45. LA BAILARINA, EL PRÍNCIPE Y LA SILLA
LA BAILARINA, EL PRÍNCIPE Y LA SILLA
El padre Orso y la princesa María José no utilizaron el tren real para llegar a Bordighera, pues querían que su visita a la Riviera fuera privada. En lugar del opulento vehículo real, se les destinó un vagón que se enganchó en un convoy de pasajeros corriente que viajaba hacia San Remo.
La mañana siguiente, con el mar plateando y la primavera ya presente, cruzaban la verja de Villa Regina Margherita, que el padre Orso no había visitado nunca.
—Es una pena que vengamos tan poco —dijo María José al ver la imponente fachada neobarroca, pintada de amarillo, con los marcos de las ventanas y las esquinas decoradas en blanco—.
La reina Margarita la construyó con toda su ilusión para pasar el invierno, pero desde su muerte apenas la hemos utilizado.
El padre sonrió mientras le descargaban las maletas.
—Supongo que no hay mal que por bien no venga. Los problemas nos han traído aquí, pero hay lugares peores a los que nos podrían haber llevado —respondió, irónico.
—Sin duda, padre. Estoy segura de que nuestra estancia satisfará sus exigentes expectativas.
No cabía duda de que lo haría. La casa era imponente, mucho más que la Palazzina Reale de Roma, que, en comparación resultaba más práctica, privada y familiar.
La Villa Regina Margherita servía a otro propósito y era una de las mejores de la Riviera.
Bellamente decorada, su elevada posición la dotaba de excelentes vistas sobre el mar, y la luz abundante que entraba por sus tres pisos de ventanales hacía que el mobiliario, cuadros, lámparas y oropeles brillaran.
Durante sus estancias, la reina Margarita se rodeaba de artistas y músicos, y ese aire cultural era fácil de imaginar en sus salones amplios y confortables.
Tras la comida en el jardín, se emplazaron para después de la siesta, que el sacerdote no perdonaba nunca. El príncipe Andrés Románov los recibiría para cenar en su casa de Cap-d'Ail esa misma noche.
—En realidad, ya no es suya —le explicó María José—, se la tuvo que vender a la princesa Oldescalchi hace unos años, dicen que para pagar sus deudas de juego.
Un desastre, pero es que Mónaco y sus tentaciones están demasiado cerca.
En cualquier caso, la princesa se la deja a menudo.
La suerte de los príncipes rusos en el exilio está siendo muy diversa.
Muy pocos han comprendido que los tiempos en los que tiraban las cuberterías de oro al Neva se acabaron y que su dinero es finito.
La madre de Andrés, la gran duquesa Vladímir, era una de las mujeres más ricas de Rusia.
También fue el último miembro de la familia real en abandonar el país.
Se vanagloriaba de eso, pero lo pudo hacer por poco tiempo, pues murió al año siguiente de su llegada.
No abandonó jamás la pompa, viajaba en su propio tren y se rodeaba de un lujo extremo para demostrar que la revolución no había podido con ella, aunque hubiera podido, claro está.
—Pero vendieron la tiara...
—No fue ella, sino su hijo. Andrés es divertidísimo, pero poco cerebral.
Está casado con la que fue prima ballerina assolutta de Rusia.
Se llama Matylda Krzesińska. La llama Mala, sin pensar en su traducción al italiano o al español.
La historia es truculenta porque era a la vez su amante y la del zar, su primo, que estaba perdidamente enamorado de ella.
Pero ella eligió a Andrés, que la hizo su esposa al morir su madre.
Tienen un hijo cuya paternidad las malas lenguas adjudican al zar.
En cualquier caso, viven una vida al límite del gasto y no podrán mantenerla por mucho tiempo.
—Si nos ayuda, quizás usted podría ayudarlos económicamente.
—He pensado en eso, pero lo haré de forma sutil, hoy mismo.
El punto débil del príncipe es su mujer.
La aristocracia le ha dado la espalda por su matrimonio con Matylda.
Valía para amante, pero no para ser princesa Románov.
A Andrés lo rodean buitres de poco nivel que pretenden ser sus amigos, pero que lo abandonarán cuando no les quede nada que llevarse de él.
Que yo lo visite es un espaldarazo para su reputación.
Las puertas de «Villa Mala», como llamaban a la propiedad, se abrieron cuando el sol se ponía y la gran mansión blanca rodeada de palmeras se teñía de sombras rosadas.
Era algo menor que la villa de la que provenían, pero estaba situada en un lugar privilegiado, al borde de un acantilado frente al Mediterráneo.
En la misma puerta los recibió Andrés. Tenía sesenta años y conservaba buen porte, con un fino bigote, cara limpia y mirada altiva.
Estaba feliz de recibirlos y los hizo pasar a «su» casa y a la imponente terraza que se abría al mar.
Hablaron de sus familias evitando los problemas y enfatizando las anécdotas alegres durante un buen rato antes de que María José se ciñera al guion de su plan.
