47. DOS MARCOS
DOS MARCOS
Anetta Calderone cruzaba el centro de Florencia con una urgencia que no tenía y una velocidad que no necesitaba.
Llevaba días de mal humor y apartaba a la gente a su paso de mala manera, con una fuerza que contrastaba con su cuerpo menudo y flacucho.
La señora Flavia la había dejado allí sin nada que hacer mientras arreglaba sus cosas, pero Anetta dudaba de que tuviera el valor.
A menudo es mucho más fácil soportar lo mediocre que arriesgarse por lo excepcional.
Así, sin creerla del todo, le había acariciado la espalda cuando ella le había contado que el español la había abandonado y que dejaría a su marido una vez que estuvieran en Lausana.
Había pasado más de una semana y aún nada había sucedido, pero Anetta seguía yendo a diario al piso, que brillaba como la plata bruñida.
Al margen de los preparativos para la visita de Hitler, que avanzaban a ritmo vertiginoso y revolucionaban el entorno, en el plano personal no había pasado nada en toda la semana hasta ese martes, en el que sucedieron dos cosas.
La primera ocurrió por casualidad, cuando, al entrar en una cafetería, cerca de la Academia, se topó en la barra con un profesor en cuya casa trabajaba desde hacía años su prima, y ella, si estaba en Florencia, ayudaba cuando necesitaban personal extra.
Él la saludó muy amable, pero parecía ocupado, cansado, y cuando otro hombre se sentó frente a él, Anetta, desde la mesa contigua, escuchó el porqué.
—Es por la visita del Führer. Estamos reordenando algunos de los lugares que va a visitar, trayendo los objetos y obras más relevantes, y poniéndolas en el lugar de otras de menor nivel —explicó el profesor.
—Debe de ser laborioso —dijo el otro.
—Mucho, mucho más de lo que imaginé... Pero, bueno, tan solo son unas semanas de duro trabajo. Por suerte no seré yo el que tenga que estar presente cuando den el veredicto a todo esto.
—¿El veredicto?
—Por supuesto. El veredicto. Debemos impresionar al visitante, al Führer alemán.
Si no, será un tremendo fracaso. Será el profesor Ranuccio Bandinelli, de la Universidad de Pisa, quien esté con él entonces.
Va a ser el guía principal de la visita.
Bandinelli es perfecto para el trabajo, pero ya veremos cómo acaba la cosa.
Los grandes hombres suelen ser los más imprevisibles. Esperemos que todo salga bien.
—¿Y ese profesor ya sabe qué enseñar? Florencia no se puede ver en solo un día —opinó el desconocido.
—Debe de saberlo ya, sí, claro. Nosotros conocemos gran parte. El programa está bastante claro. Acompañará a Hitler y al Duce a todo: Boboli y Pitti, los Uffizi... Lo típico.
«Ya veo, sí..., lo típico», se dijo Anetta, decidiendo cómo utilizar la información.
Más tarde encontró a un mozo con mono y gorra en la puerta del edificio de la San Gallo, llamando insistentemente al piso que Juan Rezola había dejado. Como le gustaba hacer siempre, se presentó como la guardiana del lugar, molestándose de que cualquiera se atreviera siquiera a tocar la puerta.
—¿Qué desea? —le dijo, adoptando el tono exigente del que no le gusta que invadan su espacio.
—Busco al señor Rezola —dijo el joven quitándose la gorra—. Le dejé hace un par de semanas un marco igual al que le hicimos anteriormente, pero me manda mi jefe porque no lo ha pagado aún.
—¿Otro marco?
—Sí. Una obra de arte para enmarcar una obra de arte. Un marco idéntico al que hicimos en primer lugar. Igual al que encargó la señora Flavia Leone.
—¿Para qué querríamos dos marcos para una sola obra?
—Si son para la misma obra, para nada.
—¡Pues claro!
—No tiene sentido.
—No, no lo tiene.
—Pero el trabajo está hecho —volvió él—. Yo mismo lo entregué.
—Y la señora Leone no debe dinero a nadie.
—Es el señor Rezola el que lo...
