44. LAUSANA
LAUSANA
Subida en el Issota Fraschini de Carlo, Flavia cruzó el paso de Simplon y penetró en el que estaba destinado a ser su nuevo país.
Le pareció que Suiza se parecía a su marido.
Limpio, ordenado, sobrio y sin emoción. Un país neutral elegido por Carlo, experto en ser neutral.
Trató de no volver demasiado sobre ese pensamiento, pues odiaba a la gente neutral, pero Juan la había abandonado y, sin tiempo de preguntarse por qué lo había hecho, se había subido al coche que la alejaría de Italia.
Había ido a Florencia para recuperar a Colomba Corsini, pero había decidido quedarse por Juan Rezola.
Ahora que ya no tenía que luchar por ninguna de las dos cosas, tampoco quiso hacerlo contra la voluntad de su marido.
Lo miró un instante y él le devolvió la mirada, sonriente.
No sonreiría una vez que llegaran. Estaba decidida a dejarlo, aunque no fuera por nadie más que por ella misma.
Iba ligera de equipaje. No había vaciado su piso de Florencia y Anetta se había quedado allí, sin saber bien por qué, agarrada a la vaga promesa de que ella volvería en algún momento.
La copia del retrato se había quedado también en el apartamento, a su cuidado, como un ancla que la ligaba al lugar en el que esperaba permanecer.
El cuadro que creía auténtico iba con ella.
—Qué bonito es esto —murmuró él, deseando que Flavia asintiera.
Sí que lo era. Bonito y perfecto. Se pegaron al lago Lemán y la carretera describió una trayectoria de curvas suaves entre el agua y las laderas verdes llenas de vacas satisfechas de su aburrimiento.
Pasaron Montreux y Vevey antes de llegar a su destino final.
Cuando entraron en Lausana, enfilaron la Avenue de l’Elysée y una sucesión de grandes villas empezó a jalonar el recorrido.
—Aquella es Vieille Fontaine, la casa de la reina de España —dijo él muy orgulloso. «Otra exiliada», pensó ella.
Giraron a la izquierda y bajaron en dirección al lago. De frente, tras una verja alta que custodiaban dos perros de piedra enmohecida, había una gran casa cubierta de hiedra.
—Esa es la de tus padres —anunció Carlo—; la nuestra es más bonita aún. —«La tuya», pensó ella.
Pasaron por delante de cuatro casas más hasta que el coche atravesó una puerta imponente y Flavia vio finalmente la casa que no pensaba habitar. Era magnífica en todo, y seguro que sería estupenda para Carlo.
—¿Te gusta? —preguntó él.
—Mucho —dijo ella—, pero quiero que hablemos, ¿por qué no vamos a un lugar donde podamos hacerlo tranquilos? Estoy agotada.
Él la miró unos segundos con extrañeza, pero, como le pasaba a menudo, no comprendió lo que su mujer sentía y pretendía hacerle saber.
Cruzaron un vestíbulo con las paredes paneladas de roble y un primer gran salón con vistas al jardín y el lago.
Carlo lo mostraba todo orgulloso y deseando que ella se emocionara con su nueva casa, pero Flavia, que trataba de ser amable y asentía a lo que su marido le decía, necesitaba quitarse el peso de encima de una vez por todas.
Decidió hacerlo en cuanto se sentaron en una galería acristalada que hacía las veces de pequeño salón de cartas.
—Carlo, quiero que sepas que te quiero mucho y que lo que voy a decirte es, en parte, por eso.
—Yo también te quiero —dijo él—, ya sabes que somos uno.
—No —dijo ella poniéndose muy seria—. No somos uno. Somos dos y, aunque te quiero, no creo que debamos estar juntos. No estoy enamorada de ti y no puedo condenarme, ni condenarte, a una vida de mediocridad familiar cuando ambos merecemos tenerlo todo.
Carlo se incorporó un poco e inclinó su cuerpo hacia ella.
—¿«Mediocridad familiar»? ¿Qué término es ese?
—Quiero decir que estamos a tiempo. Que ni tú me quieres como se quiere a una mujer ni yo te quiero como se quiere a un hombre.