—Pensé que podría conocer a la princesa Románov —dijo refiriéndose a su polémica mujer.
Estaba segura de que la pobre se había resignado a permanecer en sus habitaciones, convencida de que era indigna de sentarse a la mesa de una hija de los reyes de Bélgica que, además, estaba destinada a ser reina de Italia. Andrés disimuló como pudo su sorpresa.
—Oh, me ha pedido que disculpáramos su retraso. Está volviendo de Mónaco, pero estaba muy ilusionada con conoceros. —Se giró e hizo un gesto al camarero que aguardaba en una esquina—. No tardará en estar con nosotros.
—Oh, eso sería ideal. Necesito vuestra ayuda.
—Ya la tienes —dijo Andrés—. Toda la que necesites.
No habían pasado ni cinco minutos cuando la flamante princesa Románov se presentó ante ellos.
Alta y hermosa, a sus sesenta y seis años aún caminaba con aires de bailarina, el cuello erguido, los movimientos suaves y distinguidos.
María José sabía que a la madre de Andrés le horrorizaba, pero incluso la estricta gran duquesa tenía que haber reconocido que la amante de su hijo no era en absoluto vulgar.
Le entristeció pensar en su lucha continua por ser aceptada y se alegró de ayudar un poco a romper esa barrera mostrándose especialmente amable, casi halagadora.
Andrés Románov observó satisfecho la escena.
Orso supo que podrían pedirle cualquier cosa, pero, por si acaso, María José hizo algo más.
—Te he traído algo, querida. Siempre he sido muy aficionada al ballet y sentí mucho no poder verte en el escenario nunca. Hace seis años, mis padres me invitaron a La Monnaie, en Bruselas, para ver a Anna Pávlova en La muerte del cisne.
—Conozco el final de la historia —dijo Matylda, seria.
—Sí, el tren que llevaba a Anna descarriló.
Ella se afanó en ayudar a los heridos en medio de una tormenta de nieve, y acabó por morir de neumonía días después.
Mi padre me regaló esto para que lo llevara al teatro, pero desde entonces soy incapaz de ponérmelo.
Aun así, le tengo cariño y es un bonito recordatorio de mujeres como Anna Pávlova, o tú misma.
—Pese a la rivalidad lógica entre bailarinas, siempre la admiré y la quise. Fuimos compañeras en el ballet imperial.
María José cogió su bolso y extrajo un pequeño cofre rojo, con guirnaldas doradas en los cantos, que le entregó a Matylda.
Ella dudó un instante antes de aceptar el regalo y tímidamente abrió el estuche.
Dentro encontró un broche de pequeñas piedras preciosas y esmalte con forma de cisne.
Su cara se iluminó y sus ojos se humedecieron.
Era la primera vez que alguien del rango de la princesa heredera de Italia tenía un detalle tan valioso con ella.
Se inclinó hacia ella y le cogió la mano mientras la miraba con emoción.
—No sé qué decir. Es lo más bonito que me han regalado nunca.
—No digas nada, tan solo póntelo. Parece que está con quien debía estar.
Orso temió que, pese a la emoción, el broche acabara ofreciéndose en una subasta si las cosas para sus anfitriones seguían la línea presente, pero la jugada de la princesa era maestra.
Contarían con toda la ayuda de los príncipes Románov, pidieran lo que pidiesen, y el ambiente de la cena era ya no solo cordial, sino de abierto afecto.
—¿Recuerdas la tiara que vendiste a mis padres? —preguntó María José al rato.
—La recuerdo muy bien —aseguró Andrés.
—Me puede traer problemas... y necesito tu ayuda.
El príncipe se irguió un poco, extrañado.
—Cuenta con toda la que pueda prestarte, aunque no veo cómo un objeto tan magnífico pueda traer nada malo.
—Vendí las piedras que la decoraban. Necesitaba dinero para un asunto privado y ni mis padres ni mi marido saben que lo hice. La cuestión es que me quedé tan solo con la montura, pensando, quizás, en volver a decorarla algún día.
—Como sabes, entiendo muy bien tu situación.
—Sonrió Andrés irónico; hacía tiempo que había aceptado las cosas como venían, poniendo parches similares—.
Las joyas de mamá están mayoritariamente en manos de nuestros primos de las casas reinantes.
A ella le hubiera disgustado, pero sus hijos necesitamos vivir.
—El asunto es que la montura me ha sido robada y, si se relaciona conmigo y se comprueba el desmontaje, se asumirá que ha sido para vender las piedras y tendré problemas —continuó María José—. Hay preguntas a las que preferiría no tener que responder ante nadie de mi casa ni de mi Gobierno.
—No te la he visto puesta nunca —dijo Andrés.
—La he usado muy poco.
—Entonces, la solución es fácil.
Andrés barruntó en silencio unos segundos hasta que, perceptiblemente, una idea cruzó su mente y una sonrisa pícara se marcó en su cara.
Inesperadamente, se giró hacia la cristalera que separaba el porche del interior de la casa y la miró de arriba abajo.