—¡Chitón!, el señor Rezola es un caballero, tampoco debe dinero a nadie —lo interrumpió Anetta, sorprendiéndose por defender al español.
Miró de arriba abajo al mozo y recordó su cara de la tienda cercana al Ponte Vecchio. Sin dudarlo, se metió la mano en el bolsillo, pagó lo que se le debía y se apuntó mentalmente la cifra, que le reclamaría luego a Flavia.
No consiguió entender por qué un solo cuadro debía tener dos marcos.
Pocos días después, Flavia recibía una carta en la Villa des Hortensias, la casa de sus padres en Lausana. Una carta que, sin quererlo, era reveladora.
Querida señora:
Le escribo por la tarde en su apartamento de Via San Gallo, el sol entra por las ventanas y parece que la primavera finalmente se ha instalado en la Toscana. Espero que venga pronto, seguro que sí.
Todo se está preparando para la visita del Führer y la gente no sabe qué pensar.
Ni siquiera yo sé decirle si la ciudad está bonita u horrorosa, pero, en cualquier caso, es una Florencia diferente y más incómoda.
Ha llegado mucha policía y dicen que ya falta poco para acabar las obras, que estorban.
Respecto a eso, parece que el guía escogido será el profesor Ranuccio Bandinelli.
Al parecer, es muy célebre, pero yo solo he sabido de él por lo que he investigado tras oír su nombre por casualidad.
Es profesor en la Universidad de Pisa. Bueno, ¿usted había escuchado alguna vez ese nombre?
Imagino que fue él quien ayudó a su marido a recuperar el cuadro.
Respecto a eso, el otro día sucedió algo extraño.
Apareció un hombre en la puerta de la casa llamando al apartamento del señor Rezola.
Al parecer, le había encargado otro marco más, igual al que tenía el retrato original y que encargó usted.
Me extrañó mucho, pero lo pagué, le adjunto la nota.
¿Para qué un cuadro tendría dos marcos iguales?
Bueno, espero verla pronto, que deje a su marido si eso es lo que quiere y que don Giacomo y doña Cosima la entiendan lo mejor posible. Señora, vivir es lo más urgente que hay en la vida. Recuérdelo.
La espero en Florencia,
A NETTA
Flavia dobló la carta extrañada. Luego algo pasó por su cabeza y decidió ir a casa de su aún marido para averiguar si era una tontería o algo a lo que debía prestarle atención.
No había visto a Carlo más que en misa el domingo, y él se había mostrado muy amable, sin presionarla, pero extremadamente parco en palabras.
Su padre lo había saludado con frialdad.
Ella seguía digiriendo lo que sabía respecto a sus sospechosas finanzas, pero todo había sido muy civilizado, tanto que su madre había insinuado que podían proceder de aquella manera el resto de su vida.
—No hablarse con tu pareja puede ser una ventaja. Es mucho más fácil discutir y encontrar puntos de roce cuando se habla mucho. Cuando se mantienen las distancias, los matrimonios funcionan estupendamente. Si tu marido no dice nada que te interese, quizás sea mejor que no lo diga.
Flavia ni había contestado.
Llamó a la puerta y enseguida la llevaron al salón, igual que hubieran hecho con una invitada. Carlo nadaba entre varios fajos de papeles desordenados, con aspecto malhumorado. Al verla, su expresión se ablandó y sonrió.
—Qué agradable sorpresa —dijo.
—Te veo muy ocupado —replicó ella. De pronto tenía que fingir una calidez que no sentía.
—Bueno, ya sabes, negocios, un aburrimiento.
Siempre igual.
—Bueno, Suiza es aburrido. Casi te envidio, por lo menos tienes algo que hacer.
—Volveremos a Italia en cuanto podamos. Ten fe —dijo él. Hacía días que Flavia la estaba perdiendo sin remedio.
—No le tengo simpatía —dijo ella acercándose—, pero me hubiera gustado estar para la visita del Führer.
Me ha escrito Anetta, al parecer está todo patas arriba.