Que hay cientos de mujeres que te amarían sin dudarlo, con toda la intensidad y la necesidad que se espera de una pareja.
Pero yo no. Estos meses en Florencia me han dado mucho que pensar.
No te he echado de menos, y a la vista está que tú tampoco a mí.
Apenas nos hemos visto y no compartimos cama desde... ya no me acuerdo cuándo.
—Hemos estado muy ocupados.
—No lo suficiente.
—¿Hay otro?
—Lo ha habido. Un amigo de hace tiempo con el que me reencontré. Pero todo ha acabado. Carlo, nunca nos debimos casar. Lo sabes tú y lo sé yo.
—Eso es una tontería —dijo él, notando que su cara enrojecía—, no puedes hacerme esto.
—Es algo que uno de los dos debía hacer. Piénsalo. Somos jóvenes, no tenemos hijos y sabes que lo que digo es completamente cierto. ¿Acaso pretendes convencerme de que has estado solo estos meses?
No lo había estado. Había ido a una casa de citas en la zona de Sevelin más a menudo de lo que le hubiera reconocido a nadie, pero las prostitutas eran solo eso, prostitutas.
También había alternado con una chica de Montreux, pero no le daba importancia, pues jamás pensó en tener nada serio con ella.
Flavia había tenido un amante, lo cual era completamente diferente.
En cualquier caso, Carlo daba por hecho que el amante en cuestión había sido «neutralizado», pues para eso había contratado a la mafia.
Además, estaba dispuesto a perdonarle todo a Flavia si ella le daba acceso a su dinero.
Por lo que a él respectaba, su matrimonio era tan sólido como la cuenta corriente de los Viel en Zúrich. Exactamente igual.
—No he tenido amantes, si es a eso a lo que te refieres.
Ella se levantó.
—Quiero que seamos amigos. Lo hemos sido siempre. Eso es lo que somos y a veces es mucho más que ser amantes. Lo nuestro no se acabará nunca si tú no quieres.
—Podemos ser amigos que están casados —dijo él.
—No, Carlo. Sabes que eso no es posible. —Se acercó y le acarició la cara—. Me instalaré en casa de mis padres. Lo organizaré todo para que ambos seamos libres otra vez. No será difícil. Te deseo lo mejor.
Él le agarró la muñeca y la atrajo hacia sí.
—No lo permitiré. No lo permitiré —repitió, apretando más. Flavia jamás lo había visto perder las formas.
—No tienes que permitir nada. Suéltame. —Luchó un poco más contra la fuerza de su marido, que trataba de apresarla—. ¡Suéltame! —insistió.
Alzó la mano libre para pegarle, pero justo antes él la soltó. No hizo falta más para que Flavia entendiera que Carlo no era exactamente lo que ella creía. Jamás había visto esa mirada en sus ojos y le dio miedo, más por lo que escondía que por lo que mostraba.
Se dio la vuelta y salió de la casa Leone en dirección al hogar de los Viel. Esperaba no volver a aquel lugar nunca.
La explicación a sus padres fue breve y clara.
A ambos les entristeció su decisión, pero su padre se mostró menos apenado.
Giacomo Viel llevaba algunos meses viendo cosas extrañas y teniendo claro que su dinero cada vez le interesaba más a su yerno.
Estaba dispuesto a comprender que la fortuna familiar de Flavia era un aliciente para Carlo, pero algunos movimientos lo habían puesto en alerta y, secretamente, había obrado para que su fortuna no quedara en manos de su hija hasta que estuviera seguro de que quedaba solo en sus manos.
—Tiene el cuadro —dijo Flavia cuando ya no había más que decir.
—¿Lo ha recuperado? —se sorprendió su madre.
—Sí. Lo tiene en su casa. No sé bien cómo se ha apañado, pero ha conseguido que lo retiren de la exposición. Podéis ir a por él cuando queráis. Yo preferiría no tener que volver y vosotros debéis ver qué tal está Carlo.
—Entonces..., ¿te quedarás?
—Supongo que sí —dijo Flavia sin ilusión, enjugándose las lágrimas.
