48. LIBRE
LIbrE
La mafia se había movido por interés siempre, y aquella no iba a ser una excepción.
Ludo necesitaba que, cuando Carlo pagara a su organización, Juan verificara si el cuadro que les entregaba era auténtico o falso.
Si los engañaba, lo haría por última vez.
Además, también quería que Juan le mostrara el túnel que habían excavado, que había pasado a ser un elemento prioritario en sus planes para atentar contra Mussolini.
Hacerlo en el poco vigilado palacio Pandolfini, donde podría entrar horas antes y colocar una bomba, era tan fácil como quitarle un caramelo a un niño.
Así que, a mediados de abril, Juan Rezola volvió a encontrarse en su apartamento de la Via San Gallo con una mujer, una rubia y alta, de ojos azules y aspecto frío, muy distinta a la morena y sonriente de la que estaba perdidamente enamorado.
Una que lo había raptado y lo había liberado, irónicamente lo contrario de lo que había hecho Flavia, que lo hizo libre cuando se conocieron y lo había encadenado a ella al enamorarse.
Estaba deseando quedarse solo para escribirle y comunicarle que aún estaba vivo y la esperaba.
Anetta sabría cómo hacerle llegar la carta.
Pero había otra mujer a la que añoraba: la copia del retrato de Colomba Corsini que se había quedado en Florencia no estaba en su piso, donde la había dejado.
—Usted misma vio que había un cuadro —dijo Juan.
—Lo sé —respondió ella, pensativa—, pero no creo en las casualidades. El que ha entrado en su piso ha venido exclusivamente a por él. El señor Leone ya tiene su copia. ¿Para qué querría otra?
—Para entregársela a usted —aseguró Juan—: la copia que le hice a Carlo se la ha dado a su mujer, alegando que es el original, y lo mismo pretende hacer con ustedes entregándoles la segunda copia.
—¿Reconocería la obra? ¿La falsificación?
—En un santiamén. Antes que nadie —dijo Juan recordando la marca que hacía en sus obras.
—Me cuesta creer que sea tan osado. La Sociedad Honorable... Todo el mundo sabe lo que pasa cuando se nos engaña.
—Cierto, pero la desesperación activa la osadía.
—Así es. Habrá que ver si el señor Leone se arriesgará a cambiar el cuadro auténtico por su cuadro falso o si pretende engañarnos entregándonos directamente el falso. Si engañará a Mussolini o a la Sociedad.
—No me gustaría estar en ese brete.
—A mí tampoco. Pero nadie llega a un cruce de caminos tan oscuro sin haber transitado mucho tiempo en su dirección. Enséñeme el túnel.
Era mediodía y la puerta del templo estaba abierta.
Discretamente, Juan abrió el armario de la entrada y apremió a Ludo para que lo siguiera.
Esta se mostró maravillada, tanto que la vio sonreír por primera vez.
Bajaron a la cripta y de allí pasaron a la bodega.
Tras la hilera de toneles, Juan le mostró el túnel.
Serían por lo menos cuatro metros que había excavado, en solitario, Flavia.
—Es extraordinario.
—Sí que lo es —convino Juan—, quedan tan solo unos centímetros. Tras esta pared hay un laurel que tapa la salida al jardín. A pocos metros, en el otro extremo del césped, está la galería donde se expondrá el cuadro. El lugar donde se le entregará el regalo a Hitler.
—Lo tiene todo muy claro. ¿Por qué debería creerlo?
—Porque solo miento con el pincel. Soy un falsificador de arte que odia la mentira.
Ludo era de las pocas personas capaces de entender aquella contradicción. Pertenecía a una organización controvertida. Cruel para muchos y fiel para otros. De amores y odios extremos. Le creyó.
—¿Quieren matarlo? —preguntó Juan.
—Eso no es importante.
—Quieren matarlo —aseguró el español—. Tranquila, no seré yo quien se oponga.
—Nunca se oponga a quien no pueda ganar.
—Quizás puedan librarnos de los dos. Hitler y Mussolini. Italia y Alemania se lo agradecerían.
Ludo no dijo nada, aunque estaba de acuerdo.
Matar a Mussolini y de propina llevarse también al infierno a Hitler.
Tal vez eso colocara a la Sociedad Honorable bajo otro cristal y la gente perdonara tantas décadas de calamidades.
Habían defendido sus intereses aplastando a menudo los de los demás, arrastrando a mucha gente a la desgracia con su violencia.
Quizás fuera la hora de hacer algo que fuera beneficioso para todos.
Quizás, por una vez, el león cazara para las gacelas.
Miró a Juan en la penumbra de la bodega y, sin entender bien por qué, le dijo:
—Es usted un buen hombre. No debí haberlo retenido.
—No podía disculparse porque solo cumplía órdenes, pero se sintió en deuda con Juan.
Por haberlo maltratado injustamente y por la ayuda que le acababa de prestar —.
Ojalá nunca nos necesite, pero, si lo hace, encuentre la forma de localizarme.
Mi nombre es Ludovica Conti. Nunca olvido a la gente que me ayuda.