50. LA BOMBA
LA BOMBA
Ludo pasó un par de días diseccionando cada uno de los puntos del recorrido de los dictadores.
Pese a ser secreto, una vez localizados, la vigilancia sobre los mismos y la decoración y pulcritud de aquellos lugares evidenciaban su importancia.
La información de Bandinelli era perfecta y única, porque no solo detallaba por dónde pasaría el Duce, sino a qué hora lo haría.
Rara vez se contaba con tantos datos fiables antes de una operación.
El profesor se estaba ganando su consideración.
De no ser por él, seguiría centrada en utilizar el pasadizo que llegaba al palacio Pandolfini para colocar una bomba que, a la postre, solo hubiera matado a Hitler. «Solo», se dijo con ironía.
Así que contempló diferentes opciones. Al principio pensó en un disparo con francotirador hacia el hueco por el que el Duce saludaría desde el Ponte Vecchio, pero el ángulo bueno era frontal, desde el río, y era muy complicado que no los descubrieran antes.
Una barca hubiera obligado a un tiro contrapicado nada fácil, y hacerlo desde el puente de la Santa Trinità, el inmediatamente posterior, río arriba, era imposible sin ser descubierto antes.
También pensó en disparar desde el edificio de Generali, que ocupaba el otro extremo de la Piazza della Signoria, cuando salieran a saludar al balcón del Palazzo Vecchio.
En el edificio de la compañía aseguradora trabajaba tanta gente que le hubiera sido fácil colarse en él y, si no la localizaban antes, el tiro era fácil, pero nuevamente la zona estaría demasiado vigilada.
De no haberlo estado, el plan le seducía por su teatralidad, matar a Mussolini ante tanta gente, pero no dejó que su vanidad la cegara y fue a lo seguro.
Una bomba al paso del coche.
El problema era que el recorrido estaría blindado, absolutamente revisado, y una bomba era imposible de colocar.
Quizás podría disparar, pero sería extremadamente difícil fugarse luego.
Solo tenía una opción: debía desviar el coche, hacerlo salir del recorrido previsto para que transitara el imprevisto.
Alguien debía intentar atentar, provocando que la comitiva se desviara de su ruta. Alguien a quien no importara demasiado perder.
Con esa elucubración, un plan tomó rápidamente forma volviendo a una idea planteada hacía algunas semanas.
Debía preparar un primer atentado que se descubriera in extremis y obligara al coche a desviarse y dirigirse sin remedio hacia la auténtica boca del lobo, donde otro atentado, minuciosamente ideado, acabara con la vida del Duce.
Una bomba colocada en aquel lugar por el que nadie había considerado circular.
Miró al cielo pensativa y de nuevo discernió sin intervención alguna de su corazón. La operación conllevaría un sacrificio importante.
Había llegado el momento de poner a prueba el idealismo de los jóvenes de Justicia y Libertad.