El falsificador 46. LA MAFIA Y EL ARTE
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46. LA MAFIA Y EL ARTE

LA MAFIA Y EL ARTE

No le habían tocado un pelo desde que, como en un suspiro, una mujer había aparecido en su piso, lo había reducido en el suelo, encañonado y dejado muy claro que no vacilaría en pegarle un tiro si no la obedecía.

Lapsus se había puesto muy nervioso y había ladrado tanto que Juan pensó que quizás atacara a la desconocida, pero, al ver que tenía una pistola, obligó a su labrador a calmarse.

Un perro tan bueno era fácil de matar. Luego, la mujer lo hizo sentarse al volante de su Bugatti y salir de Florencia en la dirección que ella indicó.

Tras pasar Mugello, entraron por un camino de tierra al fondo del cual una villa palladiana en ruinas desafiaba al tiempo.

—Bájate —le ordenó.

Él obedeció y enfiló hacia el edificio sintiéndola a la espalda y con el perro pegado a él. Tenía miedo, por supuesto, pero la curiosidad igualaba a esa sensación. Lapsus nunca había estado tan nervioso y jadeaba como si hubiera corrido durante horas.

—Soy una buena persona. No debo nada a nadie, nadie me lo debe a mí, vivo tranquilo y carezco de relevancia. Tampoco la busco. Si me vas a matar, me gustaría saber qué he hecho, porque temo que estés confundiéndote.

Ella valoró lo que Juan había dicho. Aunque estaba acostumbrada a matar sin preguntar, en aquella ocasión, precisamente porque Carlo Leone le había dicho que no lo hiciera, lo haría.

Siempre detectaba algo en el interior de la gente a la que ajusticiaba.

Había cierta suciedad en su mirada, o en sus palabras, quizás solo en sus gestos...

, pero Juan Rezola carecía completamente de aquello.

Con todo, iba a tener suerte, porque, aunque su muerte estaba encargada, de momento las instrucciones eran tan solo que lo retuviera: don Gonzaga aún no había decidido si aceptaba que Carlo Leone le pagara ese trabajo y sus anteriores deudas con un cuadro, por muy Botticelli que fuera.

La Sociedad Honorable jamás mataba sin motivo o pago, así que Juan permanecería encerrado en una de las salas de aquella casona abandonada, acompañado por su perro, a pan y agua, hasta que Ludo recibiera instrucciones.

Llegaron dos días después. Don Gonzaga Testa aceptó que le pagaran con el cuadro, sobre todo porque estaba harto de Carlo, que llevaba varios meses escabulléndose de los emisarios del don. Ludo debía interrogar a Juan, averiguarlo todo sobre él y matarlo si no había nada que lo impidiera.

Por su parte, tras tener tiempo para rebuscar en su vida, Juan Rezola sabía bien qué era lo que había hecho mal, qué era lo que podía haberle acarreado los problemas que llevaba dos días sufriendo en aquella sala húmeda, fría, llena de ecos y vacía de todo lo demás, encerrado tras una puerta gruesa que había intentado derribar en vano.

Era falsificador de arte y, como tal, había muchas importantes familias que disfrutaban de obras suyas sin sospechar que no eran de los afamados pintores a los que imitaba.

Alguna habrá descubierto el fraude. Podía ser eso, así que cuando Ludo volvió a presentarse ante él y, sentado en un rincón, supo que su tiempo en el purgatorio había acabado y que las puertas del infierno se abrían para él, decidió ser sincero.

Enfrentarse a la mujer grande, fuerte, con aspecto de profesional que lo encañonaba no era una buena idea.

Calmó a su perro, que por primera vez en la vida gruñó enseñando los dientes, para que tampoco él se arriesgara a llevarse un tiro.

—Lo siento —dijo serio—. Lo siento de veras.

Me dejé llevar por la facilidad, por la única cosa que hago bien.

Tengo dinero, puedo devolvérselo a quien se haya sentido engañado, a tu jefe, si es él quien ha descubierto mi engaño.

—Ludo abrió los ojos mucho y asintió con la cabeza, invitándolo a seguir con una explicación que no había pedido—.

He falsificado muchas obras de arte. He vendido muchas.

Pero el encargo actual era de otro género.

—Se le ocurrió que quizás fuera precisamente por eso por lo que se le castigaba—.

Lo siento... si te gusta el Duce... Soy español, si actúo contra él es por la mujer de la que estoy enamorado.

No puedo decir que me guste en nada Mussolini, pero, aun gustándome, haría todo lo que Flavia me pidiera.

