49. LA RUTA
LA RUTA
Ranuccio Bandinelli se había acostumbrado a que Ludo apareciera semanalmente en algún momento.
Ya no había un lugar de encuentro fijo, pues su propia vida empezaba a carecer de puertos a los que volver y de rutinas establecidas; la soldado de la mafia se presentaba a su lado cuando menos lo esperaba y en los lugares más inverosímiles.
La vida de paz que había planeado se había vuelto peligrosa, pero, aunque Ludo fuera el motivo de sus temores, debía reconocer que la profesionalidad que demostraba y el aplomo con el que le hablaba contribuían a hacerle pensar que por lo menos no estaba en manos de una banda de pistoleros chapuceros.
Era un consuelo escaso, pero menos era nada.
En aquella ocasión, la joven italoalemana lo asaltó en el centro del Ponte Vecchio, allá donde las tiendas desaparecen brevemente y la vista sobre el río de pronto se hace realidad.
—Sígame —le dijo pasando por su lado para colocarse delante de él.
Él obedeció y anduvo tras la trenza trigueña unos minutos más, hasta que ella entró en una pequeña taberna y se sentó al fondo de la barra.
Era guapa pero dura, tanto que incluso los más seductores de sus compatriotas debían pensárselo mucho antes de acercarse.
Una vez más, se mostró amable pero directa.
No le importaba nada que no tuviera que ver con el atentado a Mussolini.
—Entiendo que la ruta ya está confirmada, ¿cierto?
—Sí. El ministerio y el mismo Duce la aprobaron hace una semana y la delegación alemana dio el visto bueno ayer. Se pretende que sea un día intenso y que Hitler vuelva impresionado del apoyo al régimen. Se ha declarado festivo en la Toscana. Quieren calles repletas y vítores.
—Eso es.
—El presupuesto de la visita es de diecinueve millones de liras, pero ya se ha gastado buena parte y será de más aún. Un lastre para las finanzas de la región, pero claro, nadie ha osado discutirlo.
—Si todo sale bien, se hablará muy poco del coste.
—Los alemanes llegarán a las dos a la estación de Santa Maria Novella, donde los recibirán Mussolini y el conde Ciano.
—¿El rey no?
—No, parece que no, y, por lo que se habla en el ministerio, todos dan por sentado que Hitler está encantado.
—Probablemente desprecie al rey.
—Desde allí circularán por Via Panzani hasta la Piazza del Duomo.
—Esa será su primera parada, claro.
—Se equivoca. No se bajarán, ni siquiera descenderán del coche. Es una especie de desplante hacia la Iglesia. Hacia la casa católica de Florencia.
—Son absurdos.
—Sin duda. Pero desde allí se dirigirán a otra basílica que sí visitarán. Circularán junto al río hasta la Santa Croce. La plaza es muy amplia y estará abarrotada. Quizás allí puedan...
—No se preocupe por eso. La información es reveladora. Los dictadores han previsto un trayecto donde la gente prácticamente podrá tocarlos.
—Es cierto, y se estrecha aún más. Ya conoce Florencia. El centro... es el centro.
—Exacto.
—Bueno, como le decía, se bajarán a visitar la Santa Croce, previsiblemente cerca de la estatua de Dante. Visitarán la cripta de los mártires del fascismo. Han añadido una lápida nueva, por los mártires del imperio y por España, en referencia a los que lucharon en Abisinia y a favor de Franco.
—Una visita de relieve para una ciudad en la que tenemos tumbas diseñadas por Miguel Ángel. —Rio Ludo.
—Miguel Ángel está enterrado en esa misma iglesia, como sabe.
También Galileo. No he intentado disuadirlos de visitarla.
Es magnífica. Desde allí iremos al palacio Pitti.
Por el camino hay prevista una parada en un mirador para observar la vista.
Entrarán en el recinto del palacio a través de la puerta Romana y los jardines de Boboli, donde se les ha preparado un espectáculo de juegos medievales con trajes de época.
No se bajarán del coche, pero se detendrán a verlo y se les ofrecerá un regalo al finalizar.
No he conseguido disuadirlos de esta parte, que, por lo que sé, no interesará a nadie.
En cualquier caso, aunque Hitler se alojará en su propio tren, se le han preparado estancias en el palacio para que descanse luego si quiere hacerlo.
La visita le gustará, de eso no cabe duda.
—Seguro.
—Desde allí seguirá a pie por el corredor Vasari.
—Mmm —barruntó Ludo.
—Sí, lo sé. Los dictadores van a usar el corredor exactamente con la misma intención por la que fue construido por los Medici.
Un kilómetro de pasillo cubierto desde su palacio de descanso, el Pitti, hasta su palacio de trabajo, el Vecchio.
Los Medici no querían mezclarse con la gente de la calle, incluso hicieron cerrar los comercios cuyo olor los molestaba a su paso, pero el Duce se asomará al balcón al cruzar el Ponte Vecchio, justo encima del punto central en el que hoy me ha interceptado.
