El falsificador 43. LA NOTA
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43. LA NOTA

LA NOTA

Juan acabó la segunda copia del retrato de Colomba Corsini pocos días después de la primera, pero no tuvo noticias de Carlo Leone hasta un mediodía a principios de abril, cuando el timbre del ático de Via San Gallo sonó.

Su mirada era en algo diferente a la que recordaba, pero el marido de Flavia seguía igualmente elegante, compuesto y educado.

Lo miró sintiendo que lo sabía todo, temiendo que el olor de Flavia, con la que había pasado una noche más, lo delatara.

Estaba en medio de aquella pareja rota, que no se había rozado en nueve meses, y, sin embargo, sentía que estaba traicionando a ambos.

A Carlo con su mujer. A Flavia con los planes de su marido para engañarla.

Él se acercó al cuadro y lo miró satisfecho. Era tan perfecto como el original y la primera copia, y tenía el mismo marco, que Juan había adquirido al mismo artesano.

—¿Puedo? —dijo, haciendo ademán de cogerlo.

—Sin problema. Está seco y el marco ya está fijado.

Carlo lo sostuvo y acercó la mirada al lienzo.

—Es perfecto.

—¿Se lo lleva? —preguntó Juan. Hacía muchas semanas que temía que Flavia lo encontrara en alguna de sus frecuentes visitas y deseaba que Carlo se lo llevara cuanto antes.

—Sí. Me los llevo. Al cuadro y a mi mujer.

Juan no dijo nada. Aún no había llegado el momento de que interviniera. Las cosas eran demasiado complicadas. Con todo, el comentario sonó a provocación.

—La estoy salvando del desastre —dijo Carlo, metiendo la mano en el bolsillo interior de la chaqueta.

«El desastre» para Carlo no era que su mujer arriesgara la vida para recuperar un cuadro.

El desastre era, sobre todo, que se quedara con Juan—.

Aquí tiene el resto de lo acordado —continuó, dejando un sobre sobre la mesa.

El falsificador se acercó a él, cogió el cuadro y lo puso en la mesa, donde lo envolvió con papel de periódico antes de devolvérselo.

Esperaba no tener que ver más ni al cuadro ni a Carlo.

Ninguno le había hecho nada y, sin embargo, ambos lo ponían de mal humor, pues eran un recordatorio de que también él podría estar haciendo mejor las cosas.

Carlo lo miró de arriba abajo indisimuladamente y le sonrió.

Nunca la cordialidad había logrado un efecto tan contradictorio.

—Gracias, Rezola. Para cuando mi mujer aprenda que no siempre se puede tener todo, ya la habré salvado.

Juan ardía por dentro, pero se contuvo y lo vio partir.

Carlo salió de la casa con el cuadro bajo el brazo y la satisfacción de saber que, tras él, en aquel ático, muy pronto todo sería historia.

Por la tarde, Flavia volvía hacia la Via San Gallo cuando su marido la interceptó por sorpresa. Sonreía abiertamente y, aunque a ella no le provocaba ninguna alegría verlo, se forzó a sonreír también. Lo seguía queriendo como a un amigo y deseaba que le fuera muy bien lejos de ella.

—¡Sorpresa! Iba en tu busca. Me dijo Anetta que te habías instalado en un apartamento en San Gallo.

—Sí, es cierto. No sabía que ibas a venir a Florencia.

—Tenía cosas muy importantes que hacer. Enseguida lo entenderás. Tengo algo que enseñarte, creo que te gustará. Me he instalado en una suite del Helvetia. Vayamos.

—Yo... —Flavia no sabía qué excusa inventar—. De acuerdo —respondió acorralada.

Había intentado acabar su relación con Carlo en Lausana, a donde quiso ir, pero, tras telefonear a sus padres, estos le notificaron que Carlo no se encontraba en Suiza.

Sorprendiéndola, también la informaron de la intención de su marido de recuperar el cuadro por sus medios.

Flavia no podía creer que lo hubiera conseguido.

Anduvieron hasta el hotel y allí la hizo sentarse en un sillón de la suite. Enseguida Carlo volvió con un paquete envuelto en papel de periódico.

—Lo he recuperado —le dijo eufórico—, me ha costado Dios y ayuda, pero lo he recuperado.

Flavia deshizo el envoltorio. Frente a ella la mirada indiferente de Colomba Corsini era la misma que recordaba. La que había visto desde niña en el despacho de su padre en el castillo de Faggio.