Han escogido al guía, a Bandinelli. Entiendo que ese es el hombre al que debo agradecer que el retrato de Colomba Corsini no se vaya con Hitler.
—Eso es. A Bandinelli... y a mí, que le pagué.
—Cierto. Me dijiste que necesitaba el dinero.
—Bueno, eligió una mala profesión. Los profesores no ganan demasiado. Bandinelli es un hombre con estrecheces y me lo hizo saber. Vi la oportunidad y la aproveché. Pobre hombre... Supongo que es lo normal en su gremio. Ninguno vive en una casa como esta.
—Que compraste para nosotros.
—Sí, me alegra que..., bueno, que comprendas que la compré para una familia, no para mí solo.
—¿Vas a colgar el retrato? —dijo ella, recordando que su padre le había dicho que la casa estaba en realidad alquilada y que, además, Carlo la pagaba con retraso.
—No pensaba. El cuadro es de tu padre. Se lo puedes llevar si quieres. Está allí mismo.
Otra señal. El fabuloso Botticelli familiar estaba apoyado contra la pared, en el suelo, cerca de una puerta que supuso daba a la cocina, en un lugar donde no hubiera sido difícil que alguien lo golpeara.
Flavia se acercó al cuadro y lo cogió con las manos.
Luego le dio la vuelta para mirarlo por detrás.
El lienzo era antiguo y los parches de la tela eran idénticos a los del original, pero un detalle llamó su atención.
No había hembrilla atornillada al marco.
La copia que había dejado en Florencia sí la tenía, y ella lo sabía bien, pues había sido muy arduo encontrar una antigua.
El original, que había colgado durante años en el castillo de Faggio, también la tenía.
Aquel marco no solo no tenía aquella pieza, además, su madera lisa no mostraba señal alguna de haberla tenido. Flavia lo entendió todo rápidamente.
Era una copia. Una copia hecha por Juan Rezola. Solo él era capaz de aquella perfección.
Odió a Juan por haberla engañado. Odió a Carlo aún más por haberla engañado también en aquello y, se temía, en tantísimas cosas más.
La casa, sus finanzas... y las de Ranuccio Bandinelli.
Flavia conocía bien a la familia Bandinelli.
Era una de las de mayor importancia de Siena, con extensas propiedades y un patrimonio que hacía que el de Carlo, incluso el impostado, fuera insignificante a su lado.
No, Bandinelli no era sobornable, y menos aún por su marido, que, al parecer, necesitaba dinero con urgencia.
Probó algo más, aunque lo hizo mirando el retrato para que él no viera sus ojos inyectados en rabia.
—Mañana papá quiere que vayamos al banco.
Imagino que con tanto papeleo no tendrás tiempo de venir, pero, si quieres, puedo retirar un poco de dinero.
Aún no tengo claro que debamos estar juntos, creo que no, pero, como te dije, somos amigos, así que, si necesitas que lo retire yo, ya me lo devolverás cuando vayas al banco tú.
Carlo no levantó la mirada de los papeles, pero su tono de voz cambió ligeramente a más alegre.
—Oh, sí, sí, me harías un favor. No tengo un minuto estos días. Quizás podrías sacar mil o dos mil francos.
—Vaya, es una cantidad importante. —Flavia se impresionó. Los problemas financieros de Carlo debían de ser serios.
—No te preocupes, iré yo. Es solo que... sin ti aquí me tengo que ocupar de todo y los bancos cierran tan pronto... —replicó él, deseando que ella se negara.
—No te preocupes. Mañana volveré. En serio, quiero que seamos amigos.
—Seamos más que eso, por favor. Me voy a ir unos días a Milán. Asuntos de trabajo. Pero me gustaría verte a la vuelta. Sabes que te quiero. Te necesito cerca.
«No tengo ninguna duda», se dijo ella.
—Me llevo el cuadro. A papá le gustará mucho volver a verlo.
—Llévatelo. Siempre ha estado enamorado de Colomba. Ojalá tú me quisieras igual.
Flavia sonrió con desgana y encaró la salida. «Mi amor hacia ti es tan auténtico como este cuadro», hubiera querido replicar.