Pinté un cuadro para que su marido la engañara, una copia igual a la que viste en mi estudio.

«Un cuadro para su marido», se repitió Ludo, confundida ante aquella caótica explicación, pero a la vez empezando a interesarse.

Decidida a dejarlo hablar y preguntarle, se sentó frente a él, que ni lloraba ni imploraba piedad, rendido a la seguridad de su final. De nuevo, en sus ojos vio una dignidad limpia y alejada de la escoria con la que a menudo trataba.

—Quiero que me lo cuentes todo. Punto por punto —le dijo muy seria.

Y Juan lo hizo. Paso a paso y ordenadamente.

Desde sus inicios como falsificador hasta la cala de la costa de Gerona donde se había enamorado de una italiana, a la que luego había seguido hasta su castillo en los Abruzos.

La describió a ella, a su entorno y a su marido, del que Ludo ya tenía bastante información.

Repasó su llegada a Trieste y su vida en Florencia.

También le explicó el plan para cambiar el cuadro auténtico por el falso, que ya no temía desvelar, pues Carlo lo había desbaratado haciéndole creer a su mujer que ya lo había recuperado él.

Cuando Juan mencionó el túnel, el acceso secreto y su utilidad, Ludo vio el cielo abrirse, pues no podía haber nada más conveniente para ejecutar el plan que la Sociedad Honorable tenía: matar al Duce en una exposición privada, colocando una buena bomba en un jardín poco vigilado era sencillamente perfecto. Fácil y perfecto.

Pero de su conversación se desprendía algo más: ¿iba Carlo Leone a pagarles con un cuadro falso? ¿Acaso por aquella razón no quería que hablaran con Juan? A Ludo le costó creer que fuera tan osado, pero quizás tan solo era muy tonto.

Escuchó al cautivo hasta el final y, cuando acabó, vio cómo se quedaba mirándola un instante antes de apoyarse contra la pared y suspirar hondo. Eso era todo.

—¿Me vas a matar?

Ella le devolvió una mirada honesta.

—Es lo que me han encargado.

—¿Un coleccionista enfadado?

—Creo que no. Más bien un marido celoso. —Lo acababa de descubrir.

—¿Carlo?

—Sí.

—Sabe lo mío con Flavia.

—Sí.

—Debe de haberte pagado mucho.

—No es a mí a quien debe pagar, sino a mi organización.

—Pues a ellos entonces.

Ludo lo miró en silencio. La Sociedad Honorable estaba muy por encima de las trifulcas amorosas familiares y en parte era una ofensa que la utilizaran para aquel menester insignificante.

«Enemigo pequeño te hace pequeño», le había dicho en una ocasión don Gonzaga con toda la razón.

Si habían aceptado el encargo sin hacer más preguntas, era tan solo porque iban a recuperar una deuda importante.

Ludo mataba a personas relevantes, no a amantes, y aquel le parecía infinitamente más honesto que el señor Leone, que vivía una vida de mentiras y promesas incumplidas, las dos cosas que la Sociedad Honorable no perdonaba.

Frente a ella había un hombre que pretendía engañar al Duce, minar su prestigio...

y tenía un buen plan para hacerlo. Ludo iba más allá: quería matar a Mussolini, y aprovechar el plan que Juan Rezola había dejado inacabado era una excelente opción.

En otra línea de actuación, su cautivo también podía serle útil; si Juan estudiaba el cuadro con el que Carlo Leone pretendía pagarles, sabría dilucidar si era el que él había pintado o el auténtico.

Si Leone pretendía engañar a la Sociedad Honorable, lo lamentaría.

En cualquier caso, que su acreedor tuviera tratos con un falsificador era una muy mala señal.

—Negociemos —dijo Ludo de pronto—. Quiero que me enseñes el túnel hasta el palacio donde pensabais sustituir el cuadro.

Quiero saberlo todo sobre esa exposición privada.

Somos una organización honorable, y este gesto sella la honorabilidad de nuestra relación.

—Le tendió la mano y se la apretó—. Si no nos mientes, nuestra asociación no te traerá problemas.

Ludo no le dijo nada del Botticelli que Carlo Leone había prometido como pago, pero no cabía duda de que lo haría pasar por el filtro de Juan Rezola.

En serio deseaba que Leone no estuviera intentando jugársela, pero sonrió ante lo irónico de la vida. Las tornas habían cambiado para Rezola.

Al final sería él quien decidiera si Carlo debía morir.