Luego, ante la estupefacción general, se levantó lentamente, cogió la silla en la que estaba sentado y, sin dudarlo, la tiró contra el ventanal, que con gran estruendo se rompió en grandes piezas de cristal y cayó al suelo.
Desde dentro de la casa enseguida asomó personal del servicio, alarmado. Andrés intervino.
—No se preocupen. Dejen las cosas como están de momento. Está todo bien.
El camarero que los acompañaba en el porche había palidecido y todos los demás, salvo Matylda, que estaba acostumbrada a las excentricidades de su marido, lo miraban sin entender nada. El príncipe Románov pidió otra silla y se sentó en ella, divertido con su travesura.
—Es terrible cómo está cambiando el mundo —dijo mirando hacia el mar, sabiendo que todos querían que se explicara—.
Esta misma noche, precisamente cuando el servicio estará en sus dependencias a la entrada de la finca y Mala y yo en el casino, entrarán a robar rompiendo la cristalera del jardín.
¡Qué calamidad! Será una pena perder la preciosa tiara de mi madre a manos de esos malhechores.
—Se giró hacia todos y levantó una ceja, pícaro—. ¿No creen?
Se miraron asombrados durante unos segundos antes de que el padre Orso estallara en una carcajada que rápidamente se contagió a los demás. Luego un problema sobrevino.
—Las fechas no encajan. El que tenga la tiara sabrá que no ha habido robo, pues él mismo robó la montura hace semanas —dijo el sacerdote.
—Por supuesto, pero déjemelo a mí. Este no es un robo a cualquiera, sino a un primo del zar de Rusia, y aún tenemos alguna influencia, por pequeña que sea.
En Rusia detuvimos el tiempo durante muchos años y aquí puedo jugar aún un poco con él.
El comisario pondrá al robo la fecha que yo le indique a cambio de una cena en esta casa y algunas anécdotas sobre la corte de San Petersburgo. ¿Dos meses antes sería suficiente?
—Lo sería —confirmó el padre.
—Entonces no hay nada más que decir. La policía hará un informe con bonitas fotos de mi cristalera rota y el tocador de Mala revuelto, una extensa explicación de mi pena por la joya sustraída y asunto resuelto. Es el trabajo más fácil que podría encomendarle. Mucho más que encontrar la joya.
Era perfecto. Cuando quien le hubiera robado la tiara a Ludo averiguara que era del príncipe, se acercaría a su villa a preguntar.
Iniciaría pesquisas. Probablemente simularía ser un detective o algo parecido.
Si llamaban a su puerta, el príncipe diría que había sido robada y allí acabaría la historia, sin relacionar a María José en nada.
Ahondar más en la investigación delataría al ladrón, que tampoco podía preguntarle a Ludo por qué la montura obraba en su poder en primer lugar.
El asunto se cerraría con muchas incógnitas y muchas respuestas falsas.
—Quien le pregunte por la tiara está implicado en el robo. Solo los que estamos aquí sabemos que ha desaparecido —lanzó Orso.
—Eso es así —convino Andrés—. Y, sin duda, relacionarán la tiara con los Románov. Era típicamente rusa, con forma de kokoshnik, y mamá se hizo algunos retratos con ella.
—No creo que nadie venga —siguió Orso—, la policía avisará a los joyeros de que la tiara ha sido robada y la noticia correrá como la pólvora hasta los interesados en ella. No hará falta que venga nadie aquí.
—Si viene alguien —le pidió María José—, trata de retenerlo, de saber adónde va, si se va, o dónde se aloja. Memoriza su cara. Mandaremos a alguien a visitarlo.
—Ojalá lo haga. Hace tiempo que tengo ganas de un poco de acción. Mi vida en Rusia era más emocionante y ya no hay maleantes que me asusten, imagino que igual que a todos los príncipes rusos.
Horas más tarde, el padre Orso y la princesa María José volvían a Bordighera con una sonrisa en la cara. Sentados en el asiento trasero del coche, el padre convino:
—Un personaje extraordinario el príncipe.
—Sí, muy ruso, como ha podido comprobar.
Todos eran parecidos cuando estaban en San Petersburgo.
Príncipes refinados con alma de cosacos.
Acostumbrados a la violencia y al exceso.
Les gustaba romper cosas, tirar cosas, lo teatral y grandilocuente, la provocación.
Sus fiestas nos impresionaban a todos por esa dualidad.
Empezaban como las de otras cortes europeas, pero acababan entre el delirio y el desmadre.
Ni siquiera el príncipe Yusúpov, que en la distancia corta parece frágil y apocado, resultó ser tal cosa al final.
—Mató a Rasputín.
—Exacto. A veces creo que el único príncipe ruso que carecía de ese lado salvaje fue el que luego sería zar. Era el menos ruso de los rusos.
—Quizás por eso acabaron con él.
—Sí —dijo la princesa mirando por la ventanilla—. Lamentablemente este no es un mundo para poetas. Es un mundo para guerreros.