Por la tarde, sentada al escritorio de su habitación en casa de sus padres, se sintió una adolescente al abrir la nota de despedida de Juan. Estaba escrita con su letra inclinada y poco legible, pero aunque la comprendía bien, no veía el mensaje oculto que Juan había dejado en ella.
Querida Flavia:
Lo nuestro es imposible y temo hacerte un daño que NO mereces. SOY una persona con una vida que no conoces. Debo seguir mi camino Y volver con mi familia, igual que tú. Mi mujer y tu marido nO merecen que destrocemos sus vidas por esta aventura.
Te deseo lo mejor,
J UAN R EZOLA
«Su mujer». Aquellas palabras la perseguían. Estaba segura de que Juan no tenía mujer. Era totalmente imposible y, sin embargo, eso decía en la nota. La dobló al oír a su padre llamar a su puerta. Él asomó la cabeza, le sonrió con comprensión y se sentó a su lado.
—Esto también pasará —le dijo—. Cuando te preocupe el coste de lo que vas a hacer, piensa en el precio de quedarte donde estás. No tienes que pedir mi consentimiento, solo faltaría. De hecho, hay algo que quería comentarte. Algo que me ha parecido extraño.
—¿Extraño?
—Sí, bastante. Me tiene confundido. Como sabes, por tu boda transferí unos fondos importantes a una cuenta a tu nombre y el de Carlo.
Una de la que puedes disponer siempre que quieras.
El asunto es que en Suiza estamos trabajando con otros bancos y encargué a tu marido que en su visita a Florencia transfiriera los fondos de esa cuenta de la Banca Commerciale a una que he abierto a tu nombre aquí, en la que he ingresado otra cantidad. Como esperaba, no puso objeción alguna.
—¿Por qué me cuentas eso? —Flavia jamás se había interesado por las finanzas de su padre ni las de su marido. Había vivido de uno y de otro sin preocuparse. Era austera.
—Porque Carlo no ha hecho el ingreso.
—Estuvo ocupado en Florencia. Esas operaciones son tediosas a veces.
—Lo imaginé. Por eso llamé al director del banco, buen amigo mío, con la intención de pedirle que atendiera a Carlo él mismo, para que tan solo tuviera que presentarse, firmar la transferencia e irse. Ahí vino la sorpresa. Me dijo que no teníais cuenta alguna. Carlo la anuló.
—Habrá abierto una en otra entidad.
—Eso pensé, pero, cuando le pregunté por sus gestiones en Florencia, sin ninguna mala intención por mi parte, me dijo que no había tenido tiempo de acercarse a hacer el traspaso. Me mintió.
—Eso...
—Es muy raro, lo sé. Tras hacer algunas llamadas, me preocupó saber que tu marido solo tiene una cuenta en la Banca Nazionale del Lavoro. Es una cuenta sin fondos, es más, tiene pendientes dos plazos de un crédito.
—¿Un crédito?
—Sí, uno pequeño, lo cual me preocupó más aún. Ese tipo de créditos los piden los que tienen pocos fondos... y se conceden a los que tienen pocos fondos.
—Pero Carlo...
—Pregunté al vendedor de la casa en la que se ha instalado. La que has conocido hoy. Carlo dice que la ha comprado, pero está arrendada y ha pagado los últimos meses con retraso. Todo huele muy mal.
—Pero sus padres eran personas con dinero..., seguramente puedan ayudarlo si tiene apuros económicos.
—Sus padres están desaparecidos. Traté de dar con ellos, pero parece que han volado. Yo ayudaría a Carlo sin problema, pero que me haya mentido tanto me ha puesto en alerta. He tomado el control de lo que un día será tuyo y no lo soltaré hasta que esté seguro de que será para ti.
—Carlo nunca ha sido mentiroso —recordó Flavia.
—Los mejores mentirosos nunca lo parecen —respondió su padre.
Era demasiado para un solo día.
—Oh, papá —dijo Flavia, echándose a sus brazos.
De pronto su marido era un completo desconocido.
Y ella la más ingenua de las mujeres.