—No puedo creerlo —dijo.

—He tenido que mover muchos hilos, pagar a gente y bucear en la Administración, pero aquí está. Tenías razón, debíamos luchar por él.

No sabía qué decir. Una parte de ella, la más difícil de desentrañar, seguía queriendo que el cuadro estuviera en manos de los fascistas y que su plan continuara, pero acababa de perder todo el sentido.

—Como lo has...

—Conocí al comisario de la exposición. Los profesores no tienen ni para comer y..., bueno, aceptó una cantidad generosa por decir que el cuadro no era digno de estar en la muestra. Fue una suerte que necesitara dinero. El pobre no tiene dónde caerse muerto.

—Es extraordinario. —Flavia ni lo había escuchado.

—Lo sé. Pero ya sabes que no hay nada que no haría por ti. Ahora tú tienes que hacer lo mismo. Vámonos a Lausana. Ya no hay nada que te ate aquí.

Pero claro que había algo. Algo que acababa de descubrir que era mucho más fuerte que el cuadro.

El retrato se había convertido en su bien más preciado porque le había devuelto a Juan.

Le había descubierto que la vida emocionante era mejor que la cómoda y que lo que parecía perfecto debía tener algo de imperfecto para serlo de verdad.

No quería a Carlo. Eso no había cambiado y debía decírselo, pero antes quería ver a Juan.

Él la aconsejaría. No se había preparado para dejar a su marido ese día.

—Abrázame —dijo él.

Se levantó y obedeció. Entre sus brazos, sintió el afecto de la amistad, de la familia, de sus recuerdos y de los tiempos apacibles de San Raffaello, pero ninguna pasión.

Ninguna atracción física. Olía a la misma colonia de siempre y el tacto de su ropa era también el de siempre.

La estabilidad sin emoción a la que no deseaba volver. Quería a Carlo, pero necesitaba a Juan.

—Ve a hacer las maletas. Yo solucionaré algunas cosas. Te recogeré a las cinco, ¿te parece bien?

Ella lo miró a la cara y le acarició la mejilla. Si Carlo hubiese conocido el amor, habría entendido que el gesto era como un beso en la frente o una palmada en la espalda. Era un gesto de amistad, aunque Flavia no estaba segura de que él quisiera ser su amiga cuando rechazara irse a Lausana.

Salió del hotel sin entenderse a sí misma ni su situación.

Descolocada. Debía estar contenta por haber recuperado el cuadro, pero ese sentimiento no afloraba y la inminencia con la que debía dar un vuelco a su vida la hizo sofocarse tanto que, tras alejarse del Helvetia, tuvo que apoyarse en la pared y respirar profundamente para no marearse.

Luego pensó en Juan. Se había convertido en su refugio, en su mejor consejero.

Aceleró el paso para encontrarse con él, para que fuera él el que decidiera qué debía decirle a Carlo.

Era una suerte que su marido no lo conociera.

Carlo se hubiera molestado mucho al saber cómo era Juan, pues tenía todas las cosas de las que él carecía.

Por suerte, no era necesario que se encontraran nunca.

Tampoco sabía si su romance tenía futuro.

De lo que estaba segura era de que su matrimonio con Carlo no lo tenía.

Quizás tuviera que luchar cada día por su relación con el español, pero el temor a perderlo le haría ser mejor para conservarlo.

Esperaba que a él le pasara lo mismo. Debía intentarlo.

Podía con todo sola, pero no quería ocuparse de todo sola.

Llamó al timbre varias veces antes de decidirse a subir sin esperar respuesta, pero, cuando llegó al ático, no lo encontró.

El piso estaba extrañamente despejado. La mesa limpia, la cama hecha, todo parecía ordenado.

Cuando abrió el armario, descubrió que estaba vacío.

Era imposible. Bajó al garaje corriendo: el Bugatti azul tampoco estaba allí.

Subió de nuevo y lo revisó todo. Desde que habían entrado en el piso, Juan siempre dejaba el cuadro escondido tras una cortina, sobre el caballete, tapado con una sábana, y Flavia lo encontró allí.

En un año había tenido uno, ninguno y, por fin, dos cuadros iguales.

Daba lo mismo, lo único que quería saber era dónde estaba Juan.

Entonces, apoyada en una copa vacía, vio la nota.