Han hecho una gran abertura a tal efecto, imagino que no se fijó.
—No lo hice, no.
—Bueno, la verá luego. Desde allí seguirán por el corredor hasta los Uffizi.
Hay planificada una exposición de arte alemán además de la existente.
Desde allí, aún en el corredor Vasari, llegarán al Palazzo Vecchio.
Saludarán al alcalde y a los descendientes de las familias nobles florentinas en la Sala de los Quinientos, y luego, desde el balcón, al pueblo.
—¿Sabemos qué familias han sido invitadas?
—No al Vecchio, pero después los dos dictadores irán en coche al palacio Medici Riccardi, donde cenarán con un grupo de ciento veintiséis invitados que sí conocemos.
Los mismos acudirán más tarde a la representación en el Teatro Communale.
A nuestro invitado se le ha reservado el palco real sin queja alguna de nadie.
Hitler irá con todo su séquito de jerarcas: Goebbels, Hess, Himmler, Frank y Von Ribbentrop.
Mussolini lo hará con el conde Ciano, y los ministros de Educación y de Cultura Popular, que, a fin de cuentas, son los que están al mando de toda la organización cultural.
Tras la representación, volverán a la estación pasando por la plaza Vittorio Veneto, donde se ha previsto un espectáculo pirotécnico.
—Me gustan los fuegos artificiales —dijo Ludo—, disimulan muy bien los disparos.
Bandinelli obvió el comentario.
—Lo que me ha extrañado es que, tras esa parada, el Duce irá directo a la estación mientras el Führer y yo daremos un rodeo. Por lo visto hay una parada prevista, pero no he sido informado, hay cierto secretismo respecto a ella.
—Pararán en el palacio Pandolfini.
—Pero... nadie me ha dicho nada de eso...
—Le informarán pronto. Quizás el día antes. Planean regalarle algo al Führer y lo harán en ese palacio. Por lo que dice, será una parada de minutos, poco más que entrar y salir mientras el coche espera fuera.
Ludo le explicó la situación por encima al tiempo que se daba cuenta de un importante inconveniente: Mussolini no pensaba acercarse al palacio Pandolfini.
Su plan para utilizar el túnel que Flavia Viel había construido se acababa de desvanecer y era el mejor plan posible.
Negándose la realidad, hizo lo que cualquier otro hubiera hecho.
—¿Está completamente seguro de que el Duce abandonará a Hitler después de los fuegos artificiales?
—Completamente. Vuelve a Roma el mismo día y va a detestar la visita de principio a fin, habida cuenta de su afición por el arte.
—Pero quizás le guste ser testigo de la entrega del regalo a su homólogo alemán.
—Me extrañaría mucho. Se llegó a sugerir que lo dejaría solo a mitad de la visita y se reencontraría con él en el Teatro Communale, pero al final parece que se esforzará en ser cortés, aunque no tanto.
«Eso es un contratiempo», se dijo Ludo. Su plan para colocar una bomba en el palacio Pandolfini era imposible. No quería matar a Hitler, quería matar al Duce, y, si no iba a pisar el palacio, no le servía de nada el túnel.
—¿Sabe qué piensan regalarle al Führer? —interrumpió Ranuccio.
—Creo que arte, un cuadro —contestó Ludo, aún rumiando qué hacer.
—Eso es terrible —continuó el profesor—. Con la poca afición del uno y la mucha del otro, seguro que nuestro país se despedirá de alguna obra única.
—Puede estar seguro.
—Cielo santo.
—Sí, pero vayamos a lo nuestro: si logramos acabar con el Duce, la obra será el recuerdo de una mala jornada. Me ha dado mucha información. Hay varios puntos débiles, tantos como personas encontrarán en su recorrido.
—¿Qué tendré que hacer?
—Probablemente nada. Ya ha hecho lo más valioso: conocer el recorrido lo facilita todo.
—Es alto secreto.
—Lo sabemos.
—Recuerde el trato que tenemos respecto a mi familia —apuntó Bandinelli.
—Está todo organizado. El día anterior de su llegada a Florencia ellos viajarán a Suiza desde la finca de Siena. La Sociedad los alojará en un chalet en Rougemont, cerca de Saanen. Allí lo esperarán.
—Ojalá no sea una espera eterna. No soy un héroe. No quiero morir cuando maten al Duce.
—No lo hará. Su labor será sencilla. Quizás solo deba explicarle una de las obras a Mussolini un poco más tiempo del necesario para que podamos apuntar limpiamente, o agacharse en el momento adecuado.
En pocos días lo sabremos, pero lo que ha hecho hasta el momento es muy satisfactorio.
La Sociedad Honorable estará en deuda con usted... y somos muy buenos pagadores.
Ranuccio no mostró ninguna alegría. Si moría, no podría cobrarle nada a nadie.