario si vosotros falláis. No queremos medallas. Queremos resultados. Ya conoces a tu padre.

—Sí —dijo Santo, que llevaba toda la vida lidiando con la figura de un hombre que le provocaba admiración, rabia y pena a la vez.

—Está orgulloso de ti.

—Ojalá acabe estándolo yo también —se sinceró él.

Se despidieron y Santo enfiló directamente al palacio Maratti, donde Matteo y Andrea esperaban noticias de la reunión con Ludo.

Hacía días que el nerviosismo se había instalado entre las paredes del palacio y, conforme la fecha de la visita se acercaba, la sensación de que todo estaba en el aire se acentuaba.

Cada día, en algún momento, alguno de los tres no podía evitar pensar que lo que pretendían les iba grande y que era mejor abandonar la idea.

Pero el plan que Santo les explicó parecía sencillo y los tres convinieron que no podían desaprovechar la ocasión.

—Me ocuparé de todo. Buscaré un piso cercano donde poder escondernos y organizaré la vía de escape. Deberemos abandonar Florencia lo antes posible —dijo Andrea Maratti.

—Estoy invitado a la cena en el palacio Medici Riccardi —informó su padre—, debo ir. Nadie entendería que no lo hiciera. Sería sospechoso. Nadie se excusa de una cena con los dos hombres más poderosos de Europa.

—Si todo va bien, la cena se anulará.

—Si no, tengo algo pensado. —Se levantó y desapareció unos minutos antes de volver con la levita del frac, que puso sobre la mesa—. ¿Veis algo diferente? ¿Algo raro?

Tanto Andrea como Santo revisaron la chaqueta. Todo parecía normal. Matteo la cogió y con los dedos presionó un botón, que se aplastó como si estuviera hueco.

—Es una cápsula. La voy a rellenar con cianuro. Si tengo la ocasión y vosotros habéis fallado, acabará en la copa de Mussolini.

—Esa ocasión no existe. No es tan fácil matar al Duce.

—Eso pensé, pero, si aparece, no la desperdiciaré.

—No será tan fácil —repitió Santo, que lo creía imposible.

—Lo sé. Será muy difícil. Pero, si surge la oportunidad, la aprovecharé —insistió Matteo una vez más.

—Ojalá no sea necesario —dijo Andrea.

—Ojalá —aseveró Santo.